por Valdo Arciga
Lo que vimos lo hemos contado muchas veces, sin que nadie nos crea. Mi novia y yo hacemos chistes sobre eso, pero es solo para ocultar el nerviosismo que germina en nuestro interior. Pasó una noche en la que veíamos una película. Tengo pocos vecinos porque, a pesar de haber muchos terrenos, pocos han construido casas en la zona. Los que ya tienen casas van de vez en cuando, pero no viven ahí.
La película la escogimos al azar en un puesto del mercado porque yo no tenía internet, mucho menos Netflix o alguna plataforma así, a veces, hasta la señal telefónica se mostraba débil.
Cuando cayó la noche, la película aún no terminaba. Ella admiraba los músculos de un exluchador de ceja depilada, mientras yo jugaba con una liga que estaba en la mesa, la estiraba y contraía. Me solté un par de chicotazos. De pronto se escuchó un fuerte impacto. Nos sobresaltamos y, por mi parte, solté un «ay güey» al tiempo que la liga salió disparada hasta la televisión.
—¿Qué fue eso? —preguntó mi novia.
Alcé los hombros y fui a la cocina. Tomé un machete que guardaba junto al refri. Me asomé a la calle, pero no se veía nada. Mi novia, detrás de mí, sugirió que nos metiéramos a casa y cerráramos todo, idea que yo apoyaba desde luego. A pesar de que sí había luz, no había alumbrado público en la calle.
Intentamos ignorar lo que había pasado y volvimos a ver la película mientras la oscuridad de la noche se hacía más densa.
Apagamos el televisor y nos disponíamos a dormir, cuando se escucharon arañones en la puerta que daba al patio. No podíamos seguir ignorando los sonidos. De nuevo tomé el machete. Salimos, sigilosos, hacia el patio trasero. Una sombra cruzó veloz frente a nosotros. Los dos nos echamos hacia atrás. Saqué la linterna del teléfono y la pasé lentamente por los alrededores, hasta que la luz se topó con un par de ojos magenta, brillantes como espejos al sol. Sentí un escalofrío que recorría mi espalda, como si me hubiesen echado un hielo en la nuca y este fuera haciendo un río por mi espina dorsal.
Se escuchó un maullido.
Mi chica me miró y señaló el machete.
—Levántalo —dijo sin aclarar si se refería al arma de metal y mango plastificado, o a mi orgullo caído por confundir a un animal doméstico con un enemigo mortal.
Me decidí por el machete y lo levanté, entonces el maullido se convirtió en un ladrido. Retrocedimos. Los ojos redondos se habían transformado en dos puntitos rojos. Salió de las sombras un conejo.
—Solo es un conejo —dijo mi chica.
—Desde cuándo los conejos ladran… o maúllan —repliqué.
El conejo se acercó a nosotros y, con cuidado, intenté mostrarle la palma de la mano. No retrocedió, pero yo sí lo hacía, así, la distancia entre nosotros no lograba disminuir.
—Trae algo del refri, porfa —le indiqué a mi pareja.
—Algo como qué.
—No sé qué coman, ¿una zanahoria?
—Eso es un mito, no es Bugs Bunny.
—Trae algo, un chile aunque sea, ¡carajo!
—Voy a traerte un par de huevos —susurró.
Hice como que no escuché.
Mi novia fue al refrigerador y, mientras, yo me quedé contemplando al animalito que movía los bigotes. Al escuchar cómo se abría la puerta del refrigerador, el animal pasó por una metamorfosis. Hice un gran esfuerzo para que mis ojos no brincaran de sus cuencas al ver cómo el conejo iba cambiando. Su pelaje se redujo hasta quedar sin un pelo, luego su piel se fue endureciendo hasta verse reseca, se pigmentó en un tono verdoso. Su rostro se hizo pequeño y alargado, y, por último, las patas se comprimieron como si entrarán dentro del cuerpo y una lengua partida salía de su boca alargada.
Mi novia regresaba del refrigerador cuando escuchó el siseo del reptil.
Retrocedí y cerré la puerta, aunque lo seguía viendo a través de los cristales.
—¿Y el conejo?
—No… no sé —balbuceé.
Mi novia vio a la serpiente a través del cristal. Luego una luminosidad de color escarlata inundó el patio. La metamorfosis de aquel reptil estaba llegando, pero, en ese momento, se elevó hasta quedar a mi altura. Sus facciones se hicieron más humanas, le surgieron piernas y brazos. Era como yo, con mi cabello, con mis ojos. Grité. Por alguna razón, quizá por el grito, el ser no se convirtió del todo, su piel se mantuvo escamosa como de la serpiente de la cual había evolucionado.
Él vio a mi chica, luego a mí, y salió corriendo. La luz escarlata se apagó y nos dejó encandilados. Perdimos al extraño entre la espesura de la hierba que recubría el suelo de los terrenos aledaños. Con la linterna del celular intenté iluminar el patio, pero el impostor había desaparecido.
Esa noche no pudimos dormir y, a la mañana siguiente, al salir al patio antes de ir a trabajar, mi novia, que siempre ha sido más curiosa que yo, se aventuró entre la yerba y a unos quince metros de la casa se detuvo en uno de los terrenos.
—Jorge, ¡ven! —gritó.
Acudí corriendo, y, al llegar, contemplé que justo en frente de ella estaba un hoyo tan profundo que la luz no alcanzaba a revelarnos el suelo en su interior. Aventé una piedra para descubrir si se escuchaba al caer, pero no oí nada. Decidimos regresar. No llamamos a nadie, ¿a quién se acude en estos casos?
Cerramos la puerta y continuamos con nuestras labores.
Hasta la fecha no sabemos qué era eso, pero todas las noches miro a las estrellas, esperando que lo que vimos haya caído del cielo, porque si vino de abajo, estamos jodidos.
Valdo Arciga nació en Morelia en 1996. Ha colaborado en Revés Online, Contractopía y Acueducto Online. Seleccionado para la antología Raíces a una Voz 2024 y 2025. Mención honorífica en el premio estatal Palabras de colibrí. Autor de Pasiones (2019) y Ortografía para gente con prisa (2022).
Arte: Adrian Velazco