Tenochtitlán sin límites y la burocracia infinita


por Víctor D. Manzo Ozeda


Fragmento 1: La Fila que No Terminaba

Año 2147. La Gran Tenochtitlán Sin Límites se extendía más allá de lo visible, una metrópoli que devoraba montañas, desiertos y ríos. Todo era parte del Sistema de Regularización Masiva, un proyecto del gobierno para convertir el país entero en una sola ciudad, un solo ente administrativo donde nada existía sin su respectivo documento de validación.

Si nacías, había que tramitar tu Certificado de Existencia Biológica. Si te enamorabas, necesitabas el Permiso de Vínculo Afectivo Temporal. Si llorabas, tenías que justificarlo con el Formato de Respuesta Emocional Autorizada (FREA-17B).

Y si querías morirte, bueno… ahí sí se ponía complicado.

Porque según el Decreto de Continuidad Individual (DCI-98C), la muerte era ilegal sin los formularios adecuados. Había filas enteras de gente esperando su Autorización de Cese de Funciones Vitales, acumulándose en los pasillos infinitos de la Secretaría de Persistencia Obligatoria. Miles de ancianos, enfermos, tipos que ya no querían vivir, todos atrapados en el limbo burocrático, obligados a seguir existiendo porque su trámite estaba “en revisión.”

Y aquí entra nuestro protagonista: Pánfilo Cuautle, burócrata de nivel 7, un engrane más en el monstruo administrativo. Su trabajo era sellar documentos en la ventanilla 34 del Distrito de Regularización Emocional, un cubículo en un rascacielos donde la luz del sol nunca entraba y donde el café sabía a tinta reciclada.

Un día, Pánfilo recibió un documento inusual.

Era un Formato de Finalización de Realidad (FFR-666Z), un trámite que no existía en el sistema.

El formulario estaba sellado con un código rojo, lo que significaba que provenía de muy arriba, de las oficinas donde nadie sabía quién trabajaba, de los niveles donde la burocracia se volvía metafísica.

El documento decía, en letras frías y mecánicas:

“LA REALIDAD ACTUAL SERÁ CANCELADA EN 72 HORAS. FAVOR DE PROCEDER CON LA LIQUIDACIÓN DE EXPERIENCIAS PENDIENTES.”

Pánfilo sintió un escalofrío.

Al reverso, en letra pequeña, una advertencia:

“SI NO SE APRUEBA EL TRÁMITE, EL SISTEMA SE CONGELARÁ INDEFINIDAMENTE.”

O sea, si alguien no sellaba ese documento, todo se quedaría estático para siempre.


Fragmento 2: El Mercado de Emociones Sintéticas

Pánfilo no sabía qué hacer. Un trámite así no tenía precedentes, no había protocolo. Lo único que podía hacer era pedir asesoría… y la única persona que podría ayudarlo era Teo “El Coyote” Matamoros, un ex-burócrata caído en desgracia, ahora traficante de Experiencias No Reguladas en los barrios bajos.

En la Zona Gris, donde la burocracia aún no llegaba, se encontraba el Mercado de Emociones Sintéticas. Ahí se vendían cosas que estaban prohibidas por el gobierno: sensaciones espontáneas, recuerdos sin permisos, orgasmos sin licencia, miedo puro sin firma digital. Todo en forma de inyecciones neuronales que se podían comprar en la esquina, como tacos de suadero.

Pánfilo encontró a Teo en una mesa de plástico, fumando un cigarro de nicotina verdadera (una rareza en tiempos de tabaco digital).

—Necesito que me expliques esto —dijo Pánfilo, dejando el formulario sobre la mesa.

Teo lo miró. Lo giró. Lo olió. Luego se carcajeó.

—Esto no es un trámite. Es un error del sistema.

—¿Un error?

—Sí, güey. Un glitch en la realidad. Alguien, en algún lado, está a punto de cerrar el programa entero.

Pánfilo sintió un vacío en el estómago.

—¿Y qué hago?

Teo apagó su cigarro.

—Tienes dos opciones: o lo apruebas, y el mundo como lo conocemos se reinicia… o lo rechazas, y quedamos atrapados en un loop burocrático eterno.

—¿Y qué pasaría si… si simplemente lo ignoro?

Teo se encogió de hombros.

—Eso nunca ha pasado antes.


Fragmento 3: La Realidad en Suspenso

Pánfilo regresó a su cubículo. Tenía 24 horas para decidir.

Afuera, la ciudad seguía funcionando como siempre: drones de vigilancia en los cielos, anuncios holográficos vendiendo Licencias de Risa Garantizada, ciudadanos haciendo fila para renovar sus permisos de tristeza. Nadie sospechaba que la existencia entera pendía de una firma en su escritorio.

Cuando faltaban 5 minutos para la hora límite, Pánfilo tomó el documento.

Leyó cada palabra.

Tomó el sello oficial de la oficina y lo sostuvo sobre la casilla de aprobación.

Respiró hondo.

Lo estampó.


Epílogo: El Mundo se Reinicia

Al principio, nada pasó.

Luego, todo pasó a la vez.

Las luces de la ciudad oscilaron como si alguien hubiera apagado y encendido un interruptor gigante. El tráfico se detuvo. Los drones cayeron del cielo. La gente sintió un brinco en la conciencia, como cuando te despiertas de un sueño tan real que no sabes si aún estás dormido.

Las oficinas desaparecieron.

Los formularios se desintegraron.

El Sistema de Regularización Masiva dejaba de existir.

Por primera vez en siglos, la Gran Tenochtitlán Sin Límites no tenía reglas.

Y ahí, en el centro de todo, Pánfilo Cuautle abrió los ojos.

Miró a su alrededor.

Sintió algo nuevo. Algo imposible.

Por primera vez en su vida, no necesitaba permiso para respirar.



Víctor D. Manzo Ozeda (Durango, México). Autor de las novelas El diario de una mujer dormida, Oneiros y la obra de teatro El último Berserker, publicadas en Amazon. Ha sido publicado en más de 60 revistas y antologías internacionales. Premiado en narrativa, microficción y poesía; escribe crítica social en diversos blogs. Actualmente desarrolla una novela y una serie de cuentos sobre temáticas variadas.

Arte: Naim Morán: https://www.instagram.com/naim_efimero/

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