por Isis Moscoso
Las Crónicas, hasta antes del siglo XVII, habían sido escritos destinados a testimoniar y a historiar. Su nacimiento, en la Edad Media, supone la oportunidad de: “… presentar un recuento organizador del proceso o acontecer histórico vivido por un pueblo” (José Miguel Oviedo 76). Con la mirada de quién ha vivido un momento histórico determinado, sin embargo, las crónicas se mantienen lejos de relatar los sucesos de manera objetiva y, consecuentemente, van forjándose en ellas características que, ya para el siglo XVII, las consolidan como un género literario y, por consiguiente, dejan en segundo plano su carácter historiográfico. Como género de evolución, las Crónicas de Indias heredan ciertos rasgos de las crónicas medievales y, con el tiempo, desarrollan, además, el Leit Motiv de su propia existencia donde se incluye un lenguaje de clara influencia gongorina. De esta manera se consolidan voces como la de Cortés, Oviedo, Cabeza de Vaca y Bernal Díaz del Castillo, donde la línea entre realidad y ficción se difumina en la construcción providencialista y moral de los mitos y de su yo narrativo.
Las llamadas Cartas de Relación en un principio: “… constituían un modelo retórico bien diferenciado [de las crónicas] en la tradición medieval, cuyas normas [se basaban] en las necesidades legales y administrativas” (José Miguel Oviedo 76). No obstante, las de Hernán Cortés adquieren un carácter de hibridación puesto que, aunque las mantiene como instrumentos de información y de peticiones a la corona, también las aprovecha para defenderse y, combinadas con las descripciones de todo cuanto ve, empiezan a asemejarse a las crónicas. La inefabilidad está presente por cuanto tiene que describir lo desconocido con elementos de lo conocido: “… todos traen albornoces encima de la otra ropa, aunque son diferenciados de los de África porque tienen maneras, pero en la hechura y tela y los rapacejos son muy semejables” (Hernán Cortés 55).
La realidad y ficción se difuminan a su antojo. Su mirada con respecto a los habitantes de Cempoal, por ejemplo, se muestra aprobatoria porque los habitantes demuestran lealtad: “… han estado y están muy ciertos y leales en el servicio de Vuestra Alteza, y creo lo estarán siempre por ser libres de la tiranía de aquél [Muteeçuma]. Y porque de mí han sido siempre bien tratados y favorescidos” (37). El imaginario que pretende crear es el de un salvador y protector más que el de un conquistador: “… dijeron que querían ser vasallos de Vuestra Majestad y (…) me rogaban que los defendiese de aquel (…) [Muteeçuma] que los tenía por fuerza y tiranía y que les tomaba sus hijos para los matar y sacríficar a sus ídolos” (37). De esta forma ensalza su moral y honra mientras crea, a su vez, el mito de los indios salvajes que matan a la gente para darla en provecho de sus ídolos o que son traicioneros: “Crea Vuestra Cesárea Majestad que son estas gentes tan bulliciosas que cualquier novedad o aparejo que vean de bullicio los mueven, porque ellos así lo tenían por costumbre de rebelarse y alzarse contra sus señores” (238). Así, si no habían sido capaces de ser leales a sus propios señores, no lo serían tampoco con los españoles. Este imaginario, constantemente repetido en las Cartas de Relación de Cortés, justifica la crueldad del conquistador.
En el Sumario de la Natural y General Historia de las Indias, de Gonzalo Fernández de Oviedo, también se construye la descripción de lo nuevo, con elementos del lenguaje conocido: “… [Al] pan (…) lo muelen en una piedra algo concavada con otra redonda (…) a fuerza de brazos, como suelen los pintores moler las colores” (Gonzalo Fernández de Oviedo 94). Necesita de un símil para describir el movimiento y la fuerza con la que muelen el pan.
Oviedo también describe positivamente a aquellos indígenas que viven entre los españoles e, incluso, intenta desmentir los mitos que los pintan como bárbaros: “… cuanto a los que toca a sus casamientos (…) tampoco se casan con sus hijas, ni hermanas ni con su madre (…) aquello Reinaldo Cortés lo ha escrito según a él le ha parecido…” (108). Sin embargo, esto no quiere decir que las crónicas de Oviedo sean objetivas. También él alimenta imaginarios del Otro y su barbarie: “… viven desde el golfo de Urabá (…) y comen carne humana, y son abominables, sodomitas y crueles, y tiran sus flechas de tal yerba, que por maravilla escapa hombre de los que hieren…” (114).
De esta manera, aunque Cortés y Oviedo les dan una descripción positiva a los indígenas que han aceptado servirlos, mantienen una imagen negativa de aquellos que se resisten a ser conquistados. En este sentido aparece en sus “yo narrativos” una extraña moral donde Oviedo reivindica la sabiduría, pasividad y civilización de los indígenas colonizados en contraste de aquellos que se rehúsan a serlo mientras que Cortés los pinta de pacíficos y agradecidos por liberarlos de Moctezuma, el “bárbaro”. Tanto para Oviedo como para Cortés, Dios es el creador de una América hecha y guardada: “… para hacer a vuestra majestad universal y único monarca en el mundo” (126), lo que conllevaba a que, todo aquello que haya sido colonizado, adquiriera un carácter y rumbo natural: “… por milagro de Dios ninguna cosa comenzará que en servicio de Vuestras Majestades sea que pueda suceder sino en bin” (Hernán Cortés 12). Ambos, por tanto, confunden la realidad que los rodea con una construcción mental propia de un buen vasallo tanto para la corona como para su religión y, por ende, aquellos que se rehúsan a esta conquista dada y respaldada por Dios, no pueden ser, para la percepción de Cortés y Oviedo, sino obstáculos para su Creador.
En cuanto al discurso en Naufragios, de Cabeza de Vaca, también está lleno de inefabilidad. Verbigracia, este describe a las tunas como frutas: “… del tamaño de huevos, y son bermejas y negras y de muy buen gusto” (52). Sus imaginarios son más elaborados que las de los cronistas anteriores por la novelización que hace de su aventura. Y es que, Cabeza de Vaca, narrador y protagonista, llega a revivir a un muerto: “… y dijeron que aquel que estaba muerto y yo había curado en presencia de ellos, se había levantado bueno y se había paseado, y comido, y hablado con ellos…” (65). Empero, no siempre ha tenido en su naturaleza el curar a los Otros. De hecho, su mirada hacia los indígenas empieza por ser negativa. Los hiperboliza para amplificar su ferocidad en la batalla pero también los describe en desigualdad de condiciones ante ellos: “… todos son flecheros; y como son tan crecidos de cuerpo y andan desnudos, desde lejos parecen gigantes (…) algunas veces hallábamos indios pescadores, gente pobre y miserable…” (23- 28). No obstante, conforme avanza en su aventura, esa mirada por el Otro devino en simpatía y empatía:
Es la gente del mundo que más aman a sus hijos y mejor tratamiento les hacen (…) De esto nos pesó mucho por ver el mal tratamiento que a aquellos que tan bien nos recibían se hacía (…) se ve que estas gentes todas, para ser traídas a ser cristianos y a obediencia de la imperial majestad, han de ser llevados con buen tratamiento, y que este es camino muy cierto, y otro no. (43- 81- 98)
El conquistador, narrador y protagonista, todo en un yo narrativo, vive lo que les ha tocado vivir a los indígenas y entiende que no debe ser de la mano de la fuerza y la violencia por la que se conquiste por lo que su moral, finalmente, va de la mano de la paz y de la búsqueda de la dignidad humana.
En la Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, Bernal Díaz del Catillo, por su parte, también aporta a su relato con sus propios imaginarios e inefabilidades, alternando su yo narrativo con un narrador extradiegético que a veces lo coloca a él como personaje:
como dice Bernal Díaz, la componían algo más que un centenar de hombres que viajaban en tres navíos (…) de aquellas matanzas dicen que hacíamos, siendo nosotros cuatrocientos soldados( …) harto teníamos que defendernos (…) llevaban sus armas de algodón, que les cubrían el cuerpo (…) espadas de navaja como de dos manos… (3- 4).
Sus construcciones mentales aportan con la visión de los indígenas salvajes: “… halló sacrificados unos cúes, hombres y muchachos (…) y los corazones presentados a los ídolos (…) habían hallado (…) cuerpos muertos sin brazos y piernas y (…) dijeron otros indios que los habían llevado para comer” (26). Esto difiere del relato de Cabeza de Vaca en tanto que, en Naufragios, describe cómo los indígenas se escandalizaron de cómo unos cristianos se comieron entre ellos por la desesperación: “… llegaron a tal extremo que se comieron (…), hasta que quedó uno solo, que por ser solo no hubo quien lo comiese (…) De este caso se alteraron tanto los indios, y hubo entre ellos tan grande escándalo, que sin duda (…) ellos lo vieran, lo mataran… ” (42).
Bernal Díaz, por tanto, incorpora relatos hiperbólicos, donde exagera los actos crueles de los Otros y engrandece las campañas de Cortés. Justifica la conquista y las acciones cometidas: “… el gran Montezuma (…) cuando vio el casco y el que tenía su Huichilobos tuvo por cierto que éramos de los que le habían dicho sus antepasados que vendrían a señorear aquella tierra” (21). Si ya los indígenas habían tenido por profecía la venida de los españoles, es porque era derecho divino.
En consecuencia, En los Naufragios y en la Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España está presente en todo el relato. El providencialismo de Bernal Díaz del Castillo también le concede a esta doctrina la naturaleza de los éxitos de Cortés: “… Nuestro Señor le daba gracia que doquiera que ponía la mano se le hacía bien, en especial en pacificar los pueblos y naturales de aquellas partes…” (11). Para Cabeza de Vaca, la pena que ha vivido junto con sus compañeros de expedición es, por otra parte, producto de sus pecados: “… y cada uno se fue encomendándolo a Dios (…), que lo encaminase por donde Él fuese más servido (…) tal era la tierra que nuestros pecados nos habían puesto (…) estuvimos pidiendo (…) misericordia y perdón de nuestros pecados, derramando muchas lágrimas… ” (26- 27- 38). Así, ambos justifican tanto sus acciones como los hechos acontecidos puesto que el ser humano es instrumento de Dios. No podría decirse que ninguna Crónica de Indias pudiera ser objetiva. Unos con más novelización que otros modifican los hechos para justificar al poder. Muchos de los imaginarios fueron deliberadamente construidos para que la moral, honra y honor de los conquistadores no fuera puesta en duda. Por su parte, alimentaron leyendas y enriquecieron y engrandecieron todo lo que habían hallado y vivido para que fuera más loable su hazaña y para que el favor de la corona no los desamparara. En este sentido, es posible afirmar que el deseo de recoger testimonio venía de la mano de engrandecer su propio yo.
Referencias
CORTÉS, Hernán, Cartas de relación, Freeditorial, s.f. Recuperado de: http://campus.unibarcelona.com/bbcswebdav/pid-1588010-dt-content-rid-15001827_1/courses/2017_04_A_20062/cartas_de_relaci%C3%93n.pdf
DÍAZ DEL CASTILLO, Bernal, Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, Biblioteca Virtual Universal, 2003. Recuperado de: http://www.biblioteca.org.ar/libros/11374.pdf
FERNÁNDEZ DE OVIEDO, Sumario de la Natural Historia de las Indias, México, FCE, 1950.
Núñez Cabeza de Vaca, Los naufragios, elaleph, 2000. Recuperado de: http://campus.unibarcelona.com/bbcswebdav/pid-1588001-dt-content-rid-15001820_1/courses/2017_04_A_20062/Alvar%20Nu%CC%81n%CC%83ez%20Cabeza%20de%20Vaca-%20Los%20naufragios.pdf
OVIEDO, José Miguel, “El descubrimiento y los primeros testimonios”, Historia de la literatura hispanoamericana I, Madrid, Cátedra, 1982.