por Héctor Ortiz
Si la victoria y la injusticia y la felicidad no son para Alemania, que sean para otras naciones.
Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.
–Jorge Luis Borges, Deutsches Requiem
Salí de la oficina unos minutos antes, pero no los suficientes para adelantarme a las lluvias previstas para la tarde. La tormenta se desató con furia tan pronto puse un pie en la calle. A falta de chamarra o paraguas, opté por usar mi mochila como escudo, cargándola por encima de mi cabeza, arriesgándome a que cualquier yonqui del Centro me la arrebatara a su paso. El agua me entraba en los zapatos.
Corrí las tres largas cuadras que me separaban del sitio de taxis, apenas evitando estrellarme contra otros transeúntes que trotaban en dirección contraria. Las calles comenzaban a inundarse, los pluviales atascados de basura. Tampoco el gobierno municipal había tomado precauciones suficientes.
Tuve la suerte de que no hubiera fila para abordar. Doble suerte: pude sentarme en el asiento del copiloto. Tan pronto cerré la puerta y algunas gotas saltaron hacia mi rostro, un detalle captó mi atención en el tablero de la panel: un reproductor portátil de DVD. Me pregunté qué se reproduciría una vez que el chofer iniciara la ruta. Probablemente una selección de videos musicales.
El taxi se llenó rápido. Seguramente algunos pasajeros optaron por pagar para mantenerse secos las pocas cuadras que los separaban de sus destinos. Entró también el chofer, que hasta entonces permanecía dentro de un local de abarrotes contiguo al sitio. El motor tosió al ser encendido. El taxista, de apariencia pulcra, presionó con delicadeza el botón de encendido del reproductor de DVD y metió el cambio. El taxi avanzó pocos metros e hizo su primer alto en el semáforo de la esquina. Para entonces, el disco ya se reproducía: un imponente Panzer Tiger avanzaba sobre la campiña francesa. Cuantiosas gotas se estrellaban como metralla sobre el parabrisas del taxi, sin hacer mella en su blindaje. Los limpiaparabrisas despejaban la vista a ritmo frenético.
“Tras meses de fallidos ataques aéreos sobre territorio británico, Hitler se prepara para abrir otro frente en la guerra europea, tal como el régimen de Mussolini lo ha hecho al norte del continente africano. Al fin, el 22 de junio de 1941, el Tercer Reich invade territorio ruso bajo lo que será conocido como Operación Barbarroja”, decía el narrador, mientras diferentes fragmentos de videograbaciones de la época desfilaban por la pantalla. Era un documental del History o de National Geographic sobre la Segunda Guerra Mundial.
La luz cambió a verde y el taxi giró a la izquierda, hacia la Calle Primera. Mientras el documental daba cuenta de la entrada de las primeras tropas del Reich en territorio ruso, el taxi hacía lo propio, penetrando de lleno en la zona de tolerancia de la ciudad, con sus banquetas obstruidas por indigentes, basura y puestos ambulantes y con las trabajadoras sexuales guarecidas bajo las fachadas de cada bar, a la caza de potenciales clientes, a quienes manoteaban e interpelaban infructuosamente. Los pasajeros masculinos no perdían detalle de lo que pasaba en la calle, mientras que las constantes derrotas del Ejército Rojo reclamaban mi atención y la del chofer, quien asentía a las observaciones del narrador. Estados Unidos, mientras tanto, continuaba reclutando y fortaleciéndose, por si fuera necesario entrar en el conflicto europeo.
—Esos nazis eran cabrones—dijo una voz a mis espaldas, lo suficientemente alto para que sus palabras llegaran a todos los pasajeros.
—Hitler fue el cabrón. Transformó a todo un pueblo en una extensión de su voluntad— contestó el chofer—. Un verdadero líder. Decidido, tenaz. Su capacidad como estadista fue admirable. A nada estuvo de tener al mundo entero bajo su dominio.
Nadie respondió. Dentro de la camioneta, tan sólo se escuchaba al narrador del documental, que recapitulaba el pacto de no agresión firmado a inicio de la guerra entre el regimen nazi y el soviético, así como el fallido ataque de las fuerzas alemanas sobre el Reino Unido, suspendido apenas un par de meses antes de la invasión a territorio ruso. No hubo plática entre los pasajeros, nadie habló por teléfono. La pantalla, aditamento inusual en el transporte público, comenzaba a esclavizar la atención de todos, como si se tratara de un conflicto actual, como si presenciaran la historia en su momento de gestación. ¿Dónde se encontraba usted cuando el ejército alemán invadió Rusia?
Un par de cuadras después, se bajaron los primeros pasajeros, afuera de una vecindad. Un par de cuadras más y la Wehrmacht comenzaba a acercarse peligrosamente a Moscú, las fuerzas soviéticas en retirada. Pero el invierno se aproximaba y pronto el avance de las tropas alemanas va ralentizándose. El Ejército Rojo logra sus primeras victorias. El taxi también avanzó con dificultad, pero la corriente formada por la lluvia y las malas condiciones de la vialidad no lograron detenerlo por completo.
La camioneta cruzó la calle y abandonó la zona de los bares y prostíbulos para entrar en las cuadras residenciales de la Zona Norte. A la derecha, el muro fronterizo y la unidad deportiva acondicionada como albergue temporal para los cientos de migrantes centroamericanos llegados hacía apenas una semana a la ciudad, resguardados en endebles casas de campaña en una de las zonas más peligrosas de la ciudad. Asediados por la asechanza de los carteles y los tratantes de personas, mientras contemplaban la barrera física y artificial que los separaba de su destino, un falso paraíso, un sueño tornado en pesadilla.
—Y a los mexicanos pobres bien que los mandan a la chingada— comentó uno de los pasajeros.
Fue el taxista quien intervino, como suelen hacerlo para combatir la monotonía de su oficio.
—Yo la verdad prefiero que estén todos concentrados en esta zona. Que no se dispersen por la ciudad—dijo, mientras zigzagueaba con el volante—, aquí están siempre vigilados por la policía y los tienen censados. Creo que es mejor que estén aquí y no anden afuera, robando o esparciendo las enfermedades que traigan. Lástima que la llevan los que viven por aquí.
— ¡Pero cuánto cuesta mantenerlos un sólo día! — contestó el pasajero, con indignación.
—Muchísimo —concedió, calmado, el chofer—, pero esperemos que esto no se extienda por mucho, que el gobierno federal logre que los gringos los reciban lo más rápido posible para que tramiten su asilo y los deporten en caliente. A mí me tranquiliza que el alcalde tampoco los quiere aquí y los va a presionar para que se vayan. Es lo correcto: nada bueno nos traen los vagos esos.
—¡No debieron dejarlos entrar en primer lugar! —se sumó una señora, desde el asiento de atrás—. ¿Qué imagen damos, si dejamos que cualquiera entre en nuestro territorio? ¡Regresarlos por donde vinieron, es lo qué tendrían qué hacer!
—De acuerdo con usted, señora. Todo fue política. El presidente ya se va: le va a dejar la bronca al que viene. Habrá que ver cómo le entra. Espero que con más güevos que su antecesor. Suficientes problemas tiene este país para que todavía tengamos que lidiar con los que traigan estas personas. Ya estuvo bueno de ser el patio trasero de los gringos.
No dejé de notar cierta reticencia en el chofer al pronunciar la palabra “personas”.
—Pero los niños, las mujeres… —comenzó, tímidamente, otra señora.
—Son los menos. Son a los que ponen frente a las cámaras para que la gente se compadezca, para que los tolere en sus ciudades. La verdad es que la mayoría deben traer cola que les pisen. Si no, ¿para que huyen así de su país? —le cortó el chofer.
—La cosa sería diferente si se tratara de gente preparada u honrada—remató la otra interlocutora, la partidaria de la deportación.
—Yo creo que eso no cambiaría nada: esa raza ya trae el malvivir en la sangre. Son flojos, arrogantes, violentos. Son sucios. Muy diferente a los alemanes, por ejemplo. Otra cosa sería Centroamérica si sus habitantes tuvieran la disciplina y la voluntad de los alemanes. No tienen nada que venir a exigir aquí. Somos demasiados los mexicanos y tan pocas las oportunidades para que todavía tengamos que competir con extranjeros por ellas.
El par de interlocutores se bajaron unas cuadras después. La lluvia comenzaba a perder intensidad, mientras que en la Rusia de 1941 los alemanes enfrentaban las mismas dificultades que el ejército napoleónico en 1812, convirtiéndose la inhospitalidad del invierno en la mejor defensa de los soviéticos contra los invasores. No solo detuvo el avance de las tropas nazis cuando ya circundaban Moscú, sino que permitió a los soviéticos reorganizarse y preparar la defensa de la capital y la contraofensiva. El régimen de Hitler vislumbraba su primera gran derrota.
Las calles estaban desiertas y algunos negocios se apresuraban a cerrar temprano. Junto a una secundaria se bajaron los últimos dos pasajeros y quedé solo con el chofer y el documental, las tropas del Führer en vergonzoso repliegue, pero sin decidirse a abandonar territorio ruso. Las imágenes se sucedieron, lo mismo que los minutos, sin que el chofer y yo intercambiáramos palabra. No sería yo quien fomentara la conversación, eso lo tenía muy claro. Solo la voz del narrador se hacía presente.
“Otro obstáculo se cierne sobre las pretensiones de Hitler. En el Pacífico, Japón se prepara para abrir otro frente para las fuerzas del Eje. El 7 de diciembre de 1941, la aviación imperial lanza una ofensiva sorpresa sobre la base naval de Pearl Harbor. Este incidente forzará a Estados Unidos a involucrarse en el conflicto europeo, en el que, a pesar de brindar suministros a británicos y soviéticos por igual, mantenían una postura neutral.
“Estados Unidos declara la guerra al Imperio de Hirohito y entra de lleno a la Segunda Guerra Mundial. Alemania e Italia respaldan a su aliado y hacen lo propio y emplazan a conflicto bélico a la nación dirigida por Roosevelt. Los dispares Aliados deciden que lo primordial es sacar a las fuerzas alemanas del territorio ruso y acabar con el Reich. El par de años de expansión y dominación nazi llega a su fin.”
—La culpa fue de los pinches japoneses— dijo, de la nada, el chofer. — ¿Qué chingados tenían que hacer los amarillos bombardeando Pearl Harbor? Lo que convenía al Eje era que los gringos entraran lo más tarde posible al conflicto. O que no entraran.
Me limité a asentir, ya que no había nada que replicar. Estaba de acuerdo con su afirmación. Contemplé agregar algún comentario respecto a los errores que también cometieron los dirigentes nazis, pero preferí no dar pie a una conversación.
—De los pinches japoneses— masculló.
Opté por no contestar.
Con las medidas de emergencia adoptadas por Roosevelt para la producción de armamento y maquinaria de guerra, terminó el episodio del documental. Fueron unos pocos segundos de pantalla a negro, en que sólo se escuchó el rechinar del taxi, el murmullo de la lluvia. El siguiente episodio se ocupaba del Holocausto y sus origenes con mayor detalle y no de los acontecimientos bélicos.
Vi a los integrantes del pueblo judío vejados, humillados, degradados a una categoría infrahumana por la legislación, requisados de sus bienes, obligados a vivir en guetos y bajo el estigma de ser responsabilizados de todas las ideas despreciadas por el Reich y de los problemas sociales que enfrentaba Alemania. El narrador citó fragmentos del Mein Kampf para explicar el antisemitismo del régimen nazi y se mostraron fotografías de la Kristallnacht y de otros pogromos.
Hitler arengaba desde las tribunas, las banderas con esvásticas ondeaban. Ya avanzado el conflicto en Europa y con el dominio del Reich sobre una buena porción de Europa central para el verano de 1941, comenzó la construcción de los campos de exterminio. Vi a los judíos siendo encaminados hacia los andenes, temerosos. Tras siglos de persecución, seguramente vislumbraban los horrores a los que serían sometidos. Subieron a los vagones, muchos de ellos para acudir puntuales a la cita con su indigna muerte.
En la pantalla parece reproducirse una película de terror. Cuerpos que cuesta reconocer como humanos, sin apenas carne que recubra sus huesos, son trasladados en carretillas y apilados en una fosa. Son cadáveres vivientes también quienes se encargan de la tarea, mientras robustos soldados alemanes los vigilan, sus armas listas para disparar ante cualquier intento de rebelión. El narrador continúa.
“Mientras tanto, la maquinaria de la llamada ‘solución final‘ continúa operando. Cientos de trenes avanzan hacia los campos de exterminio instalados en todos los territorios ocupados por los nazis, principalmente en Polonia y en Alemania. En su interior se hacinan miles de hombres, mujeres y niños desplazados por la fuerza. La mayoría son judíos, pero tambien hay gitanos, homosexuales, testigos de jehova, comunistas y otros chivos expiatorios para el régimen fascista Algunos de ellos no sobrevivirán para ver otro amanecer y de los qué se estimen aptos para el trabajo esclavo serán muy pocos los qué permanezcan al final de la guerra, ya sea al ser sistematicamente asesinados o al sucumbir al hambre y las enfermedades. La escala real del genocidio sigue siendo materia de debate para los historiadores. La comunidad judía estima un total de seis millones de víctimas entre su pueblo.”
El taxi llegó apenas al segundo semáforo en su recorrido e hizo alto.
—Y usted, joven, ¿cómo cree que sería de diferente el mundo si la guerra la hubieran ganado los alemanes?
No me tomé tiempo para meditar mi respuesta. Carraspeé para dar mayor seguridad a mi voz.
—¿Para qué imaginarlo, si es algo que ni pasó ni pasará? La razón siempre termina por imponerse, aunque quienes la combaten sean poderosos, aunque logren la victoria. Todo régimen tiránico está condenado de origen, nunca perduran. Ni perduró el fascismo ni las dictaduras en Latinoamérica. Hay un resurgimiento de estas ideas abyectas de nacionalismo y de culpar a las minorías porque la democracia ha resultado insuficiente, pero sigue siendo mejor que las alternativas. Hay resurgimiento de esas ideas porque los actuales líderes no denuncian ni aborrecen de ellas abiertamente. Pero también su tiempo pasará —dije, sin pausa y sin voltear a encarar a mi interlocutor, la vista al frente, contra la lluvia que no me tocaba y que perdía intensidad.
El silencio se instauró en el taxi por larguísimos segundos. El semáforo cambió a verde. Mientras metía el cambio, murmuró:
—Son los vencedores quienes escriben la historia.
Era un lugar común, pero con sólo eso sentí que restaba fuerza a mi argumento. Seguro me creía ingenuo, incapaz de ver más allá de la versión oficialista de la Historia, un idealista incapaz de ver la realidad del mundo. No añadió nada más.
En el silencio que invadió el taxi, recordé un cuento de Julio Ramón Ribeyro que había leído algunos meses atrás. En el relato, un inquilino de una casa de huéspedes en Alemania entablaba una relación de cordialidad con el dueño de la pensión, de apellido Hartman, aficionado a las aves, a las que cría en gran cantidad en el jardín de su propiedad, en enormes jaulas.
Cuando el narrador innominado pregunta al dueño de la pensión si practica profesionalmente la ornitología, este le contesta:
“—Un simple aficionado. Siempre me han gustado los pájaros, así, reunidos en sus jaulas. Son tan obedientes, tan sumisos y al fin de cuentas tan indefensos. Su vida depende enteramente de mí.”
Al final del relato, el narrador descubre una fotografía que revela a Hartman como un oficial nazi apostado en el campo de concentración de Auschwitz en 1942.
Recordé también a Adolf Eichmann y los postulados generados por Hannah Arendt al estudiarlo. De cómo el nazismo había triunfado porque la persona promedio no cuestiona el orden establecido, que la mayoría de los alemanes se adscribieron al Reich y vivieron bajo sus postulados porque era eso lo que se esperaba de un ciudadano ejemplar, según los valores promulgados por sus dirigentes políticos y como Eichmann, de haber nacido en otra sociedad, se hubiera conducido también ejemplarmente para los estándares vigentes. Que solo las personas excepcionales desarrollan una personalidad exenta de ideas preconcebidas y son capaces de desafiar el orden existente, como lo fueron los pocos alemanes que abiertamente se opusieron a las atrocidades del Reich.
Pensé entonces que probablemente los valores preponderantes no habían sido lo suficientemente cuestionados y que probablemente me conducía ejemplarmente y creía y defendía lo que se esperaba que creyera y defendiera. En cambio, el taxista podría ser una persona excepcional. El monstruo que Arendt esperaba encontrar en Eichmann. Imaginé al chofer a cargo del albergue temporal instalado en la ciudad para recibir a los centroamericanos, poco a poco transformándolo en un campo de exterminio, con plena conciencia de lo que hacía, convencido de la necesidad de erradicar a los migrantes y satisfecho de cumplir con dicha responsabilidad.
La última cuadra de mi recorrido transcurrió en silencio.
—Al dar vuelta, por favor.
—Claro que sí.
Amainaba cuando bajé del taxi. Busqué la tarifa exacta entre las monedas en mi pantalón, para que el chofer no dispusiera de más tiempo para su discurso.
—Aquí tiene— dije mientras a través de la ventana dejaba caer las monedas sobre su palma. —Muchas gracias.
—A ti.
Me alejé a paso rápido y escuché el movimiento de las llantas sobre el pavimento mojado. La curiosidad pudo más en mí y giré la cabeza para dar un último vistazo al taxi de ruta. En la ventana trasera me pareció distinguir el águila imperial, emblema del Reich.
Héctor Ortiz (Tijuana, 1993). Es egresado de la Licenciatura en Derecho por la Universidad Autónoma de Baja California (UABC). Fue reportero para Semanario ZETA de 2014 hasta marzo de 2018, donde anteriormente colaboró con una columna semanal. Ha participado en talleres de narrativa con los escritores Eduardo Antonio Parra, Luis Humberto Crosthwaite y Sidharta Ochoa. Es autor de cuentos inéditos.
Arte: Janusz Piotrowski, Treblinka II