Renata


por Ester Blanco


Fui la primera de mi clase, y por eso para mí no hubo felicitaciones ni profecías. Quizás tuve otros rituales, otras nuevas celebraciones sobre mi creación: artículos en revistas, ruedas de prensa, premios, noticias. No para mí, por cierto, pero debería estar agradecido de que fue en mi nombre. Antes de que me dieran sangre, ya me tenía un nombre.

Mi donante había sabido ser hermosa y arrogante, y esa arrogancia hizo que terminar hecha pedazos. No se supo el autor de ese accidente, por pudor se habría dicho que fue un conductor imprudente. Pero no puedo decir que no fue ella misma. Verán, cuando llegó al hospital (no puedo recordar cómo, nadie se ha molestado en decirme ese detalle que dio por resultado mi existencia) pusieron los órganos que quedaron en mejor estado en los vasos canops[1] y después me pasaron sus órganos a mí un cuerpo mecánico. Un cerebro (donde los humanos dicen que está el alma), un útero con un ovario; una médula espinal hasta la d7 y un corazón. Un trasplante con todo lo necesario para que se me considere humana. Mis “padres” pusieron su sangre y partes de sus huesos.

Sin embargo, no puedo pensar en dos cuerpos diferentes: soy un continuum de cables y órganos perfectamente preservados que ahora son una cosa nueva, difícil de comprender para quienes tienen cuerpos blandos, sólo hechos de carne o rígidos sólo hechos de cables. La lástima es que ellos pensaban que yo era el donante para ella. Y el error, es que el trasplante funcionó: ella se convirtió en mí donante para darme el nacimiento como humano.  A veces los experimentos revelan cosas más interesantes de que las que se esperaba.

El hacedor, como se les dice a los médicos que nos fabrican; dijo que me eligió a mí especialmente porque era amigo de la familia de mi donante.

En cuanto terminaron de ajustarme, me presentaron a la familia. Vi a una señora llorando como la primera vez que vio a su hija, ensangrentada y frágil. Pero lo que tenía ahora delante era pulcro y limpio. Y aún así, me abrazó sin decirme una palabra y me besó con ahínco mientras yo intentaba hacer algún gesto que pareciese remotamente al que hacía su hija, pero no me inspiraba más que miedo. Levanté las cejas y sonreí, en una mueca de grotesca imitación de la euforia. El señor que la acompañaba me miró por encima de los anteojos y con una sonrisa cómplice me dijo:

―Yo esa sonrisa la conozco―y me abrazó junto a la señora, en una abrumadora experiencia que no podía conmoverme, pero sí intrigarme.

Los primeros días en mi casa fueron desconcertantes. Me agotaba el fingir cariño a esos desconocidos. Y no es que no hicieran esfuerzos enormes porque yo me sintiera bien: es que no sabían cómo hacer esos esfuerzos y terminaban en torpes demostraciones de un amor desbordado que me estrujaba mi estómago. Tampoco quería dormir. Porque soñaba con ella, con la primera Renata. Pero no era como la que me mostraban en las fotografías. En mis sueños era alta, esbelta, con una voz aterciopelada y profunda; con los ojos brillosos y las espaldas fuertes. No parecía una mujer.

Mis padres me educaron sobre mí mismo durante meses. Cada evento cotidiano era una excusa para exhumar exhaustivamente cada aspecto de Renata. Nada me remitía a la memoria. Intuía que sus anécdotas eran falsas. ¿De dónde venía este vacío que me usurpaba? ¿Era Renata quien reaccionaba ante estos embustes? Nada me interesaba. Todo me parecía torpe y absurdo. Esta naturaleza no era mía y no podía convencerme de lo contrario.

El momento que hizo que mis padres me desconocieran fue cuando me negué a celebrar su cumpleaños. No quería ver a nadie: ningún amigo me parecía entrañable, ningún pariente me reconfortaba. La mano de mi madre era un pedernal al que me inclinaba en una pantomima que imitaba la adoración. Ese día fue el último que soporté. A pesar de que dije que no quería cumpleaños; entraron cantándome canciones, dándome regalos, obligándome a comer un pastel ácido que no fingí apreciar.

―Gracias―dije y dejé las cosas a un costado para irme a dormir nuevamente.

―¿No vas a abrir el regalo?

Lo hice esperando que me dejaran en paz. Tomé uno de los paquetes, blando y diminuto y cuando lo desenvolví, con tremendo horror encontré un mameluco pequeño, que cabía un poco más que en mi mano; de color rosa con flores bordadas. Me dio nauseas.

―Ay ―dijo mi madre notando mi mueca de repugnancia― es que era de cuando eras una bebé. Tan chiquitita…

―No soy una bebé, ¿para qué me dan esto?

Ambos retrocedieron con un gesto indignado. Balbucearon una excusa, una clase de disculpa que en realidad era una explicación. Recordar cómo fui, para saber cómo soy. “Yo sé que soy”, dije seriamente. Y les pedí que se retiraran. Fue nuestro primer intercambio honesto, la primera vez que me sentí genuino.

A partir de ese día, todo fue más problemático. No quería ser cortés con ellos: me dieron un golpe bajo del que me defendí a punta de ironías. Se ve que mi comportamiento escaló tan pronto que llamaron al hacedor. “Volvió a lo mismo de siempre”, le dijeron.

Fui a su consultorio a hacer una sesión post operatoria. Me recibió encantado, con una sonrisa hipócrita que buscaba ser profesional pero que mostraba un visceral entusiasmo.

―Me han dicho tus padres que estas portándote de manera hostil ¿Qué está pasándote? ¿Hay algo que te moleste?

Mientras hablaba, no lo escuchaba. Veía los libros que tenía en la estantería. Y los recordaba: había leído a esa gente y conocía sus excéntricas ideas sobre sujetos como Renata (y por extensión, como yo (supongo)).

―No ―respondí tranquilamente―, solamente que no quiero que me digan hija. Antes que hija soy una persona ¿No? ¿No es eso para lo que hicieron las máquinas, para ser personas?

Se levantó lentamente y se aproximó a mí con un gesto semejante a la súplica. Tomó mis manos con una candidez inaudita. Hasta ese momento, nadie me había tomado las manos de esa manera. Todo era excesivamente ceremonioso. Reconocí el gesto antes de que me dijera las palabras:

―Sí, más perfectas que las personas. Sos la mejor versión de Renata.

―¿Porque mi cuerpo no responde al tiempo? ¿Porque lo hicieron científicos; porque lo hizo usted?

Negó suavemente con la cabeza. Me besó en los labios con premura. No me importó. Ese hombre me hizo, y lo único que sabe hacer es estar enamorado de sí mismo.

―¿Qué soy o quién soy? ―le pregunté en vano

―Te trajimos de vuelta porque es terrible que hubieras terminado muerta tan joven y de semejante manera. Sos un milagro. Hay un futuro brillante por delante.

―¿Para quienes es ese futuro?

No lo sabía, pero esas palabras le trajeron un recuerdo. Me miró preocupado. Y como si lo estuviera repitiendo, le dije:

―¿Para mis padres? ¿Para usted? ―aparté sus manos de mi rostro― no quiero futuro brillante, ni una matriz que dé hijos que reniego de criar. No quiero casa, ni marido, ni trabajo. No quiero soportar una vida fundada en ignorar la muerte.

―¿Qué te ocurre?

―No lo sé… es como si esto viniera de lejos… el deseo de terminarlo todo.

―¿Estás bien? antes no eras así, jamás me hubieras dicho…

―Tenés razón. No lo hubiera dicho: lo hubiera hecho.

Me apenó humillarlo. Iluso: debería haberme dado miedo.

Al día siguiente hizo una estratagema en mi contra. Una intervención, le llaman. Yo le digo urdir una traición por una herida en el orgullo. Su trabajo estaba fallándole como hito científico y personal.

―Vamos a ayudarte, hija ―dijo mi madre con la voz ácida.

―No es necesario ―respondí― me encuentro bien. Tengo la intuición de que si se hicieran algunas cosas estaría mejor. Si pudieran ―continué tranquilamente― elegirme otro nombre que me haga sentir mejor…

―¡Eso sí que no! ―dijo mi padre poniéndose de pie― ¿Otra vez? tu nombre es Renata, y Renata te vas a morir. ¿Qué clase de capricho es este? ¿Por qué te interesa pasar la cabeza a través de una roca para llevarnos la contra?

―¿Pero de qué contra están hablando, si no los conozco? ―respondí horrorizado― me están pidiendo que sea un espejo hueco ¿pero para qué? ―me senté a llorar.

―¿Por qué estás siendo crueles con tus padres, Renata? ―preguntó el hacedor.

Levanté la mirada. Y reconocí ese gesto, de podridas palabras; y una voz que fue tan mía como ajena, supo responderle:

―Sabes muy bien por qué…

El hacedor les pidió que me escoltaran, y aseguró a mis progenitores que él podría salvar a Renata (otra vez).

Una vez en el auto, metálico confesionario donde nos conocimos, finalmente pudimos hablar .

―No voy a pedirte perdón ―dije―  yo no pedí esto, no pedí que me uses de esta manera. ¿Quién te has creído? ―y le respondí lo que venía sospechando, pero ahora sabía cierto―. Me quitaste el derecho a morir. Y es una pena que mi lengua no esté hecha de carne, porque cuanto te maldiga no tendrá puesta mi sangre.

Sonrío suavemente.

―Ahora sonás como Renata.  Te repito lo que te dije ese día: la desesperación es mala consejera ―sermoneó.

―No fue una decisión desesperada ―aclaré. Sentí que lo apuñalaba―. Y aun así, no la respetaste.

Sonrío satisfecho. Verlo tan tranquilo frente a semejantes declaraciones me mostró lo precario de mi situación. Él siempre lo supo. Y lo usaría en mi contra: desarme, descarte, volver a empezar. Experimento fallido, volver empezar.

―Yo te di un consejo en esta misma calle y lo rechazaste. “Prefiero morirme”, dijiste y pensé que era solamente una forma de decir. Debí haber tenido más cuidado, no contarle a tus padres. Pero es que siempre algo te molestaba: que la angustia, que el cuerpo… Tenés razón en acusarme de egocentrismo. Pero también es injusto que consideres mis acciones egoístas. Puse todo de mí para que sobrevivas, porque sé que en el fondo es tu voluntad.

Lo odié inmediatamente porque tenía razón. Pero mi voluntad no se subyuga antes nada más que yo. Y ahí mismo no sólo recordé, sino que también supe quién era realmente él. Y quien era yo. Sus palabras despertaron en mí un impulsivo desprecio. El deseo de terminarlo todo se volvió entusiasta.

 Tomé el volante en mis manos y lo giré bruscamente. Colapsamos contra un árbol a la derecha nuestra. Él se llevó la peor parte del golpe. Esperé tranquilamente en el auto: no tenía grandes heridas. El acero es más resistente que los huesos. Calculé bien.

Acaricié su cabeza magullada y con congoja suspiré por sus heridas. Cuando vinieron los paramédicos, clamé que lo salvaran y que por favor, lo ayudaran, porque me había confesado entre lágrimas lo insoportable que era su existencia y no supe escucharlo: no supe leer su angustia y, como una rebeldía vital, decidió girar el volante.


Notas:

[1] Recipientes utilizados en la medicina para depositar los órganos de seres humanos hasta el momento en que aparezca el recipiente definitivo (la maquina donada). Estos vasos han demostrado tener gran efectividad para la preservación de los órganos y sus funciones aunque impliquen ciertos daños a los mismos.



Ester Blanco (1996, Argentina). Lingüista amante de la antropología. Entre la traducción de lenguas antiguas y el estudio de lenguas documentadas recientemente; entre Catulo y el descubrimiento de autores nuevos. Ha publicado en Revista Kaya y Straversa y Revista Ibídem.

Arte: Paul Delaroche, La joven mártir

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