por Mario Pineda
Éramos los únicos clientes del bar que no cerraba hasta que nos fuéramos, nuestro lugar seguro y siempre disponible, donde incluso nos prestaban encendedor para arder los porros, y era por eso que lo frecuentábamos tanto. Fue hasta después que noté que el sitio poseía una belleza singular, aunque esta pareciera esconderse en sus años. Construido a la manera de las casonas antiguas, el Corral tiene su patio al centro y este está rodeado por los cuartos, algunos con mesas y sillas, otros, con carcomidos sillones como la alcoba esquinada que siempre ocupábamos mis camaradas y yo. Es entonces cuando me percaté que la cantina parecía más una tienda de antigüedades, repleta de ornamentos rústicos que confieren de un aire barroco al lugar, del que no puedes estar seguro si fue meticulosamente diseñado o arrumbado por el implacable tiempo. Jamás me atreví a inventariar los objetos, me pareció misión fútil siempre pensé que apenas terminara aparecerían nuevas reliquias ante mí, por eso no me es claro si son veinte crucifijos entre cantera, barro y madera, tres soles y cuatro mediaslunas, un par de vírgenes de Guadalupe, televisiones obsoletas, cárteles de cerveza descontinuada y artilugios de barro casi sagrados, como la Tlanchana y el Árbol De La Vida.
En las pinturas no reparé hasta una noche extrañamente cálida en que solo asistimos al Corral yo y otro amigo. Por iniciativa de este último nos sentamos en la mesa del recibidor, que solo es poblada de cuando en cuando por Don Pancho. Señor de cabello cano que hace de dueño y de empleado más arduo. Apurando el primer sorbo de pulque caía en la cuenta de que nunca le habíamos hablado, y fue por eso, más que por otra cosa que le hice un comentario.
—Son hermosos los cuadros.
—Sí, son todos del mismo artista, un día los trajo y jamás volvió.
Sus palabras pausadas obedecían a su rostro extenuado, que no dejó de pedir cigarros en toda la velada a cambio de seguir prolongando sus anécdotas de vida.
Empecé a frecuentar más el Corral, escapaba de mi hogar para extraviarme sobre los sillones despintados, sin decirle a nadie, solo yo, mis cigarrillos y alguna novela. No faltaba oportunidad para charlar con Pancho, quien era, pronto lo entendí, la persona de más edad a quien conocía y que nunca había abandonado los confines del valle, y como entonces yo tenía una afición de historiador insatisfecha, iba con mi libreta y falso aire intelectual a interrogarlo.
Un día salí temprano del trabajo y me fui trotando a su encuentro, llegué con mi suéter beige chorreando de sudor y, como ya le tenía confianza, le dije:
—Dígame la verdad, Don Pancho, ¿alguna vez tuvo sus días de gloria el Corral?
Me entregó una mueca burlona antes de responder.
—Sí, cómo no, aquí llegaba gente de todo tipo, te tocaba ver punketos de un lado y trajeados de otro, pero siempre estaba lleno, siempre concurrido.
Mientras hablaba veía los aposentos iluminarse, abarrotarse de gente, hasta que su semblante se opacó. Me confeso los problemas económicos que atravesaba el lugar y de como mi grupo de amigos era su mejor clientela. Esa tarde no quise escribir nada en la libreta, dejé una copiosa propina al pagar y me fui con el nudo en la garganta que me produjo saber el inmenso olvido en que se ahogaba nuestro Corral, a pesar de su belleza y privilegiada ubicación a tan poco del centro. Localización que hacía deseable el pedazo de tierra que ocupaba, más no el Corral en sí. Como me lo vino a confirmar Don Pancho en la víspera.
Esa tarde azotaba al pueblo una de sus famosas lluvias y por primera vez fue él quien se acercó a mí, con un semblante gris que se anticipaba a sus palabras.
—Me han hecho llegar ofertas por medio de mis hijos, en las que proponen arrasar mi legado, para construir un Starbucks o algo así, y aunque a mi hijo el mayor le brillaron los ojos de codicia los mandé a la chingada, yo aquí me voy a morir.
Y en efecto allí se murió, un día del que no me perdono no haber estado. Pero eso fue después, cuando me dijo todo aquello, comencé a estimarle más todavía, a quererle sacar todo su pasado para que no se lo llevara con él.
Un día, que aún atesoro en mi memoria, en que hacía un frío extremo, la neblina se colaba entre los pasillos donde solo estábamos él y yo. Fue entonces que le pregunté si alguna vez le habían tocado una de las nevadas que hace décadas no le eran del todo ajenas a este pueblo situado a más de tres mil metros de altura.
—Cuando muy niño recuerdo despertar y ver por la ventana caer pelotas blancas del cielo, e ir corriendo con mis padres a que me explicaran lo que sucedía.
Todavía llegué a verlo en otras ocasiones, pero siempre me quedó la impresión de que esa fue la última vez que hablamos.
Apenas pasó el luto, el hijo vendió a unos americanos que demolerían tan pronto pasaran las fiestas. Entre tanto el primogénito puso una cadena al portón de madera y se largó a Acapulco. Lo peor fue que me enteré por otros y no hubo oportunidad de despedirme del viejo ni del lugar. A mis amigos al poco se les pasó, pero yo todavía fui a pararme dos veces al zaguán de madera podrida a lamentarme. A la tercera lo penetré.
Era la víspera del 31 de diciembre y la calle del Corral estaba desolada, por medio de un conocido conseguí unas pinzas industriales que deshicieron el candado de inmediato, el idiota del hijo de Don Pancho pensó que nadie podría interesarse en el lugar. Una vez levantada la cadena basto empujar la madera del portón, para entrar por última vez. Con las mismas pinzas atranque la puerta por dentro, no deseaba ser molestado, llevaba una botella del mejor mezcal y quería despedirme del Corral como se debía. Me dirigí a la sala que siempre ocupaba con mis compas y me puse a darle tragos directos a la botella. Cuando había empinado casi la mitad del pomo tuve el coraje suficiente para rociar el resto en el sofá y, después de echarme sobre él, encender un cigarro.
Mario Pineda (Toluca, 2000) integrante del taller la Comuna Girondo donde ha participado en diversas antologías. Publico en la revista Grafografxs como parte de su taller de narrativa.