Volvió a ver el arrugado papel amarillo. Tachados estaban el queso, la caja de té negro y el galón de agua. Frunció el ceño al ver los demás garabatos. Letras unidas que formaban inquietas curvas y líneas, disfrazando los nombres de los artículos que le faltaban. Le tomó algunos segundos descifrar lo que seguía, aspirinas y lasaña. Suspiró. Imaginó una cena frugal; quizás en el viejo sofá o de pie frente al fregadero.
Se dirigió con cansancio al pasillo de los congelados. Había por lo menos cinco variedades de lasaña, todas con llamativas imágenes en la caja. Lista en 15 minutos, decía bajo el apetitoso plato que presentaban. La vegetariana lucía bien; tenía debilidad por los champiñones. A su lado, se encontraba una desaliñada mujer que tomó decididamente tres cajas de nuggets de pollo en forma de dinosaurio y dos bolsas de papas para freír.
–Mañana me dan dos niños más –comentó de repente, quizá porque había reparado en la furtiva mirada de Q. –Con ese par serán cinco. No tienes idea de lo voraces que son esas criaturillas.
Q asintió de manera mecánica, con una pequeña y tensa sonrisa. Chicos de acogida. Una labor admirable, un negocio rentable. El gobierno otorgaba cheques mensuales a las familias que estaban dentro del programa. Los niños discapacitados o problemáticos valían unos cuantos billetes más. Técnicamente, lo único que los padres sustitutos tenían que hacer era darles cualquier comida rápida con algunos brócolis y zanahorias; inscribirlos en la escuela y de vez en cuando llevarlos al zoológico, sobre todo cuando se avecinaba una visita del trabajador social.
Q sintió náuseas ante el vago recuerdo de los macarrones resecos que la señora X le obligaba a comer. Regresó la lasaña a su sitio. La desaliñada mujer estaba inmersa leyendo y comparando los precios de las banderillas. No se dio cuenta cuando Q se fue.
La minúscula sección de farmacia estaba a un costado de la caja registradora, tomaría las aspirinas y algo para desaparecer el malestar que sentía en la boca del estómago. Al doblar en la esquina del apartado de enlatados, chocó con un hombre que llevaba pepinillos en conserva y dos latas de atún.
–Perdón.
–No te preocupes, por lo menos nada se nos cayó – dijo el hombre y sonrió. Q volvió a asentir, esta vez, con un dejo de incomodidad. Antes de seguir su camino, le echó una mirada rápida al hombre. Parecía estar en la mitad de los cincuenta. Le faltaban los dos primeros botones de la camisa y tenía un agujero en el hombro del abrigo. ¿Divorciado? Había una franja pálida alrededor del anular derecho que contrastaba con lo moreno de su piel. Q volvió a suspirar y fue donde las aspirinas.
Al pasar por la vitrina de los lácteos, no pudo evitar detenerse a contemplar su macilento aspecto. Incluso el tipo de los pepinillos y el atún lucía mejor, Q era la decadencia andando. Llevaba una playera vieja gris y un pantalón pelusiento del mismo color; además, calzaba unas aburridas pantuflas negras. Como no era una noche fría no se había puesto chamarra. Una burda mezcla de cansancio, frustración e ironía se proyectaba en su rostro. Sintió una intensa repulsión hacia su reflejo; unos súbitos deseos de romper el cristal se arremolinaron en su cerebro. Se controló cuando un anciano abrió la puerta y tomó un galón de leche, para sus nietos, supuso Q, porque en la canasta llevaba cereales infantiles y cajitas de jugo de manzana.
Otro suspiro, y con la exhalación se le ocurrió que podría comprar una caja de cigarros. No fumaba y tampoco había querido hacerlo en ningún punto de su vida; sin embargo, no le pareció mala idea comenzar. Quizá lo que necesitaba era una adicción cliché: sexo, comida, alcohol, porno. A Q le gustaba comer chucherías, pero lo hacía de forma amateur. Tampoco tenía suficiente dinero o ganas de salir a conseguir drogas. Pensó que fumar sería ser un buen vicio.
Arrastró los pies y fue hacia la caja registradora, cuando llegara su turno, tomaría las pastillas. Había dos personas en la fila. El hombre de los pepinillos y el atún era el segundo. A los pocos minutos, entró un tipo enfundado en un costoso traje azul oscuro y se formó detrás de Q. Supuso que iba a comprar algo del mostrador, cigarrillos, condones, pagar un recibo, tal vez. El formidable Jaguar negro que estaba aparcado afuera debía ser de él.
Mientras esperaba su turno, Q se puso a pensar en la clase de cigarros que compraría. No sabía mucho sobre el tema, apenas un par de marcas. Su conocimiento en cuanto a presentaciones y variedades era, de hecho, nulo. Le pediría al encargado que le recomendase unos. Y dime, ¿cuáles fuman los principiantes? pensó en preguntarle, quizás hasta el del Jaguar le podría sugerir algunos. Se asomó por encima del hombro del sujeto de los pepinillos y el atún y vio al cajero. Era un chico recién salido de la adolescencia, cuyas marcas de acné en las mejillas insinuaban que no había sido una etapa maravillosa. Encorvado y de mirada nerviosa. Pensó que podría ser uno de esos tipos cohibidos y hostigados por los bravucones, pero esa deducción resultaba anticuada.
El del Jaguar comenzó a hablar por su celular. Mencionó algo sobre un proyecto de restauración sustentable que todavía no estaba terminado y le preguntó a su interlocutor si había visto a una tal Doris. Cuando Q iba a aguzar el oído para saber si la susodicha era un animal o una mujer, escuchó una voz tintada de irritación y curiosidad.
– ¿Qué está haciendo ese cabrón? –Era el anciano de la leche y las cajitas de jugo de manzana, estaba en la sección de la dulcería, cerca de ellos. Los de la fila, incluyendo a Q y al cajero, voltearon hacía la pared de cristal, intrigados.
En el pequeño estacionamiento, donde estaban tres autos, se encontraba un sujeto extraño. Caminaba inquietamente de un extremo a otro y tenía las manos en los bolsillos del pantalón de cargo negro. Al llegar a la tercera vuelta, se puso a observar los vehículos sin dejar de caminar.
– ¿Qué hace? –Murmuró el cajero, mientras fruncía el ceño.
El sujeto extraño comenzó a señalar los autos y chasqueaba los dedos de la mano izquierda.
–Está loco –comentó el hombre de los pepinillos y el atún.
– ¿Debemos llamar a la policía? –preguntó la mujer desaliñada que estaba a un lado del mostrador de los medicamentos. Todos miraron al cajero, con expresión impaciente, como si esperasen que resolviera la cuestión. Él parpadeó, nervioso.
–No lo sé –balbució. El liderazgo se le daba mal.
De pronto, el sujeto extraño se paró en seco; no obstante, enseguida reanudó su peculiar marcha, esta vez, rodeando los autos. Q ladeó la cabeza y se salió de la fila, pero sin acercarse a la pared de vidrio. Eran pocos los datos que se podían obtener del sospechoso. La enorme sudadera negra hacía que sus movimientos fuesen algo exagerados; por su caminar, o estaba drogado, ebrio o demente o las tres opciones. La capucha le cubría la frente, la cabeza la tenía gacha. Su vestimenta sugería a todas luces que no quería ser reconocido. Sin embargo, bajo esa ropa extra grande, se percibía que era un tipo raquítico, además de que sus huesudos dedos lo dejaban bien dicho.
–Voy a llamar a la policía –dijo el del Jaguar, que ya había colgado desde hacía rato.
Por segunda ocasión, el sujeto extraño se detuvo. Dejó de señalar los autos y de chasquear los dedos. Se descubrió la cabeza y clavó la mirada en los de la fila.
–Dios mío… –susurró la mujer desaliñada, muerta de miedo. En un santiamén, todos sintieron una ola de terror. El sujeto extraño estaba rapado al cero; del rostro sobresalían los filosos pómulos, los ojos los tenía hundidos. El color de su piel era de un tono enfermizo.
– ¡Cierra la puerta! –Le gritó el hombre de los pepinillos y el atún al cajero. El chico tardó un par de segundos en reaccionar, corrió hacia la puerta y con torpeza sacó las llaves del bolsillo de su chaleco verde. La cerró lo más rápido que pudo.
Pese al temor, el anciano de las cajitas de jugo de manzana se acercó para observarlo mejor. El sujeto permanecía inmóvil, con expresión apagada. Q se aproximó también, quería ver de cerca esas manos huesudas. El sospechoso retrocedió. De repente, comenzó a patear la defensa de un deteriorado volvo rojo.
– ¡Ese es mi coche! –Exclamó el anciano, golpeando el cristal. – ¡Vete a la chingada!
Para sorpresa de todos, el sujeto extraño saltó hacia el auto de la derecha, el Jaguar.
– ¡Hijo de puta! –Gritó el hombre del Jaguar. – ¡Bájate! ¡Bájate ya!
Pero el sujeto extraño parecía estar en una especie de trance, saltando sin parar sobre el reluciente toldo.
– ¿Dónde carajos está la policía? –La mujer desaliñada estaba perdiendo los nervios.
Después de unos instantes, el sujeto se bajó del Jaguar. Cuando creyeron que todo había terminado, el hombre levantó lentamente la pierna derecha y con su pesada bota negra le dio una patada a la ventanilla trasera izquierda. El vidrio se rompió.
– ¡Estás muerto, jodido de mierda! –Rugió el hombre del Jaguar. A zancadas se acercó al cajero. – ¡Dame las pinches llaves!
El chico de las marcas de acné sacudió la cabeza.
– ¿Qué no ve? Es peligroso. La policía llegará en cualquier momento –la firmeza en su voz era una muestra de que estaba intentando asumir el control de la situación. –Nadie saldrá de aquí.
– ¿Según quién, imbécil? –El hombre del Jaguar le dio un puñetazo en la nariz, derribándolo. Aprovechó el aturdimiento del chico para quitarle las llaves.
– ¡No la abras! –Dijeron al unísono, salvo Q, que regresó hacía donde había estado la fila minutos antes. El hombre de los pepinillos y el atún trató en vano de detener al del Jaguar, quien no tardó en abrir. El sujeto extraño, que ya había roto la ventanilla del copiloto, se disponía a hacer lo mismo con la del conductor.
– ¡Cierren la puerta! –Farfulló el hombre que era el primero de la fila. Como nadie hizo nada, Q se apresuró a girar la llave que había quedado pegada. Fue entonces cuando reparó en la espalda del sujeto e identificó la forma de un objeto largo debajo de su sudadera.
–Tiene un bate –musitó. Un estremecimiento parecido a una descarga eléctrica recorrió su espina dorsal. De inmediato, comenzó a golpear el vidrio. – ¡Corre! ¡Tiene un bate! –gritó. – ¡Corre! –Pero el hombre del Jaguar no escuchó, y era una locura volver a abrir la puerta y arriesgarse. Los demás también comenzaron a gritar sin resultados.
Cuando el hombre del Jaguar lo confrontó, el sujeto extraño se sobresaltó un poco, lo había pillado desprevenido. No obstante, su inmutable expresión permanecía adherida a su rostro. El hombre del Jaguar estaba furioso y pretendía intimidarlo. Con una absurda parsimonia, el sujeto extraño sacó el objeto que escondía bajo la sudadera. No era un bate, era un tubo de metal. Antes de que el hombre del Jaguar pudiera reaccionar, el sujeto le propinó un golpe en la cabeza, el atacado se desplomó sin más. Con una energía salvaje, lo siguió golpeando sin parar, frente a todos.
Los alaridos de la víctima eran ahogados por el grueso vidrio. Los resguardados gritaban aterrados, la mujer desaliñada lloraba al borde la histeria, cubriéndose los ojos. El rostro del hombre del Jaguar fue molido en pocos segundos. Q observó a detalle cómo el sujeto extraño le reventó el cráneo. Después de unos minutos, paró abruptamente, pasó por encima del cadáver y se acercó a la pared de cristal. Todos se alejaron, salvo el anciano. Había perlas de sudor y salpicaduras de sangre en el rostro del asesino, pero no lucía agitado, sino relajado, como si se hubiese quitado un gran peso de encima. Se detuvo a unos cuantos centímetros del vidrio y los miró. Ladeó la cabeza y permaneció inmóvil, como hipnotizado. Levantó el tubo y con este los señaló uno a uno, a excepción de Q. El ambiente dentro del establecimiento era de puro terror. El hombre que era el primero de la fila se desmayó.
Después de aquel macabro acto de selección, el hombre extraño se volvió a guardar el tubo y se encogió de hombros. Como si nada hubiese pasado, se marchó a paso normal calle abajo. Todos permanecieron sin moverse por un tiempo indefinido hasta que el tenue sonido de las sirenas se escuchó. Q jadeaba pero no tenía miedo. Tenía hambre y recordó que había dejado la lasaña.
Escribe porque las voces de sus huesos se lo piden. Quería estudiar tanatopraxia pero terminó en Letras Hispánicas. Doctor Manhattan y los alces de John Bauer le hablan en sueños. Tumblr le cambió la vida. Su gato se llama Innuendo y Prufrock es su padrenuestro.
Twitter @_RevolverPepper