Cosmo


por Nohemí Damian de la Paz


En ocasiones, el dolor de cabeza no me deja pensar ni recordar. A veces, el dolor me obliga a volver a verlo. Es mi tortura personal. Mamá no sabe de esto. Nadie sabe de esto, sin embargo, sé que pronto terminará. Los mareos, los dolores de cabeza, verlo a él… ¡Maldigo el día que lo recogí de la calle! Pero en ese entonces solo era un niño. Un niño sin hermanos ni amigos. Lo único que quería era una compañía. Nunca especifiqué cómo debía ser, simplemente lo pedí y él llegó.

Al principio, mamá no quería que lo conservara, pero al verlo tan pequeño e indefenso, me dio permiso de quedármelo.

―Tendrás que llevarlo a la veterinaria, Miguel. No sabemos si está enfermo, pero lo más seguro es que el pobrecito se haya perdido ―me dijo mientras trataba de acariciarlo.

Era tímido y le tenía miedo a todo. Yo, como niño ingenuo, supuse que su anterior dueño lo maltrataba y, por eso, huyó a la calle para ser libre.

Antes de llevarlo a la veterinaria, decidí darle un baño. Su pelaje era suave como el algodón y tan oscuro como la noche sin luna ni estrellas. Sus ojos verdes eran hermosos, y sonreí al verme reflejado en ellos. Al meterlo en la tina, el gatito se relajó y dejó que lo limpiara sin problemas. Entonces, lo noté. Cerca de su cuello, tenía tres puntos. Tres hoyitos del tamaño de la cabeza de un alfiler, tan juntos que me dieron nervios. Traté de limpiarlos, porque inmediatamente pensé que era una mordedura. El gato saltó hacia mí y me rasguñó los brazos. Supuse que le dolía; al fin y al cabo, era una herida.

―Los resultados del examen de sangre y de la radiografía no indican nada fuera de lo normal. El gato está sano, sin embargo, hay que limpiar la zona todos los días para que no se infecte. Esta es la pomada. No se preocupen, con los cuidados y con el paso del tiempo, esas heridas deben cerrarse solas. Les repito, el gato está sano ― esa fue la evaluación final del veterinario.

Una evaluación que jamás se cumplió. Las heridas nunca cerraron. A veces creía que podía ver el interior del felino a través de ellas.

Cosmo (así decidí llamarlo) comía, jugaba y dormía como cualquier gato, pero no le gustaba que tocaran esas pequeñas heridas en su cuello. Se hizo costumbre evitarlas cuando lo acariciaba, lo cargaba o lo bañaba.

Una calurosa mañana, mientras mamá servía el desayuno, percibimos un olor fuerte a podredumbre.

―¡Dios Santo! ¿De dónde proviene ese olor? ―exclamó mamá. ―Seguramente otra vez se tapó la coladera del baño, pero apenas lo revisó tu tío Pancho ―casi gritó al abrir la ventana de la cocina.

No obstante, cuando fuimos al baño, el olor no venía de allí. Recorrimos la casa como perros en plena caza, pero de repente el olor desapareció.

Así, conforme pasaron las semanas, ese olor, tan desagradable como el drenaje, continuó molestándonos, sobre todo de noche. Aparecía por segundos que nos parecían eternos. El olor picaba la nariz, provocaba lágrimas, luego mareos y arcadas incontenibles, que terminaban en vómitos leves, luego intensos y largos.

Mi madre estaba harta de la situación y yo también, así que decidió que mi tío Pancho debía inspeccionar toda la casa. Sabíamos que sería una decisión difícil, porque él era un chismoso de primera y solo llegaría a juzgar.

―Mariana, en serio debes cuidar mejor la casa de nuestros padres. Ven y mira todo esto. Seguro el olor proviene de este moho verde, ¿ves? ―apuntó mi tío con su esquelético dedo de la mano derecha, mientras se sobaba la cabeza con la otra.

―¿De qué estás hablan…? Oh, te juro que no sabía que eso estaba ahí.

―Ya lo vi. Bueno… Ese tipo de moho es causado por la humedad, y como veo que es una pared del baño, seguramente debe haber alguna fuga. La buena noticia es que ya sabemos la razón. La mala es que no sabemos dónde está la fuga. Tendré que abrir todas las llaves y ver si la descubro, si no, tendré que abrir toda la pared, Mariana ―esas últimas palabras sonaron como una especie de regaño. Se notaba que estaba molesto, ya sea por trabajar bajo el sol abrasante o porque mi madre no había cuidado bien la casa de mis abuelos; una casa que él peleó en cuanto doña Hortensia y don Armando fallecieron.

Lo curioso de sus visitas fue que el olor desapareció. Al menos esa semana, no hubo ningún indicio. Parecía que mi tío, al igual que con su exesposa y sus hijos, lo había ahuyentado. Eso nos alegró. Pudimos descansar de tan desagradable olor.

―Pues no hay ninguna fuga, Mariana ―sentenció don Francisco mientras se sentaba en la mesa para que mi mamá le diera de comer. Como mamá no podía pagarle con dinero, él le cobró la revisión de la fuga con comida.

―Además, el moho se está yendo. Seguro tiene que ver con el tremendo calorón que hace estos días. De todas formas, quita el resto con un trapo empapado en vinagre ―concluyó, y esa misma tarde se marchó.

Preferiría mil veces tolerar el mal carácter de mi tío que descubrir de dónde provenía el terrible olor.

En ocasiones es mejor ignorar la verdad. Cuando me dirigí al baño esa medianoche, lo vi y entré en negación. No es posible, pensé, mientras Cosmo chorreaba un líquido verde y pestilente de los pequeños orificios de su cuello y lo embarraba por toda la pared del baño. El olor era tan intenso que provocó vomitara al instante. El gato maulló espeluznantemente, huyó por la ventana del baño y casi puedo asegurar que sus ojos verdes brillaron con más intensidad.

No sabía qué hacer. Contarle a mamá significaba mostrarle a ese gato, y no quería por ningún motivo que se acercara a ninguno de nosotros. Pero tenía que saber.

―Ay, mijo, por eso te regaño. Ya no debes ver esas películas de terror antes de dormir. Luego tienes sueños extraños como ese. ¿Cómo el gatito va a echar agua verde de sus heridas? Ni que fuera un delfín ―comenzó a reírse tan fuerte que quise convencerme de que lo que había visto solo era producto de una pesadilla.

El gato desapareció. Y yo sentí un alivio. Un alivio que duró muy poco.

Para mí la muerte siempre ha representado un pesar, pero ese gato simboliza la peor experiencia.

Abrí la ventana de mi cuarto para que se refrescara la habitación. La canícula casi terminaba, pero el calor seguía siendo insoportable, sobre todo porque la luz de mi casa se había ido. Mientras me recostaba en el piso, dos luces verdes aparecieron en mi cama. Me sobresalté al instante. Al regresar la luz, también observé con desconcierto y repulsión cómo la vida de Cosmo se diluía en ese líquido verde que salpicó por todas las paredes de mi cuarto. En cierta forma, el gato explotó. Rápidamente traté de desinfectar todo lo que pude. Al tratar de retirar a Cosmo de mi cama, el felino, como si no hubiera sido suficiente morir de manera espantosa, en su último aliento, me incrustó sus colmillos en mi brazo derecho.

Desde hace años, cuatro hoyos permanecen en mi brazo y no sanan con nada. Desde entonces, he tenido fuertes mareos y dolores de cabeza. Desde entonces, solo puedo comer comida echada a perder porque la comida normal no me apetece. Desde entonces, no he podido quitarme de la mente que esa cosa no era un gato. Y desde entonces, solo estoy esperando mi inminente fin.



Nohemi Damian de la Paz. Licenciada en Literatura Hispanomexicana y estudiante de Ingeniería en Manufactura por la UACJ. Ha publicado en las revistas Metáforas al aire, Palabrerías, Zompantle, Cuadernos Fronterizos, Revista Sangría y Revista Lunáticas. Ha sido incluida en varias antologías como, por ejemplo, Enigma y Travesía II (Editorial Cositos Cartoneiros, 2024).

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