Fuuu


por Michel Magaña


Entre su bota y la tierra había una rata muerta en el estampado de una cajetilla de cigarros. Manuel la levantó, le sacó los dos cigarros que quedaban, y siguió su camino. Al llegar, prendió el fogón sobre la leña y luego encendió un cigarro. Puso el comal, tatemó algunos jitomates, y con sus manos, que estaban secas, preparó tortillas. Así fue su cena entonces: un cigarro ácido de lo rancio y dos tortillas con una salsa tristísima, sin chile. Al echarse en su petate, su estómago reprochó con el mismo eco de un pozo seco. Un dolor sordo lo acompañó hasta el sueño.

Esa noche y una falsa resignación convirtieron su frente en una nube con lluvia espesa para un chilar. Al menos, aquel día consiguió la promesa de unas monedas a cambio de piscar chile. La pequeña cuchilla que usaba le recordó a las espadas de la baraja española, y también sus cosas que le quitó el conquián. Manuel extrañaba sus tejocotes, sus chivos, su hogar, su suerte, su libertad. Le daba coraje andar agachado y sudado para otro fulano. Antes, su trabajo era suyo. Empezó a mandar algunos chiles a sus bolsillos. No los robaba tanto por necesidad o por el deseo de enchilarse, mas bien quería fastidiar al patrón.

Después de todo, le pagaron cien pesos, y no hubo sospecha de lo robado. Ya era tarde y oscurecía. Manuel fue a la tienda de doña Chela a comprar huevo. Cuando llegó, la luna ya estaba bien asomada. La tienda era una fachada color crema que se descascaraba. Chela atendía sentada, con un codo apoyado sobre un refrigerador amarillento, y ruidoso como el zumbido de un mosquito. A un lado, muy a la vista, exhibía botanas como cacahuates, semillas de girasol y chicles. La tienda invadía la calle de terracería con una lona de propaganda política ya desgastada, una mesa de lámina de acero oxidada y sillas de plástico rayadas, como si las hubiese rasguñado un perro. La lona cubría las cabezas de los viciosos que compraban cerveza y botana. Lo único que iluminaba era un foco acogedor, aunque parpadeante.

Manuel vio ahí sentados a Luis y Hugo.

—Míralo nomás…, seguro viene a perder hasta los calzones —dijo Hugo con una sonrisa burlona.

Manuel no puso reparos cuando vio en sus manos las copas, las monedas, los bastos y las espadas. Eran coquetas las cartas, y era fácil sonsacar a Manuel. Tomó asiento.

—No seas hocicón —puso su dinero en la mesa y olvidó lo de los huevos.

Luis barajeó y repartió. De izquierda a derecha iban los turnos. Luis descartó lo que acababa de tomar del mazo. Era el uno de espadas, justo con esa, Manuel completaba la trinca que le faltaba. Él ya tenía la moneda y la copa. Hugo la reclamó antes. Manuel perdió.

—¿Aceptan si apuesto esto? —Sacó de su bolsillo su puño, que apretaba los chiles que robó.

Luis lo miró con lástima. Hugo se burló. Manuel ya se iba, y entonces Chela le habló:

—Ya ni compras nada, cabrón. No entiendes que la suerte se olvidó de ti, porque tú te olvidaste de la cordura, y ahora eres un intruso viviendo en tierra abandonada, que es de nadie, y pues por eso, es tuya.

No hubo camino a casa esa noche. Solo hubo camino porque las ideas estaban idas. Manuel anduvo sin rumbo por horas, metiéndose en senderos desconocidos y luego en otros lados sin senderos. El hambre lo tumbó mientras caminaba. Cedió a sentarse y miró dónde estaba. Llegó a un pequeño valle rodeado de matorrales, agaves, mezquites y cardones. Uno de los cardones escondía la luna, era enorme y notablemente anciano. Manuel lo vio con recelo y tristeza. El cardón tenía su lugar y él no, se mantenía firme y él siempre caía, y los tallos verdes y gordos del cardón los comparó con sus manos, arrugadas, secas, casi grises, las manos de un viejo que es nada. El coraje, el autodesprecio y el hambre se juntaron esa fría noche. Sacó nuevamente el puño de chiles y se los echó a la boca.

En cuanto molió el chile con las muelas, en su boca se encendió una chispa que inició un fuego. Las llamas se esparcían como si quemaran hierba. Sus ojos lagrimeaban agua hirviendo, y su rostro se aletargaba hasta el punto del ensordecimiento. Para sacar el calor, miró arriba y sopló.

Entonces, el cielo lo arrebató, y Manuel dejó de pertenecerle a la desesperación. Vio que las estrellas no eran puntos fijos, sino que tenían rumbo en la negrura y dejaban su estela alrededor de un centro. Allí donde dos soles se perseguían hasta que uno devoró al otro. Más lejos, una nube de polvo paría soles que ardían apenas nacían. Rocas que eran como balas se encontraban y hacían polvo al chocar, y el polvo se esparcía como ceniza de volcán. Candelas de otros soles palpitaban como corazones condenados a estallar. Todo chocaba y reventaba con violencia muda, y nada volvía a donde estaba. En medio de todo, Manuel, aun soplando.

—Fuuu—.

El viento le devolvió su propio aliento, ahora fresco contra su cara. El ardor del chile empezaba a volverse un alivio extraño. Su cuerpo descansaba. Miró sus manos, seguían ahí. Seguían siendo suyas. El cardón, inmóvil y antiguo, lo miraba de vuelta. Acostado en la tierra, pensó que el cielo siempre se ha destrozado a sí mismo, pero ahí sigue. Entonces se reconoció en él. Se sintió inmenso.



Michel Magaña Heredia (Ciudad de Mexico, 2001). Estudiante de matemáticas. Curioso por las relaciones que hay entre los temas abstractos y sensibles.

Arte: Alessandro Nesci, El hombre y el sol

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