por Daniela Magdalena Padilla González y Marco Antonio Fernández Nava
I
El chiste político, al parecer, no es un tema serio. No ha logrado atraer la atención de la academia a pesar de las risas que provoca. ¿Qué académico que se respete pondría en riesgo su solemnidad y prestigio para hablar del chiste político? Esto quizá tenga que ver con nuestra disciplina. La sociología, en general, “se concentra decididamente en las relaciones oficiales o formales entre los poderosos y los débiles” (Scott, 2000: 38). A la sociología le atraen las elecciones, los movimientos sociales, los partidos políticos, es decir, le atraen los fenómenos cuando estos se han institucionalizado enormemente. Nosotros nos proponemos tratar al chiste político seriamente, como cuestión académica. En otras palabras, el chiste político puede ser, socialmente “irrelevante” pero es sociológicamente importante. Para ello, es necesario establecer que el chiste político existe y que es lo suficientemente regular para que requiera una explicación. El chiste político, por lo tanto, es un hecho. Ciertamente no sabemos la cantidad de chistes políticos que existen ni su autor, pero esta ignorancia general no nos puede impedir expresar lo que aún no se conoce y que requiere ser conocido. De esta manera, para nosotros el chiste político muestra un ámbito en la política de los grupos subordinados que se ejerce públicamente pero que protege la identidad de los actores. El chiste político es un ámbito discreto del conflicto político, es infrapolítica (Scott, 2000).
II
Una de las funciones del chiste es hacer reír. ¿De qué serviría un chiste que no provoque risa? De nada. No sería chiste. Quizá por ello, todos conocemos esa sensación de fracaso del chiste al no hacernos reír y preguntamos ¿dónde está chiste? Y no es porque no hayamos entendido, es porque el chiste no cumplió su función. Por otro lado, “la risa también tiene significación y alcances sociales” (Bergson, 2009: 123). Es decir, la risa que provocaría un chiste político es algo más que un mero resultado de procesos fisiológicos o psicológicos. Desde las cosquillas hasta enfermedades, como el Alzheimer, pueden desencadenar risas. Pero la risa provocada por el chiste político es la risa cómica. Ella no es reactiva. Ella siempre se refiere a algo. La risa cómica es “extática, no en el sentido arcaico de un trance arrebatado, sino bajo la forma más suave de un ek-stasis, unestar afuera de los presupuestos y hábitos corrientes de la vida cotidiana” (Berger, 1999: 46). Ese estar afuera nos lleva a la localización empírica de la risa cómica. Fue Alfred Schutz quien diferencia los distintos sectores de lo que experimentamos como la realidad. En su ensayo Sobre las realidades múltiples, Schutz da cuenta de la relación entre la realidad de la vida cotidiana llamada “realidad eminente” (paramount reality) y ciertas partes dentro de la misma que denominó “ámbitos finitos de sentido”. La realidad eminente es aquella que nos resulta más real la mayor parte del tiempo, actuamos en ella desde una actitud natural.
“… es característico de la actitud natural que considere presupuestos el mundo y sus objetos hasta que se establezca una prueba de lo contrario…No nos interesa comprobar si este mundo realmente existe o si sólo es un sistema coherente de apariencias compatibles unas con otras. No tenemos ninguna razón para dudar de nuestras experiencias garantizadas, que, según creemos, nos ofrecen las cosas como realmente son… La fenomenología nos ha enseñado el concepto de epojé fenomenológica, o sea, la suspensión de nuestra creencia en la realidad del mundo como recurso para superar la actitud natural radicalizando el método cartesiano de la duda filosófica. Puede aventurarse la sugerencia de que el hombre en actitud natural utiliza también una epojé específica, por supuesto, muy distinta de la que emplea el fenomenólogo. No suspende la creencia en el mundo externo y sus objetos; por el contrario, suspende la duda en su existencia. Lo que coloca entre paréntesis es la duda de que el mundo y sus objetos pueden ser diferentes de lo que se le aparecen. Proponemos denominar a esta epojé, la epojé de la actitud natural” (Schutz, 2003: 214).
Los ámbitos finitos de significado se experimentan cuando un individuo migra de la realidad eminente a otra realidad, por ejemplo, cuando llega al mundo de los sueños, del teatro, de los juegos infantiles, de la experiencia religiosa o al mundo de la risa. En los ámbitos finitos de significado se expresa un “estilo cognoscitivo específico”. Las características básicas son:
1. Una atención específica de la conciencia, o sea, la actitud alerta, que se origina en una plena atención a la vida.
2. Una epojé específica, consistente en suspender la duda.
3. Una forma predominante de espontaneidad.
4. Una forma específica de experimentar el propio sí-mismo.
5. Una forma específica de socialidad.
6. Una perspectiva temporal específica (Schutz, 2003: 216)
En tanto nuestras experiencias compartan este estilo cognoscitivo podemos considerar este ámbito de sentido como real y le podemos adjudicar el acento de realidad. Esta parcela o enclave es real y sólo la podemos abandonar a través de una conmoción específica que nos obligue a trascender los límites de este ámbito finito de sentido y trasladar a otro el acento de realidad. Innumerables experiencias de conmoción existen, por ejemplo:
“la conmoción de quedar dormido, como salto al mundo de los sueños; la transformación interior que sufrimos cuando en el teatro sube el telón, como transición al mundo del escenario; el cambio radical en nuestra actitud cuando permitimos, ante un cuadro, que nuestro campo visual sea limitado por loa que está dentro del marco, como paso al mundo pictórico; nuestra perplejidad, seguida por el alivio de la risa, cuando al oír un chiste, estamos por un breve lapso dispuestos a aceptar el mundo ficticio de la broma como una realidad, a cuyo respecto el mundo de nuestra vida cotidiana adquiere el carácter de una tontería; el movimiento del niño hacia su juguete, como transición al mundo del juego, etc.” (Schutz, 2003: 216. Énfasis nuestro).
Así, por muy breve que sea la risa cómica, que provoca el chiste político, aceptamos ese mundo ficticio pues mientras dura es real, inclusive, más real que la realidad eminente. Sin embargo, regresamos a la realidad eminente al acabarse las risas. Ahora podemos resumir diciendo que la risa cómica que provoca el chiste político “aflora en medio de la vida cotidiana, la transforma momentáneamente y luego vuelve a desaparecer enseguida. Incluso puede ser como un subtexto de la vida cotidiana, un acompañamiento pianíssimo de los temas serios a los que estamos obligados a prestar atención en el mundo real” (Berger, 1996: 37). La risa cómica, entonces, no sólo nos distancia de la realidad eminente, sino que también pone en entredicho esa realidad.
III
Este momento pianissimo de los temas serios le otorgan a la risa cómica otra característica: ser una forma de percepción de otra dimensión de la realidad que sin ella quedaría oculta. Por eso nos atrevemos a decir que la risa cómica es una especie de sociología popular. La realidad eminente se presenta sólida, sin embargo, eso no impide la intrusión de otras realidades. Quizá fue Erasmo, en su Elogio de la Locura, quien presentó, por primera vez allá por 1511, esta cualidad de la risa cómica. En pleno inicio de la era moderna ofreció una visión alternativa de la sociedad. En el amplio sermón de la Estulticia aparece su capacidad de desenmascaramiento; por ejemplo, en la opinión que tiene sobre los filósofos y otros intelectuales:
“vean esas personas delgadas, tristes y hurañas que se dedican al estudio de la filosofía, o a cualquier otra disciplina seria y difícil; su espíritu continuamente agitado por un torbellino de los más diversos pensamientos, influye sobre su pensamiento; el espíritu se disipa, su fuente vital se seca y generalmente se hacen viejos sin haber pasado por jóvenes. Mis locos, por el contrario, siempre lozanos y rollizos llevan en su rostro la viva imagen de la salud y la alegría, como cebones bien alimentados. Ninguno sentiría los achaques de la vejez si de vez en cuando no fuesen contagiados por los sabios” (Erasmo, 2016: 35).
Esta concepción cómica del mundo, que demuestra las “ventajas” de la Estulticia sobre la Razón, contrasta, por ejemplo, con la idea que tenía Descartes de la risa al ser ésta, para el llamado primer filósofo de la modernidad, resultado de un fallo fisiológico. Con la llegada del siglo XV, la dama Estulticia entró en declive y apareció la diosa Razón. Ojo: escribimos “entró en declive”. No estamos insinuando, ni de lejos, que desapareció y prueba de ello es el análisis que Mijáil Bajtin hizo para situar a Rabelais en el contexto de la historia de la “cultura popular del humor”. En dicho texto, Bajtin resalta que la risa cómica crea “contra-mundos” al ser una risa profundamente subversiva en un sentido metapolítico.
“La risa tiene un significado filosófico profundo, es una de las formas esenciales -de expresión- de la verdad sobre el mundo en su conjunto, sobre la historia y el hombre, es un punto de vista particular en relación con el mundo; el mundo se ve de una nueva manera, no menos (y quizá más) profunda que cuando se contempla desde una perspectiva más seria. Por lo tanto, la risa es tan admisible como la seriedad en la buena literatura, la cual plantea problemas universales. Algunos aspectos esenciales del mundo sólo son admisibles para la risa” (Bajtin, citado en Berger, 1999: 150).
Esta risa permite un triunfo transitorio sobre el miedo, incluido el miedo a la muerte:
“… la victoria sobre el miedo es un momento sustancial de la risa que encuentra su expresión en una serie de rasgos en las imágenes de esa risa: en ellas siempre está presente la risa triunfante, en forma de lo deforme-grotesco, en forma de los símbolos invertidos del poder y de la violencia, en las imágenes cómicas de la muerte, en los tormentos divertidos, en el infierno carnavalesco, en las narraciones jocosas de horror del carnaval… el lenguaje de la risa era ante todo el lenguaje de la verdad, popular, libre y temeraria” (Bajtin, 2018: 65-66)
Esta risa revela un mundo nuevo y permitía rebelarse contra ese mundo. No es liberadora, es libertaria.
“Esa risa es enemiga de toda estabilidad, de todo acabamiento y de toda definitividad, y su alegría plena, ubicada desde una mirada profundamente utópica, lo es respecto de los cambios y las innovaciones que significan la verdadera ruptura con el orden y el sistema existentes, así como con las verdades dominantes. Porque el pueblo que ríe y el pueblo insurrecto, son el mismo pueblo considerado en las diferentes y únicas formas internas de su manifestación” (Bajtin, 2018: 48-49)
Acorde con lo anterior, cierto día Carlos Monsiváis, hablando sobre la película Duck Soup, de los hermanos Marx, dijo “ahí aprendí que la seriedad es un robo y que el orden aparente, al verse subvertido, manifiesta su pudibunda ridiculez”. De la misma opinión es el pensador ruso Alexander Herzen. En su texto Cartas desde Francia e Italia escribe:
“La risa contiene algo de revolucionario. La risa es una de las herramientas más poderosas en contra de todo aquello que es obsoleto y que se resiste a la extinción, impidiéndole aún en ruinas, sólo Dios sabe cómo, el crecimiento de la vida nueva, que asusta a los débiles… La risa, no es en absoluto una simple burla, y por eso nosotros no renunciamos a ella… Pues en la Iglesia, en el Palacio, en el frente de guerra, o ante el jefe de oficina, ante un alguacil, o ante un administrador alemán, nadie se ríe. Además, los sirvientes están privados del derecho a reír en presencia de sus amos. Únicamente entre iguales se puede reír en común. Porque si a los inferiores se les permitiera reír ante sus superiores, o si les fuera imposible contener la risa, ese sería entonces el fin de toda reverencia a las jerarquías o a las autoridades. Sonreír ante el dios Apis, significaría mancillar su sacralizad, convirtiéndolo en un simple toro” (Herzen, citado en Bajtin, 2018: 49).
Que nadie sea, entonces, llamado a engaño. En la risa cómica se critica la solemnidad, lo serio, y se busca anular las normas, jerarquías y prohibiciones del mundo de la vida cotidiana. Por lo tanto, es inaceptable ver en la risa cómica una actitud de satisfacción o de conformismo del pueblo con respecto a su propia situación. Ella ofrece un diagnóstico particular del mundo. La risa cómica revela que las cosas no son lo que parecen ser. Por esto la risa cómica es potencialmente peligrosa. Dicho sencillamente, puede usarse como un arma.
IV
Vale la pena matizar la afirmación de que la risa cómica puede usarse como un arma. ¿Quién la usa como arma?¿De qué manera se acciona dicha arma? Primero, estamos hablando de la risa cómica provocada por el chiste político. Acá dejamos fuera otras manifestaciones, digamos de humor benigno, desde aquellas cuyo objetivo es producir placer, distensión y buena voluntad hasta la commedia dell´arte. Ciertamente nos hacen reír, pero la risa cómica no es una simple expresión de alegría ni el chiste político es cualquier tipo de chiste. Consideremos, por ejemplo, dos situaciones, la primera una escena familiar: un niño de 5 años se viste con las ropas de su padre y lo imita en gestos, maneras de caminar y de hablar. Ese episodio divertirá muchísimo a la familia, incluido el padre parodiado. La actuación del niño puede terminar entre aplausos y risas. Otra situación es la que ocurre en la antigua Unión Soviética, concretamente, en lo que se conoció como “Las preguntas de Radio Everán”:
Pregunta: ¿Qué es el capitalismo?
Respuesta: La explotación del hombre por el hombre.
Pregunta: ¿Qué es el comunismo?
Respuesta: Todo lo contrario.
Seguramente esta sesión de preguntas y respuestas hagan reír a más de uno, tanto o más que el niño de 5 años; sin embargo, en la primera situación, la actuación del niño no es, necesariamente, deliberada, inclusive puede ser espontánea. Puede disfrutarse a solas. Por el contrario, la segunda situación, es un producto consciente y su producción depende de que exista una situación social en la que el productor disponga de un público. Es, en breve, un chiste político porque es “tendencioso e intencional, es hostil y puede ser obsceno porque está destinado a producir desnudez… Su obscenidad consiste en que busca desnudar a los políticos despojándolos de su pretendida superioridad” (Schmidt, 2006: 67). El chiste político dice que el rey, y otras figuras que ejercen el poder, están desnudos; mejor, los des-nuda: los desata de su pretendida superioridad. En México, uno de los blancos preferidos para el chiste político es, qué duda cabe, el presidente de la República. El primer mandatario, el jefe del ejecutivo, el jefe de Estado, el jefe supremo de la Nación, el comandante supremo de las fuerzas armadas, el que tiene facultades constitucionales y metaconstitucionales no se salva de la desnudez:
La residencia presidencial estaba en el Castillo de Chapultepec. Se cuenta que una mañana se desarrolló una conversación entre el General Calles, que estaba haciendo ejercicio en una lancha en el Lago de Chapultepec, y el presidente Ortiz Rubio:
Ortíz Rubio: “¡Muy buenos días, señor General Calles!”
Calles: “¡Muy buenos días señor presidente! ¿Qué hace usted?”
Ortíz Rubio: “¡Yo mando! ¿Y usted?”
Calles: “¡Yo re-mando!”
En el chiste político es igual de importante tanto el hecho de contarlo como el hecho de quién lo cuenta. No coincidimos con Schmidt y su hipótesis de la elitelore cuando escribe que “en México, los chistes políticos se diseminan entre diversos sectores de la élite: políticos, académicos, comediantes, líderes de opinión y ciudadanos preocupados por la política… La no elite, regularmente, comparte chistes sexuales y chistes no políticos” (2006: 89). Entendemos al al chiste político como una válvula de escape, sí y sólo sí, le permite al dominado expresar su malestar e inconformidad. Es la fugacidad ante la presión sobre los dominados la manifestación explícita de la incongruencia de los dominantes, la cual, en su carácter colectivo, redefine la identidad tanto de los unos como de los otros. En breve: el chiste político desafía la posibilidad de un consenso ideológico total ya que, aunque sea por un instante, el chiste político y la risa cómica que lo secundan son capaces de invertir las relaciones de poder. La emoción que provoca la carcajada no es irracional. Por el contrario, representa la concreción sonora de la inconformidad que provoca la comprensión de lo real. La risa, por tanto, no solo puede ser superficial o banal, también puede surgir de la reflexión sobre las discrepancias de lo formal y lo real. Si entendiéramos al chiste político como termómetro o termostato, cometeríamos un error harto socorrido en algunos análisis: por un lado, la risa cómica provocada por él, pasaría a ser simplemente risa; y por el otro, el chiste político sería una mera catarsis inofensiva que ayuda a preservar el status quo. Dejaría, pues, de ser un arma.
“El chiste político ataca los principios relacionados con el poder que el ciudadano debe respetar. Destruye el consenso al despojar de su aura a los poderosos. Entre el mundo subterráneo del poder y del humor, el chiste tiene mayor poder porque puede rehusarse a reconocer las reglas políticas estableciendo las propias y, cuando sus efectos salen a la superficie, su trabajo de zapa es tal que es incontenible. Desnuda al político y lo muestra como la sociedad quiere verlo y no como él quiere ser visto” (Schmidt, 2006: 86)
Sí, el chiste político es una arma. Pero no basta con decirlo. Es necesario ver más allá de las elecciones, de los movimientos sociales y de los partidos políticos. Mejor: es necesario ver por debajo de las formas institucionalizadas de lo político.
“Siempre que limitemos nuestra concepción de lo político a una actividad explícitamente declarada, estaremos forzados a concluir que los grupos subordinados carecen intrínsecamente de una vida política o que ésta se reduce a los momentos excepcionales de explosión popular. En ese caso, omitiremos el inmerso territorio político que existe entre la sumisión y la rebelión y que, para bien o para mal, constituye el entorno político de las clases sometidas. Sería como concentrarse en la costa visible de la política e ignorar el continente que está detrás” (Scott, 2000: 233-235).
Quienes usan, entonces, el chiste político como arma son los grupos subordinados y este uso es parte de cierta prudencia estratégica. El chiste político como arma en manos de los grupos subordinados rompe con la etiqueta de las relaciones de poder.
“Desenmascara al poder, desnuda a los políticos, los despoja de su imagen de grandiosidad, critica lo que quiere criticar y destruye símbolos; mientras tanto, ni los toletes ni la mano invisible de la violencia legítima la alcanza, no puede privar a nadie de la libertad porque es la sociedad en abstracto quien está transgrediendo y el ciudadano común, por ello, goza de ese resquicio de libertad” (Schmidt, 2006: 76)
Si el poderoso preguntara ¿quién hizo ese chiste sobre mí?, no faltaría más de uno que contestara, recordando a Lope de Vega, ¡Fuenteovejuna! Bien vale la pena, recordar en este momento, un chiste político:
Un día Stalin hizo comparecer a Radek, que era bien conocido por contar chistes. Stalin, enojado, le grita:
-Me han informado, camarada, que cuentas chistes sobre mi persona. ¿Has olvidado que soy el líder mundial del proletariado?
Radek respondió:
-Discúlpeme, camarada Stalin, ese chiste no lo inventé yo.
Es cierto que un chiste político no es un asalto al cielo. Pero también es cierto que pone el acento en la parte oculta del proceso de dominación que sufren los grupos subordinados y su resistencia:
“Las élites dominantes extraen impuestos materiales en forma de trabajo, granos, dinero en efectivo y servicios, además de extraer impuestos simbólicos en forma de respeto, conducta, actitud, fórmulas verbales y actos de humildad. En los hechos reales, los dos tipos de tributo son por supuesto inseparables en la medida en que cada acto público de apropiación es, figurativamente, un rito de subordinación” (Scott, 2000: 222. Énfasis nuestro)
Es a esta segunda forma de dominación, basada en la pretensión de superioridad, y que exige, la pompa, el ritual de “besamanos”, del homenaje público, de hablarle de “usted” al superior, lo que ataca el chiste político. ¿Y quién es el símbolo primario de poder en México? ¿Quién, sino él? Él, al que supuestamente, le debemos deferencia, por ejemplo, una inclinación de saludo o el uso de su título antes de pronunciar su nombre. Él, al que, supuestamente, le debemos servilismo y una cuidadosa conducta de acuerdo a sus humores.
El presidente de la república le pregunta la hora a uno de sus secretarios.
-¿Qué hora es, secretario?
El secretario contesta:
-La hora que usted diga señor presidente.
El chiste político es infrapolítica, y por ello mismo, una forma diferente de la política abierta con una lógica intrínsecamente diferente de acción política:
“no se hacen demandas públicas… Todas las acciones políticas adoptan formas elaboradas para oscurecer sus intenciones o para ocultarse detrás de un significado aparente. La infrapolítica es el ámbito del liderazgo informal y de las no élites, de la conversación y el discurso oral y de la resistencia clandestina… elabora un discurso contrahegemónico… siempre está ejerciendo presión, probando, cuestionando los límites de lo permisible” (Scott, 2000: 235-237. Énfasis nuestro).
El chiste político está a mitad del camino entre las dos formas en que los subordinados ejercen, tácticamente, su acción política. La primera, y la más segura, es generar un discurso político público que adopta como punto de partida el autorretrato de las élites. La segunda forma, diametralmente opuesta a la anterior, es el discurso oculto. En este los subordinados actúan lejos de la mirada del poder. El chiste político es “disfraz y anonimato que se ejerce públicamente, pero que está hecho para contener un doble significado o para proteger la identidad de los actores” (Scott, 2000: 43)
V
El chiste político es un arma, pero no en manos de los políticos. Ellos no cuentan chistes. Ellos están más preocupados por mantener la pose que fundamenta su poder. “A mí me hacían chistes por feo, no por pendejo”, dijo Gustavo Díaz Ordaz refiriéndose al presidente Luis Echeverría Álvarez. Claro, Echeverría estaba contradiciendo públicamente los principios simbólicos de su poder: “un rey de título divino debe actuar como un dios; un rey guerrero, como un valiente general; el jefe electo de la república debe dar la apariencia de que respeta a la ciudadanía y sus opiniones; un juez debe parecer que venera la ley” (Scott. 2000: 35).
La dominación le exige al presidente una actuación de control, de altanería y dominio. Si no lo hace, todos los argumentos con los que legitima su poder se harán polvo y el presidente será un simple mortal. En el marco de esta dominación material y simbólica, persistente en el enaltecimiento de los poderosos, el chiste político es subversivo no sólo porque constituye uno de los pocos remanentes de la cultura oral en las sociedades contemporáneas industrializadas, sino porque el anekdot, como dirían los rusos, es capaz de generar vergüenza en aquellos que preferirían permanecer admirados e impolutos. En tanto arma de los subordinados, el chiste político, por medio de su propia voz, se constituye en vox populi, en ruido político que reestructura los discursos y las identidades que se daban por sentado.
Con el chiste político, los subordinados se chingan a los que detentan el poder, desde el patrón hasta el presidente de la república. “Eres quién eres porque supiste chingar y no te dejaste chingar; eres quién eres porque no supiste chingar y te dejaste chingar”, dice Carlos Fuentes. Quién chinga es un chingón. Quién es chingado, es un pendejo. ¿Y qué significa ser pendejo en México? Más allá del diccionario, donde pendejo viene de pectinículus (pelos del ano), ser pendejo en México es ser pendejo.
-Una persona le reclama a otra: ¿cómo le haces para decir tantas pendejadas?
-La otra persona contesta: me levanto temprano.
En los chistes políticos el presidente es un gran pendejo o un pobre pendejo. Por eso es que “el presidente ANDRÉS MANUEL LÓPEZ OBRADOR es como el pito, se para a las 6 de la mañana a lo puro pendejo”. O, “señor presidente, ¿usted qué piensa de la posición China? Bueno a mí me gusta, pero a mi esposa le duelen las rodillas”.
Para Schmidt, “hay dos razones para intentar destruir la imagen presidencial usando el concepto pendejo: uno es una censura que califica su desempeño y el otro puede estar motivado por la envidia” (2006: 92); sin embargo, para nosotros hay algo más en tildar al presidente de pendejo: se baja del Olimpo, se le despoja de toda legitimidad y es un ser humano de carne y hueso: es, en suma, cualquier pendejo. Veamos:
LUIS ECHEVERRÍA ÁLVAREZ
Iba Echeverría bajando las escaleras de Los Pinos vestido de frac cuando le preguntaron:
-¿A dónde va, señor presidente?
-Y raudo contesta Echeverría: “Voy a la graduación de mis lentes”.
JOSÉ LÓPEZ PORTILLO
A López Portillo le dicen el té de manzanilla, porque a todos les cae bien pero no sirve para nada.
MIGUEL DE LA MADRID HURTADO
De la Madrid va a ir a Israel y Egipto a que lo medio orienten.
A Miguel De la Madrid lo nombraron director del Fondo de Cultura Económica, porque en el fondo no es tan pendejo.
CARLOS SALINAS DE GORTARI
Un día llega Salinas a su casa y le dice a la esposa: “Cecilia empaca que me voy de Embajador al Medio Oriente”. “Pero ¿cómo, después del trabajo que costó redecorar Los Pinos?” “Sí, ya hablé con Bush y está todo arreglado”. “Mira Carlos, voy a hablar con Bárbara para confirmar esto”. Después de un rato regresa y le dice: “Mira Carlos te equivocaste. Dice Bárbara que Bush te va a mandar un Embajador para que te Medio Oriente”.
ERNESTO ZEDILLO PONCE DE LEÓN
A Zedillo le dicen Neto, porque habla como Titino y lo maneja Don Carlos.
Llegan Salinas y Zedillo a la Casa Blanca y Clinton los saluda:
– Bienvenidos a la Casa Blanca tocayos.
Y tocayos durante toda la noche, hasta que Salinas le dice:
– ¿Oye porque nos dices tocayos si yo me llamo Carlos y él Ernesto?
– Porque yo me llamo Bill, y tú eres un vil ratero y él un vil pendejo.
VI
Concluyendo: algunos presidentes “pavonean” su grado académico. Son licenciados o doctores; sin embargo, se les aplica el chiste: “para pendejo no se estudia, pero ellos están muy preparados”.
Fuentes
Bajtín, Mijaíl (2018). “Rabelais y Gógol. El arte de la palabra y la cultura popular de la risa” en Revista Contrahistorias. Pensamiento Crítico y Contracultura, Número 30, México.
Berger, Peter (1999). Risa redentora. La dimensión cómica de la experiencia humana, Kairós, Barcelona.
Bergson, Henri (2009). La risa, Porrúa. Sepan cuantos, México.
Erasmo (2016). Elogio de la locura, Grandes de la literatura, México.
Scott, James (2000). Los dominados y el arte de la resistencia, ERA, México.
Schmidt, Samuel (2006). En la mira. El chiste político en México, Taurus, México.
Schutz, Alfred (2003). El problema de la realidad social, Amorrortu, Buenos Aires.
Daniela Magdalena Padilla González. Doctoranda en Sociología por la UAM-Azcapotzalco. Profesora del plantel 02 “Cien Metros” y 08 “Cuajimalpa” del Colegio de Bachilleres.
Marco Antonio Fernández Nava. Doctor en Sociología por la UAM-Azcapotzalco. Profesor del plantel 08 “Cuajimalpa” del Colegio de Bachilleres.
Arte: Rius
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