por Adrián Eleuteri
Como deseaba dejar de querer ser pobre, por fin me decidí a ya no quererlo y al instante, así de pronto, mis bolsillos convulsionaron y aparecieron en ellos un montón de billetes. Dado que mi nuevo yo era un tipo consciente y refinado, no me gasté la pequeña fortuna en cebada y lúpulo; en vez de eso, nuevo hombre de mundo, me suscribí a un par de periódicos en línea para ampliar, aún más, mis horizontes. Cuál fue mi sorpresa al leer la opinión de un esforzado y displicente columnista, empeñado en cambiar de raíz el ideario político de los lectores al hacer uso de un registro imaginario de lo supuestamente marginal, que de inmediato he palpado en internet la temperatura de los comentarios para constatar si la mitad de ellos son adversos y poseen, tal como mi propio dardo, la infección del desagrado y la vergüenza ajena. Vaya zurra. Sí. El rito florido duró días y se ofició desde las altas pirámides de las redes sociales. Tasajeado, el cuerpo de ese arqueólogo de revista que osó adentrarse en la jungla a perorar sobre la inescrutable divinidad de los barbudos fue a ensanchar la ya muy púrpura y pegajosa Calzada de los Cancelados. Yo le arranqué el espejito a los dedos tiesos y vi en la magia del azogue un buen negocio. Moderno aprendiz de un galeno visionario bávaro, me propuse unificar las partes y devolverle al maltrecho mocetón la vida. Por ello, pensé, me dije y me juré frente a los cachos, habría de cobrar bien y en serio. Pero ¿cómo hallar la chispa, el soberano don del fuego? Lo sabía, y puse manos a la obra (la cual, por cierto, se escribió sola). Atento al segundo rotativo, quise emular a cierto diarista coquetón en dementes cantidades y redacté una carta donde, nada más y nada menos, él era mi destinatario. Hela enseguida:
Mi muy respetado, muy digno y muy juicioso Don Carlos: lo saluda un reciente seguidor apenas enterado de su espléndido ejercicio epistolar gestado en la prensa mexicana, dirigido no sólo a personajes de la vida pública del país, sino también —disculpe si me maravillo— ¡a su infraestructura! Doy gracias a la vida —y en el acto bendigo el día en que Julio César, Gutenberg y un mentado señor Sinchi acudieron a La Catedral para brindar con una ronda de cubalibres (nótese la ironía)— por haberme dejado escuchar en voz de su persona la que, sin duda para mí, es una obra maestra del género. Si bien recuerdo, no es la que empieza diciendo: Estimado Nuevo Ariopuerto… sino la que, exquisita e insuperable, principia así:
“Mi muy estimado amigo Calo, con mucha pena te esclibo esta calta pala infolmalte que pol óldenes supelioles no publicalemos la entlevista que te hice la semana pasada pol la cantidad de mentilas que nos dijiste. Mi jefe editolial, el genelal Fu Man Chu, está molesto polque te bulaste de nosotlos y no nos hablaste con la veldad.”
Limpio mis lágrimas, me pongo de pie al leerla y grito a los cuatro vientos ¡maistlo! ¡Blavo maistlo! Sin coma. Y con la letra i en lugar de la de la tuerta y boquiabierta e (no se alarme: de la sorpresa pura ha fallecido) y esto es así, sencilla y simplemente, porque ese estilo, tan camaleónico, profundo e irremediablemente suyo, ha dejado, como notará líneas abajo, una impronta insoslayable en el medio de la comunicación. Honor a quien honor merece. No pretendo abrumarlo, dispense el disfraz de esta misiva, pues se trata, en realidad, de una proposición de índole publicitario (a quién acudir sino a un genio consagrado en el gremio, capaz de impostar como ningún otro ser humano en la faz de la tierra a lo largo de su ancha y bien nutrida historia —por si el asunto del maquillaje intelectual fuera menor— el acento de un ciudadano chino). Dicha la verdad (y tersa en su caso como es), sin más dilación, lo medular: represento a un columnista cuyo decoro ha sido mancillado por la opinión pública debido a un penoso y torpe escrito que él mismo, a través de un periódico, tuvo a bien hacer circular en las altas esferas de la sociedad, sin embargo, grácil, ingenuo o maquiavélico, resolvió remitirlo ¡a la clase obrera! Como ya se puede imaginar y quizá como sabrá, estamos ante un caso que demanda cirugía mayor. Por desgracia, no me refiero al texto, pues insalvable es; hablo, para ser exacto, de la imagen del —favor de leer con atención— investigador antropológico de consumidores (tal es, según afirma el siniestrado articulista, su profesión). Siendo las cosas como son y el asunto y su autor así de infelices, me di a la tarea de escribir el siguiente guion para un comercial con la intención de sanear, en medida de lo posible, la imagen del letrista malmirado. Espero usted se digne a dirigir la pieza. La dejo a su escrutinio, siéntase libre de hacer los cambios pertinentes (alguien con el talento de ligar lo periodístico, lo aeronáutico, lo económico, lo castrense y lo criminal en el ámbito nacional con la figura del perverso general editorialista “Fu Man Chu” en una carta y no en una novela, se merece el cielo, la gloria, la pipa sacrosanta de Sax Rohmer, un Pulitzer y por lo menos cinco Premios Ame. Para un individuo insigne como usted, todas las mercedes).
Eximiam distinctus: yo no soy nadie en tales avatares; mientras no tiene su mirada, el proyecto se estanca. Sus alas raquíticas no emprenden vuelo. No lo molesto más. Adelante. Y gracias.
EL COMERCIAL
Entra un individuo trajeado, bien vestido y combinado a una colonia periférica, tiene la barba recortada y usa lentes de pasta que hacen juego con sus zapatos y una pañoleta en el saco del mismo color que su camisa. Con la yema de los dedos reacomoda la caída de la prenda sobre el torso y disimula un gesto de asco. Echa un vistazo a su alrededor. En una esquina ve a un grupo de adolescentes, en un poste a un tipo recargado, a un lado de la banqueta divisa un par de mecánicos bajo un coche, frente a él una señora y una niña pasan juntas cargando una bolsa de mercado, más allá, desde una tienda, una viejita lo mira con recelo. Dandi de cepa —según— y bragado en el verbo como él sólo, traga saliva; lo ha ensayado frente al espejo durante horas, se pone nervioso, cierra los ojos, se da valor. Por fin lo dice: ¡Qué Pachuca por Toluca, chatos! ¡Ya llegó por quien lloraban, su servidor y amigo El Cachas! ¡Y estoy aquí para decirles… ¡Cáchate ésta!, le gritan desde quién sabe dónde y los adolescentes ríen, incrédulos. Lo han distraído, sus pensamientos se revuelven, la lengua se le traba, le cuesta trabajo retomar el hilo. Te la cacho, responde este individuo confundido y, todavía sin comprender, hace como que atrapa algo con la cachucha invisible zafada de su cabeza. Pues sí, explica el barón, y se corrige: Pues Simona la mona. Simona la mona más mamona, dice mientras mueve las manos como rapero. Fue demasiado, nota su exceso, se recrimina, gruñe. Y continúa con el script. La neta vine a hablarles al chile. ¡Pues agáchate!, dice una voz y, efectivamente, “El Cachas” se agacha, esquivando lo que no fue. Vamos, vamos, los estás perdiendo, declara en su fuero interno y se da una orden a sí mismo, ve al grano, al grano, ve al grano. Pues sí, dice. Maldita sea, se corrige: Pues a Wilbur. Pues a Wilson, dice, tengo algo requeteimportante que soltarles a ustedes. Sí, a ustedes. A ustedes que se la rifan toda la semana chambiando, así que derecha la flecha al pecho y, ¡ámonos!, vamos a darle que esto es mole de cacerola. Las personas alrededor hacen una mueca y niegan con la cabeza, lastimadas por el daño autoinfligido de ese hombre, a todas luces bien intencionado. Íren nomás, continúa el vate, más vernáculo que nunca, la gente de baro es chida, bien chida lira, nos da jale y por eso merengues, al chile, al chile, si uno no le sabe a la polaca, pus mejor dejarle ese bisne a los de arriba, los meros, meros, caguameros, que sí se las sábanas a todas Márgaras, ¿apoco Nelson?, ¿a poco nel?, ¿apoco nel pastel? Lo ha conseguido. Lo ha dicho. Ha verbalizado lo imposible. Carajo, Cachas, se dice en silencio, lo lograste, los convenciste con el título de “caguameros”, porque a esta gente le gusta la caguama, ¿no? Ha sido una exposición magnífica, pero ¿y ese silencio?, ¿por qué las caras largas? ¡Claro! Claro, por supuesto, falta algo, lo más importante, la vigorosa confirmación del populacho por antonomasia. El Cachas sonríe. Cierra los ojos. Moja sus labios. Los paladea. Los saborea. Los muerde, uy, respira hondo y, supuesto camotero de la más fina barriada, deja ir un silbidito mientras ladea la cabeza y abre las palmas. Los tienes, Cachas. Lo hiciste. Son tuyos. Abre los ojos lentamente, momento es de cosechar el vítor, la razonadísima ovación. Pero la ovación no llega. Silencio, rostros estupefactos. Y más silencio. Entonces la viejita de la tienda, mirando hacia otro lado y jalando un puño hacia su espalda, siente la urgencia de expulsar de su dolida entraña la música de cierta frase que la atormentará por el resto de su vida si no la dice ya: Ay, no mames… El trueno de un mofle, el pedo de un perro y luego risas, involuntarias, convertidas a la postre en carcajadas, en burlas, en vituperios… Algo en el interior del Cachas se ha roto y se ha roto para siempre. No puede más. No puede más. No puede. Demasiada presión hay y de verdad difícil es arrimarlos a la lucidez. Basta ya, es suficiente, a todo pulmón y encabronado El Cachas grita: ¡Guarros! En ese momento un soldado romano que está comprando tamales y usa lentes oscuros y corbata se aprieta un auricular con el dedo índice y el medio, arquea las cejas y —lo siguiente ocurre en cámara lenta— de un manotazo rechaza el tamalito que le ofrecen, con otro manotazo tumba el bote de tamales, da media vuelta y pone pies en polvorosa. Enseguida vemos un puesto de periódicos; semi arrodillado, un soldado romano de gafas oscuras y corbata cae en el techo, lo aplasta, lo malogra, presiona su auricular con dos dedos y alza la vista; en cámara lenta, vista desde abajo, da otro salto mientras el kiosquero, arruinado, se lleva las manos a la cabeza. Más allá, al fondo de la calle, vemos a un soldado romano de gafas oscuras y corbata echando una reta con los vecinos; de pronto agita la cabeza y sube sus dedos al auricular, en eso recibe un centro, hace una dominada de hombro y, en vez de tirar a gol, revienta el balón con potencia desmedida hasta la azotea de una casa remota; la toma aérea sigue al balón, los pamboleros se lamentan y el soldado se echa a correr en dirección contraria. En plano abierto, vemos la tienda de la esquina con la viejita en el mostrador recargada sobre su codo; desde la oscuridad del fondo aparece un soldado romano, porta gafas oscuras y corbata; a la manera de una carrera de obstáculos y en cámara lenta, salta formidablemente la barra de despacho y sigue, indetenible, su ruta de socorro. Por último, desde una pendiente, vemos a otro soldado romano de gafas oscuras y corbata deslizándose por los cables de un poste, aferrado a un par de tenis amarrados entre sí; el guerrero cae justo a un costado de su patrón al mismo tiempo que el resto de los legionarios arriban al encuentro; cuando lo hacen, los cables se rompen, sacan chispas y la mitad de las casas del cerro de la locación se apagan. Estoicos, bravíos y aguerridos, los soldados declaran al unísono: ¡Ordene, Emprendedor! Entonces El Cachas, con sendos lagrimones en la cara y haciendo una rabieta, apunta con el brazo extendido hacia el frente y grita de una vez por todas: ¡Codifiquen el mensaje! Los soldados pujan, tensan la quijada, pelan los dientes y preparan la embestida. Se nubla la pantalla; acompañado de un estruendo, aparece un paquete de galletas seguido de una voz masculina cuya línea, más que decir, festeja de esta forma: Para ese emprendedor que llevas dentro: Emprendedor, rellenas de poder empresarial. La pantalla se aclara y vemos de espaldas a dos hombres platicando entre sí frente a un puesto de tamales mientras el cocinero presta atención a la charla, confundido. Uno de los interlocutores es un soldado romano, ya no usa gafas ni corbata, en vez de ello, porta un sombrero triangular hecho de papel periódico y tiene acomodado un lápiz en la oreja. Oímos, pues, la frase con la que se hermana, por fin y para siempre, con su congénere iletrado, un tipo como muchos, un donnadie como todos los demás: …Y pues así está este pedo. Acto seguido, le da una palmada en la espalda y, para ofrecer un remate espectacular, expele, dizque inquieto pero eficaz, la única combinación de palabras en el robusto espectro del idioma capaz de suplantar el albedrío del pobre diablo con el germen de una obediencia pronta, ovina y expedita: ¡Vas, carnal!
Es cuanto, Don Calo (perdóneme el atrevimiento, ¿puedo llamarle así? ¿Don Calo, como su amigo asiático? ¿Verdad que sí? Gracias). Hágame extensiva su opinión, comentarios y correcciones. Espero sea un punto a favor la originalidad de esta idea mía, mía y muy mía que no emula ni le copia nada a nadie. Saludos fraternos. Quedo de usted.
Envié el correo y me sentí realizado: tenía un cliente, un mentor, dinero y dos diarios me decían qué y cómo pensar (es delicioso ser alguien sofisticado). Imaginé el beneplácito de mi protegido, su resarcimiento ante la sociedad, la reinserción de su persona, la reivindicación de su talante carismático y creativo, el sorpresivo giro de su fama. Así me vislumbré, próximo a otros apurados y, como bien lo merecía, me quise y supe dueño de una importante liquidez. No me aguanté las ganas, subí a redes la siguiente frase: Atentos, se aproxima viajecito. No dije, por supuesto, que peregrinaría a La Meca, la nuestra; el suspenso es la mejor forma de publicidad (ya no viajaría en camión ni de mochilazo; ese sub-modo de vida ya no es para mí). Doy un adelanto a mi fiel tribu (al renacer, un montón de partidarios y discípulos retacaron mis cuentas sociales, los he nombrado, desde luego; su apelativo está en pleno proceso de registro y no alude a ningún pueblo primitivo). Lo prometido: pronto me verán andando en las callecitas de San Miguel de Allende, con lentes caoba, camisa blanca, cacle sin calcetín y, lo más importante, lo indispensable, lo infaltable, lo hot, lo sugestivo y ciertamente chic: con un sombrero de Indiana Jones. ¿Cómo se llama? ¿Costa Rica Hat? ¿Plátano Hat? ¿Yunai Hat? Da igual (conozco el termino correcto, pero, tomen nota, hacer alarde disimulado y distraído de ignorancia es un rasgo de distinción y se oye y se ve nice, pues dota al ser de un aura humilde y, por el contrario, lo enaltece si la cuestión a tratar es vulgar). Entonces, si me ven posando, no duden en pedirme selfies; yo encantado, nos podemos etiquetar si gustan. Subo stories y negocio mi alma p̶o̶r̶ con Mammón a cambio de una suma decorosa; después de todo, como dijo una sesuda filósofa de Atenas, la peda no se paga sola. Una cosa nada más recuerden mis potenciales clientes: piensen en el… ¿Fu- Manchú? ¿Facundo? ¿Fausto?, de… ¿Gorki? ¿Gokú? ¿Goethe?, no vayan a salir los estafadores estafados. Si eso ocurre, no se alarmen, vuelvan a mí: me especializo en el control de daños. Y eso es todo lo que quiero comentar, preciosos (copyright). Del concreto desenlace de mi empresa y del cabal destino de los involucrados hablaré luego. Entre tanto, obren. Alivien sus vientres fervorosos. Los necesito así. Vacíos. Un tanto desvelados. Sin duda alguna acomedidos. Conocen la hora y el rito supremo: levántense a las cinco de la mañana, hagan sus planas de abundancia y declaren públicamente lo que brote de sus mentes en éxtasis. Los exabruptos yo los neutralizo. Eso sí, para que el mantra surta efecto, ha de ser personalísimo. El mío, miren bien, tiene que ver con el lazo que estrangula tenso el gollete de la pobreza, y a la vez con la cetácea luminaria que salta, con todas sus fuerzas, la barrera de lo lumpen para liberarse de una vez por todas del asco y el mal gusto. “Verde que la quiero verde”, escribo en mi cuaderno con tinta verde cada madrugada —para generar riqueza, la mejor—. Declaro: “Verde la tiento. Verde mi lana”. Entonces, ipso facto, mis bolsillos convulsionan como soltando espumarajos de vello óvido. Verde. Muy verde. Afianzada ya mi hacienda elemental, acudo a los portales de los periódicos que me dicen qué y cómo pensar, en busca de sus reputados columnistas. Entre coma y coma (eses y heces), con deplorable codicia, sonrío.
Adrián Eleuteri (México, Distrito Federal, 1989). Me hice lector en la Biblioteca Pública “Teocalli” (recinto sagrado en lengua náhuatl). Los años de transición entre mi adolescencia y edad adulta fueron azarosos y los viví en el feroz extrarradio de la megalópolis. Me gusta viajar por tierra, con frecuencia en una motocicleta de baja cilindrada o en aventón, a geografías que me permitan acceder a realidades significativas. Creo firmemente en la poesía.