La memoria de mis sueños


por Pedro Miguel Mieles Mieles


Aún tengo viva la imagen de aquel mes de marzo del año 1975: el río desbordándose y arrasando los árboles y desbarrancando las tierras cercanas al cauce.  

Un día mi padre, en medio del desmonte, me preguntó «¿Hijo, quieres ser machetero, jornalero o estudiar?». Él era un hombre pobre y muy honrado. Trabajador. Dedicado a la agricultura. Que, con sus vecinos, se ganaban manos de trabajo, o se hacían trueques para poder sembrar y trabajar sus desmontes de maíz, arroz o maní. Y la pregunta había venido al caso, después de varias conversaciones entre mi padre Miguel y mi madre Celia y uno de sus parientes que vivían en la ciudad de Guayaquil. Yo tenía 15 años y era delgado, de mediana estatura; callado pero inteligente. Había aceptado sin negación la última opción, que era de estudiar. Y al aceptarla, mi alma y espíritu se iluminaron con muchas ideas y proyectos.

Recuerdo el viaje: largo y peligroso. 8 horas entre traslados de canoa de madera por el río Puca hasta el desembarcadero de Balzar y luego en autobús hasta Guayaquil. Finalmente, hambriento y muy cansado, llegué al seno de la familia del señor Víctor García Mera, su esposa y sus 6 hijos. La casa era de cemento, a medio construir, y estaba ubicada en el patio de un gran lote de terreno que contenía otras construcciones y otras familias. A las 8 P.M., merendamos arroz con huevo frito y un vaso de agua de la llave. A las 9 P.M., cada uno de los niños iban sacando cartones y sábanas, en las cuales se enrollaban y cada quien se acomodaba en su cartón para dormir sobre el frío cemento, cubiertos un translucido toldo que nos protegía -a medias-, de la nube de mosquitos que zumbaban incesantemente, allá en el barrio del suburbio guayaquileño de la calle 26 y Argentina. Aquella noche caí rendido en el sueño, gracias al viaje y el cansancio. Ni el frío, ni las picaduras de mosquitos se hicieron presentes. A la mañana siguiente, con el reloj marcando las 5:30 A.M., mi primo muy alegre y contento, me dijo que me llevaría a las calles Los Ríos y Portete, donde el señor Moisés Cortez -esposo de una parienta de don Víctor-, era el encargado de la limpieza de todos los servicios higiénicos de las redes de agua potable de las centrales telefónicas de EMETEL, en Guayaquil, para que me diera trabajo.

Salía a las 5 P.M., no había almuerzo, no tenía dinero, solo tomaba agua de la llave. Por las mañanas, el maestro López llevaba sus panes tostados con tortillas de huevo y me regalaba una para que coma y tome agua, y me decía, «no te desmayes, porque perderás el trabajo». Así pasó la primera semana de trabajo, de lunes a viernes, muy cansado y agotado. Por las noches y casi todos los días, la señora Cristina, preparaba arroz con menestra de lentejas, con maduro o tortilla de huevos para toda la tropa; era una delicia, porque carne, pollo o pescado, casi no se comía; la razón, mi primo se embriagaba mucho y a veces, en los buses, le robaban el dinero y siempre había peleas y discusiones por los alimentos; el clima en aquella casa era muy tenso, a tal punto que la señora Cristina se pasaba días enteros lavando ropa ajena y yo en la noche le ayudaba a planchar e iba a entregar la ropa a las personas que ella les lavaba. Los días sábados y domingos, nos tocaba la limpieza del pozo séptico donde se almacenaban todas las heces fecales de las casas de la familia de Don Cortez. Esa labor empezaba a las 8 A.M. y aquella labor era infernal. La pestilencia terrible. El hedor se impregnaba en la garganta, en la ropa y en el cuerpo. Terminábamos bañándonos con detergente, ceniza y creolina para quedar medio limpios. Así pasaron los días, aprendiendo y trabajando incansablemente, manejando la bicicleta en la cual llevaba una caja con todas las herramientas para el mantenimiento y reparación de las tuberías de agua o desagües.

Llegó el mes de abril, a mediados del mes, me dijo mi primo, «vamos al Colegio Patria Ecuatoriana -que quedaba en la calle 25 y Gómez Rendón-, para solicitar la matrícula y estudies en la nocturna». Efectivamente, el inspector general, después de ver mi carpeta y calificaciones, se trasladó al rectorado, donde la licenciada Policarpa López, quien después, autorizó la matrícula para 4to año de bachillerato. Aquello, fue el paso más importante de mi vida. Poder estudiar, trabajar e ir superándome paulatinamente. Dentro de mis objetivos estaba: formar un hogar, una familia con hijos responsables y trabajadores, tener una casa, un carro, una finca como la de mis padres; ayudar a mis hermanos y a mis padres, obtener un título universitario, y nunca se borraron de mi horizonte.

En ese tiempo, cansado de dormir en el suelo y cartones, encontré otros parientes de Olmedo, sobrinos de mi madre, con quienes conversaba el tema de mis condiciones de vida. Y ellos me dijeron que me cambie a vivir a su casa, igualmente en el suburbio. Me ofrecieron una camilla con colchón, cobijas y toldo. Como perdí el año, sin trabajo y sin dinero, me quedé solo en casa de mis nuevos parientes. Sin alimentos, solo podía comprar uno o dos maduros diarios, los cuales los freía y así engañaba al estómago. Unos vecinos que también eran de Olmedo, se enteraron que pasaba mucha necesidad, y a veces, me regalaban un plato de sopa y arroz. Lloraba amargamente, pero nunca me di por vencido. Por aquellos días, salí a buscar trabajo de mensajero y en una fábrica de colonias ubicada en Chile y Avenida Olmedo, de nombre RAVEL, me acogieron después de escucharme en la entrevista. El dueño de la empresa, era el señor Jorge Glas, padre del vicepresidente encarcelado, Ingeniero Jorge Glas. En esa época, yo dejaba parqueado el triciclo con los cartones y entraba al mercado central a dejar los pedidos. Nunca me robaron nada. Cobraba los valores y llegaba sano y salvo a las oficinas. Me apreciaban mucho los directivos de la empresa y me regalaban colonia que se reciclaba y me inculcaban para que siga estudiando y así aprobar el 4to año de bachillerato.

Con mis primos Navarro-Mieles, viví un año, gané el 4to curso y estudiaba con mucho ahínco. Sin embargo, por riñas familiares entre parientes, tuve que buscar otro lugar de acogimiento e igualmente como sabía que mi papa tenía unas tías por la calle 19 y Ayacucho, fui a hablar con ellas, quienes me dieron posada, con la advertencia de que no había comida, bebidas y tenía que lavar mi ropa y asear el mueble donde dormiría. Sin opciones, lo acepté sin decirle nada a mis padres. En este hogar, había muchas broncas, insultos peleas y robos por parte de un hijo de mi tía: Pepe Lavayen; que también era ladrón de buses, consumía drogas de todo tipo y un día en su perdición, agredió a su madre y casi la mata. Lo botaron de la casa durante un largo tiempo. Así pasaron varios meses, trabajando y estudiando, pero con la zozobra del peligro de Pepe Lavayen.

Los fines de semana, con un grupo de compañeros del colegio, hacíamos las tareas más difíciles, estudiábamos antes de los exámenes y nos ayudábamos mutuamente. Cómo no recordar a mis compañeros: María Ulloa, Carlos Hernández, El chino Soto, Hermanas Morán Manzaba; a los maestros que con su paciencia y tolerancia nos inculcaron siempre el buen camino: Licenciada Policarpa López, Joffre Pastor, Urdiales, La hermana Sor Lucia…

Después de unos meses, por esas cosas del destino, una señora, amiga de mi tía, le dijo que necesitaban un mensajero de 18 años que supiera andar en bicicleta para entregar pedidos de una fábrica de ropa. Pagaba el sueldo básico y seguro. Me preguntó si deseaba ir a la entrevista, acepte y me llevaron con los gerentes: unos colombianos; Ingeniero Enrique Navarro Ortiz e Ingeniera Aida Cecilia Rojas de Navarro. Quienes me indicaron todo lo que se hacía: limpieza de la fábrica, ayudar a tender la tela para el corte de camisetas, calzoncillos y bikinis, entregar pedidos, recaudar dinero e ir al Banco Pichincha y hacer los depósitos de todos los lunes. Con toda la alegría, entusiasmo y visión, inicie este nuevo trabajo, haciendo a cabalidad todas las tareas asignadas, aprendiendo a estructurar el corte de los moldes. Aprendí a tejer en una maquina manual y luego en la máquina electrónica. Entregaba pedidos pequeños y los grandes pedidos los entregaba el hermano de la fábrica, Don William Navarro; hombre sincero, honesto y muy humanista, que me brindo todo su apoyo moral y solidario para que siga adelante.

Huyendo del peligro de la calle Ayacucho, busque otra casa, conociendo que en la 29 y Maldonado, vivían los señores Medardo Mendoza y Tomasita Vega, oriundos del recinto Boquerón-Olmedo. Fui a hablar directamente con ellos y como la hija (señora ahora), Dora Mendoza Vega, trabaja en otra fábrica que gerenciaba el Ingeniero Enrique Navarro, me acogieron favorablemente. Con las advertencias del caso: solo podía llegar antes de las 11:30 P.M. Cero Alcohol. Cero bullas. Lavar mi ropa, ayudar en la limpieza de la casa y todo lo que fuera necesario para vivir en armonía, paz y tranquilidad; porque todos ellos practicaban las enseñanzas de Jehová, sin titubeos. Lo acepté y me comuniqué con mis padres, quienes se alegraron mucho. El siguiente año la señorita Ramonita Mendoza Vega, fue a matricularme en el 6to año de bachillerato, señalándome que era la única forma de superación y progreso. Fue mi madrina de graduación en el año 1979.

Con mis compañeros de aula celebramos hasta el amanecer. Todos los integrantes de la familia Mendoza-Vega me felicitaron y me auguraron éxitos en la universidad. Ellos siempre me apoyaron a seguir estudiando.

Siempre he dicho que se sido bendecido y protegido por Dios, durante el tiempo de mi ultimo año de estudios y de trabajo como mensajero. Para el año 1980, ya tenía aprobado el primer semestre de economía. Y para el mes de marzo de 1980, el gerente de la agencia de Banco del Pichincha me preguntó: «¿Quieres trabajar en el banco?». Lo que cuento ahora, ha obviado todas las pericias antes de aquel suceso. Los lugares lúgubres que tuve que evitar. Pero no nos detengamos aquí avancemos un poco más, hijo. Me quedé asombrado e inmediatamente le dije que sí, pero que no tenía más amigos en esa institución. Él abrió su escritorio, saco su pluma de plata y en una tarjeta personal, escribió el nombre del jefe del personal, junto con mi nombre y me dijo: «Ya hablé con él y te está esperando para conversar contigo». En el banco Pichincha, laboré 8 años, y con la modernización del sistema bancario, muchos fuimos despedidos intempestivamente en el año 1988. Seguí bregando y luchando diariamente, para no desmayar en mis ideales.

En el medio de aquellos años, conocí a tu madre, nació tu hermana Jessenia, y algunos años después, tus ojos se abrieron. Pero eso será una historia para otro día, hijo querido.

Te dejo con esto:

En este largo recorrido, he conocido a muchas personas humildes, ancianos, discapacitados, profesionales y políticos; que de una manera u otra me brindaron su amistad y solidaridad. Reconozco que cometí muchos errores, pero esa lección me enseño a no confiar en falsos amigos. Tu familia es la única en quien debes confiar y apoyarte, el resto es solo fantasías.  A pesar de que la vida nos pone duras pruebas, nunca debemos doblegarnos ante nada ni ante nadie, porque somos seres humanos dignos de respeto y consideraciones.

Con mucho amor y cariño, tu padre.



Pedro Miguel Mieles Mieles. Economista, 65 años. Guayaquil, Ecuador. He sido profesor catedrático de economía en la universidad Agraria de Pedro Carbo y trabajado como funcionario en los municipios de Pedro Carbo y Lomas de Sargentillo. Es mi primera incursión en la literatura.

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