#Masculinity


por Miguel Ángel Teposteco

 

La boca es una parte importante para limpiar con un trapo. Brillo. Olor. Tocarla con la lengua. Está fría. Listo.

Warren Farrell dijo en una entrevista que uno de los factores importantes para que hubiera tiroteos en escuelas en Estados Unidos es la falta del padre, quien permite que los niños varones sean criados por una mujer que, por ventajas legales, acaparó la custodia de los hijos. Ellas se han aprovechado de la situación que les dio la historia. Por lo tanto, el niño hierve en su masculinidad, controlado por un matriarcado silencioso y de victimismo, y el niño sale a matar, incomprendido y con ganas de llorar. Eso dice Marco al recordar cuando, hace unos años, dos niños se metieron a matar a sus compañeros a la escuela, en Columbine. “Hubieras visto los noticieros”, decía Marilyn Manson en 2001, dos años después de la masacre. El padre de uno de ellos, decía Marco, fue un caso atípico. Estaba presente pero la relación psicológica con la mujer lo separó del hijo: la maternidad lo acapara todo, siempre.

Los cuadernos de esos dos chicos eran cosas de niños y los planos para entrar a la escuela eran juegos. Las granadas, las bombas en la cafetería, los rifles y las ametralladoras, todo fue planeado de manera infantil. Marco pule la boca de la suya ahora, y me gustaría poder estar ahí; no lo puedo tocar, sólo lo puedo ver.

Los hombres tenemos la química del cerebro especializada para la violencia, dice Marco. Sólo un padre enseña a controlar tanta mierda, o a utilizarla en algo útil para la sociedad del futuro. “Como esto”, dice, antes de iniciar la narrativa de ese día, en el cual “Habrá mucha mierda, carajo”, se repite. Yo sé que es verdad.

El otro día Marco sacó de debajo de su cama un ejemplar de El mito del poder masculino y leyó la parte de las mujeres que reciben menos condenas que los hombres por los mismos crímenes. Ellas, que desde la edad de las cavernas fueron protegidas por ser las que podían tener bebés, mientras los hombres salían a cazar. Eso reflexiona Marco y sorbe un poco de jugo y carga balas. Una, dos, tres.

“Nadie les dijo que yo no soy el malo”, escucho que se repite a sí mismo. Lo repite poco antes de repasar el plan de entrar a una escuela en California, una “ciudad santuario”. En unas horas disparará y, cuatro horas después de la matanza, Sarah Sanders dirá que un mexicano y dos argentinos mataron, sin contemplaciones, a 17 niños. Los tuits de los reporteros saldrán al instante. La tensión seguirá al esperar el primer tuit de Trump y su reacción rebotará en todo el mundo.

En otro respiro, horas antes, Marco estudia neurociencia de un libro especializado. “Las mujeres rebeldes y feminazis son perras con desequilibrios hormonales”, se dice. El cerebro es un modelo matemático, se dice, y el hombre es más matemática y la mujer más manipulación, se dice, “Y eso se va a acabar”. Corta cartucho y pide a su papá el automóvil. Lo llena con dos berettas, dos granadas y varias ametralladoras. Lingüística que estudió, neurolingüística que decidió investigar, todo lo repasa en su cabeza. “Las mujeres son más sumisas, lo dice Pinker, lo dice Dawkins, lo dice Francis Collins”.

“Lo dice en la televisión el hombre que debate: hay más hombres en la cárcel, son más violentos. El cerebro de las mujeres es más sensible, casi siempre está hormonado, eso me lo dijo un especialista angelical al servicio de Dios, de la Facultad de  Medicina de la UNAM”. ¿Benway?

Y observa minutos antes del desayuno, sin moverse mucho, la fotografía de su hermana futbolista. Y ve los huevos fritos y se acuerda de la beca que él ganó para llegar a Yale. Marco: el mexicano que dispara en su mente, dispara en su juego, dispara y no encuentra el tiro en una habitación donde se respira agua. “Ponte en la mira, vamos, vamos”. Mira la televisión y ve a Bob Esponja y se acuerda que habló con un macho beta hace algunos años y le dio su merecido, sí. El tipo comía chatarra y Marco dijo al aire, a la chica de al lado, que lo que debía preocuparle como mujer era la erección de su pareja, que con la comida chatarra no llega la sangre al pene: “No coge el que come porquerías”. Y esa noche, hace unos años, cuando la chica lo miró a los ojos en la oscuridad, Marco tensó los músculos y penetró más fuerte. Intentó pensar, cuando el jugo de sus entrañas era disparado desde su pene, lo satisfactoria que es la victoria y lo genial que es estar hecho, por Dios, para ser hombre y disfrutarlo.

Marco avanza por los pasillos de la escuela mientras oye cómo una maestra de Los Ángeles dice en inglés a unos niños “Fine, guys”. Corta cartucho y abre con cuidado la puerta. Ahí hay una niña de ojos cafés que lo ve entrar. Ella alcanza a identificar el cañón antes de que una bala entre por sus costillas. Todos gritan, la maestra se arrincona y Marco dispara otra vez: le atina al pizarrón, luego a la pierna de la maestra y luego al cuello de otra niña. Ella retiene los borbotones de sangre y mira los neones del salón. “Libertad, libertad, libertad”, se repite él. Libertad, libertad, libertad, libertad, libertad, libertad, libertad, libertad, libertad, libertad.

libre

Intento respirar desde donde estoy y no puedo. Alguien en la calle oye los disparos y piensa llamar a la policía.  Veo a Marco dos semanas antes: cuando intento aspirar de nuevo y me siento en la taza del baño de su casa, él imagina a una “perra” que pinta murales con menstruación. “Esas putas nazis están reuniendo copas”. En la Facultad de Filosofía y Letras las vio. En dos semanas, desde una tribuna en Nueva York, Bill de Blasio le dirá a Trump que hasta cuándo. Hasta cuándo la ley de armas. Y el pensamiento remitirá de nuevo a la sangre.

Y Marco lo piensa, que ELLAS han arruinado América y el Mundo. Se imagina más hombres muertos en asaltos, en peleas, en accidentes de trabajo. ¿Y las mujeres? En sus casas, protegidas. “El hombre es desechable”, se repite mientras se aplica loción y se acuerda de lo sucio que era el chico flaco, contaminado por una generación débil, al que le tembló la voz cuando se iban a pelear. Es ir en contra de los postulados científicos, en contra de la biología. Los hombres así, así, marchitos, son esclavos de la ideología de género. Dos semanas antes de la masacre.

Así lo dijo Agustín, que demostró a todos esos zurdos que no sólo el feminismo quiere ser controlado por un reducido grupo, sino que también las mujeres de la tercera ola, sin leer a sus autoras, promueven el fin último de toda esta mierda: sexualizar a los niños para poder legalizar la pedofilia. Ya han tenido victorias, dice Marco: el año pasado, en Canadá, legalizaron la zoofilia. El progresismo es así, hipócrita, defienden a los animales, pero permiten que un enfermo los viole mientras los perros chillan y chillan y chillan y ellos, los progres, se revuelcan en sus instituciones y en su sodomía y en su maldito lobby que quiere imponer una agenda depravada y políticamente correcta a los niños. Y hacer hombres más débiles, poco efectivos para la gran lucha. Contra ella, contra la gran ella, que está en los pasillos de una escuela en California, dice Marco.

Y mientras sale desnudo del baño, se sacude y recuerda aquella noche cuando siguió a una chica que salió del trabajo. Él se mira al espejo y ve sus facciones. Cabello corto, piel morena. Ve su cuerpo: músculos, torso, omóplato, codos, y el vapor lo hace relucir y verse como lo que es “Una escultura, un pedazo de tierra primigenia”. Y Dios me toca con las manos, me acaricia y me ama, se dice.

Y también te ama a ti, dice, cuando apunta a los otros niños, apuntando a las niñas y vomita la ráfaga. Les ve las explosiones en sus cuerpos y oye cómo truena el plástico de las butacas. This is América, digo, cuando lo observo desde sus espaldas. Cómo los otros niños salen corriendo y cómo Marco toma su radio y da la señal. “Ya van”, dice en español. Le responden en inglés. Pasan unos segundos y busca entre la carne que aún tiembla y las bocas que aún chillan. Halla a una y dispara, halla a otra y dispara. “¡Puta!”.

¿Nadie oye el metal que cae? Vive al cien, cariño, nosotros tenemos algo que hacer con la carne que quedó en el piso, carnicería.

Y es una blasfemia, dice, aquellos versos con oscuridad que brotaron uno por uno de aquella masa que ese día se encontró en el aeropuerto de Buenos Aires, cuando llegó a Argentina a ver a las chicas de pañuelos verdes, cuando se acercó a ellas y las vio gritar y empujar y las escuchó decir que las oprimía y él pensaba carajo, ¿qué les he hecho, qué les he dicho?, yo nací y soy así, mis músculos, mi química de jugos que hay en las entrañas, yo por la hombría, por el pene, por las venas, por las arterias, ¿tengo la culpa de lo que les pasa a ustedes?, ¿de los bebés que ruedan con sus cuerpos muertos y en mis sueños?, ¿cuando oigo figuras que parecen de silicona que chocan contra la pared en la que duermo en las noches? ¿Oyen putas la opinión de las parteras argentinas y sus cifras? 40 años en el sistema de salud y lo dicen: el aborto no reduce las muertes de las madres, no reduce el sufrimiento, los psiquiatras dicen y dicen y dicen y dicen que las mujeres sufren por la carga y lloran y son asesinas. Vengo a verlo a él, es mucho más simple, dice él, dice Agustín: es un tema más sencillo de lo que parece, la ciencia lo dice, ese nene tiene vida humana, la ciencia sabe qué es la vida humana, y ese zigoto que después es feto, es una persona. Y tú eres de esas que matan a sus hijos. Ondean, en las habitaciones, los pañuelos verdes. Una chica ríe, y yo me acerco y le enseño el video, dice Marco. Un bebé que dentro de su bolsa ya está fuera de su madre, se muere, reacciona, agita los bracitos, está rojo, como un corazón, y piensa, siente el mundo, y no tiene derecho a vivir, ¿no? Disparate al vientre. Es mejor, nazi. Feminazi.

Y Marco camina por la avenida del Libertador y recuerda que Agustín lo había dicho con contundencia, que eso, el término “feminazismo”, era una obra de arte de la política, porque las minas no se lo pueden apropiar. ¿Quién va a querer ser como un nazi? ¿Ellas? Salgo del salón, se dice, y veo a los niños correr hacia los truenos azules que detonan metros adelante. Marco corta cartucho, revisa su mochila y avanza. Un largo pasillo, casilleros rojos y baldosas color crema que llevan a una escalera. Arriba están las chicas en los laboratorios. O bajan por esta escalera o por la otra, Marco se esconde debajo de las escaleras. Nadie baja, avanza, uno, dos, tres escalones. Llega al piso con olor a desinfectante y escucha tiros en otra parte del edificio. Alguien viene por los salones a la izquierda, él se esconde unos escalones antes y una chica corre agazapada. Marco dispara y salpica a las paredes la mitad de la cara de la joven. Avanza, carajo, se dice.

La niña es blanco y rojo y rosado y se derrama como una caja de leche. La adolescente queda detrás de él y Marco se pregunta dónde quedaron las demás niñas. Pudieron haber huido por las cornisas. Recuerda la película de Elefante: se salieron por la ventana, listas. Avanza y busca que no lo sorprendan chicas valientes tras las esquinas de los muros. Ardiente, quema, azufre. Hay dos salones cerrados. Abre, mierda. ¿Disparo a la chapa? Sólo en las películas. Allí va un culatazo.

¡Culatazo!

Al fin y al cabo, se dice, las armas son instrumentos y los instrumentos toman por asalto las manos y las emociones de las personas; no hay nada que hacer cuando te poseen, cuando te atrapan, cuando las tienes encima y no hay nada ni nadie que los arranque. Son la garrapata sagrada. Cordero de Dios… que quitas el pecado del mundo… di hola a Marco Antonio.

Pero nada, no hay sangre aquí. Hay más casilleros, hoyos en el metal y olor, ¿desinfectante? Mejor, y pienso, se dice, que cada quien tiene derecho a protestar por la propaganda que le molesta. Mira, hijo, que no quiero que veas a esos dos pedazos de mierda cómo se comen a besos en el último vagón. Huele a semen.

Son ellas, las guerrilleras, las pesadas, las que dominan la historia, deben partir ahora, para siempre. Las que salen impunes y las que no les importan los hombres que son violados en las cárceles, que son más que las mujeres que las viola su tío. Y esas putas que chillan después de tener sexo con una bola de hombres. Sánchez, tomado por la ideología de género, dijo que todo lo que no tiene sí es violación. ¿Y cómo me van a comprobar que esa puta no quería estar conmigo? Que cuando en una de esas fiestas donde las encuentras drogadas les metes los dedos, las llevas al baño y ellas decidieron beber; entonces, cuando les metes la verga, dicen que fue violación. No, no, no. Nosotros no somos los que atacamos primero. Porque es muy sencillo: ellas nos sedujeron, aprovecharon el poder que tienen de que nosotros queremos su cuerpo, de que hay tantos hombres que no pueden satisfacerse por una dictadura que ellas no pueden ocultar. Y luego, hay un chico que se pelea con su novia y salta por la ventana. Todos se ríen, pero las mujeres son más violentas en el noviazgo. Hay pruebas, dejen de joder, ellas son las que lastiman. Lo dijo una verdadera feminista que fundó el primer refugio para personas golpeadas. Farrell también lo dice: las mujeres exprimen a los hombres. Toman su dinero, su poder. Y los hombres morimos antes y nos suicidamos mientras ellas heredan la Tierra.

Y mientras avanza y él no me ve le pregunto si sabe con quién se va a encontrar. Si la condición física le va a alcanzar cuando su carne de hombre sea mordida por la luz y luego sea acabada por la oscuridad. Marco avanza y con un tiro certero de militar acaba con la vida de otra chica y deja escapar a un chico. Y yo le digo, mientras lo sigo por el pasillo ensangrentado, que sin tintas medias ella ya se acerca. Él me ignora y con sus ojos inyectados de sangre mira a todos lados y cuenta mentalmente las balas.

Encuentra a otro camarada, le recibe una ametralladora cargada y continúan por los pasillos blancos. En las paredes hay flores de papel y luces azules. Se acerca la primavera, hace poco fue San Valentín.

Marco decide mejor correr y acaparar la atención más inmediata de sus otros dos compañeros que se le unen, los dos argentinos: Nicolás y Agustín. A la grande ya la oyeron caminar con sus pies de fuego; primero en la cafetería de abajo y luego en el tejado. Luego, cuando todos los niños se habían escondido, la oyeron cerca de ellos, a unos metros.

Marco, Marco, Marco, le late el corazón y dentro de lo que tiene en el pecho hay una coraza que cree podrá resistir cuando ella se les cruce en el camino y como una de las escenas de los cazafantasmas, los tres lanzarán un rayo de protones hacia el cuerpo de ectoplasma. Mentira, sólo es un juego de su imaginación en lo que se topan a la reina y la matan a balazos.

Hay otro compañero que estaba con ellos y que seguramente está muerto, otro mexicano, “Juan”. Ese ya no responde. Seguramente porque ya se lo comieron; Marco y los argentinos esperaban que las entradas de la escuela se convirtieran en lugares sin salida por voluntad de “ella”, como atrancadas por cadenas que bloquean y que queman las manos, y que al abrirlas podría estar el fondo del universo que se chupa todo. Hay que pensar, se dice Marco, si ese hombre, ese hermano, ya está muerto o habrá que esperarlo para el gran espectáculo; los fuegos artificiales, se los imagina Marco, serán como los que la gente detona en las fiestas patronales. Allí convocan a Jesús y el cuerpo y su sangre que se derrama para que los pecados de las mujeres sean lavados. Por el momento, el pasillo sigue igual de largo. Marco se recuerda asustado, parado en medio del pasillo rumbo al altar de la iglesia. El hielo aparece en las paredes y él reza poco a poco en su mente. Se acerca la fuerza, él sigue por el pasillo, sus amigos empiezan a cargar las armas y sus brazos y la sangre se funden con el metal que traen en las manos.

Marco está en una guerra, se lo dice, se los dijo, en aquel sótano en California en el que planearon los objetivos y encontraron a la chica “monstruo”. Ella que ya se volvió rápida, que ya perdió su forma humana y que terminará persiguiéndolos. Pero eso no importa, dice Marco, porque ellos son héroes descarados que terminarán con la dictadura y los hombres, como debió ser siempre, dominarán la tierra, mientras las mujeres parasitarias permanecerán en esas jaulas en las que debieron quedarse en los inicios de los tiempos, cuando la testosterona corría por las sangre de los machos, se dice Marco, como un caudal incontrolable, y uno podía regalarse a la violencia, y tomar, violar, asesinar, como lo revelan los nuevos estudios de la naturaleza humana.

Un paso o dos… una bala o dos y llegan a su objetivo. Por supuesto, los está esperando. Y por supuesto, como piensa Marco, ya desplegó sus alas y en la boca trae unos pétalos de carne que se abren y se cierran y que parecen delicados pero tiene una mordida letal o una lamida letal. Los demás marcan bien el paso, Marco espera en el centro, los demás apuntan y la criatura que tiene el cuerpo parecido a las flores, a los alcatraces que mueven sus hojas orgánicas como las olas del mar, recibe las balas y empieza a absorberlas. Marco piensa un momento y mientras ella se expande, él que es un Rambo y un macho se le acerca y trata de empujarla. La criatura lo envuelve y lo lanza por los aires. Es un alcatraz que tiene en sus pétalos las fronteras de una piel que recibe el plomo y que tiene unas alas con puntos azules que abollan los casilleros y rompen las baldosas. Marco así se la imaginó, y que eso prueba que hasta en sus representaciones metafísicas las mujeres suelen ser flores y que todas esas figuras que se les adjudican son verdad, son el dictado que la naturaleza dio.

Marco va de nuevo con un cuchillo y es recibido por un golpe de un mazo negro que sale desde las entrañas del alcatraz que muestra sus apéndices cubiertos de superficies acuosas y coloridas. Azules y púrpuras, empiezan a tomar los miembros de uno de los argentinos. La criatura saca un diente que poco a poco surge desde el centro de la abertura que tiene en su cuerpo. Un colmillo que atraviesa el costado de Nicolás que está tomado por un brazo y una pierna. La criatura perfora y los otros dos disparan, las balas sacan chispas y las chispas hacen saltar gelatina protectora. Por un momento parece que nada funciona pero ahora sí, la protección es finita, la invulnerabilidad se acaba y en el traqueteo infernal un par de balas sacan sangre de esos tentáculos blancos que ahora parecen la piel de los pescados cuando están desollados en los puestos de los mercados. Ya lograron salpicar la sangre roja en las paredes. La del compañero, “hermano caído”, y la de la criatura que se desangra, que intenta defenderse con respuestas nerviosas de sus reflejos. Recibe otra ráfaga. Los tentáculos aún se mueven, “pero los pisas y se hacen mierda”, dice Marco, y avanzas a ver el cuerpo: está hecho mierda igualmente. Y Marco se la imagina a unos metros de una cama de hotel. Las sábanas hartas de tanta sangre y él bajo el chorro de la regadera, mientras el celular de la víctima no deja de vibrar sobre el buró, pues “a ella se le desvanece la vida”. Mientras cae el agua él piensa que en uno de sus segundos ella perderá el pujido de los latidos del corazón, ¿cuándo? Es de noche, es un hotel de paso en Ixtapaluca y es también un pasillo en California. Muérete, le dice. Es un gran desastre la masacre y Marco se percata de que todo pasó muy rápido. Aún no se oyen las sirenas, la luz entra débil por las ventanas. Las niñas que restan ya deben estar afuera de la escuela y ellos no tienen muchas balas más con las cuales defender su fortaleza de cadáveres y pólvora.

Se retiran a la biblioteca, se sientan los dos, el uno frente al otro, y preparan las armas. Se toman de las manos, se dan un beso en la mejilla y se recuerdan que los suicidios masculinos son el estigma de una sociedad que es gobernada silenciosamente. Cortan cartucho, Agustín le dispara a Marco, Agustín aguanta el arma y mientras su piel se vuelve morada y plagada de brasa ardiendo, suelta una carcajada que se oye en los pasillos de aquella high school. Afuera, una señora llora y hay una mancha en la ventana de la escuela; el sol, la lejanía, no alcanzan para distinguir su color, ¿alguien sabe de qué es? ¿De dónde salió?

 

 

Miguel Ángel Teposteco Rodríguez (1993). Coordinador en el sitio de política La Hoguera Mx. Colaborador de la revista Vice y el periódico El Universal, en el suplemento cultural Confabulario. He publicado en España, Estados Unidos, Colombia, Chile y en revistas como Algarabía y ViceVersa Magazine, en Nueva York. Feminista.

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