Quitameloquitodencima


por Patricio Sarabia Castro

Quitameloquitodencima: de un poema de Andrés Villalba Becdach


La tristeza de la ciudad quiteña puede ser apreciada en la melancólica lluvia que cae brutal sobre las alas de los mirlos que solo miran de ladito como se inundan sus nidos. Nunca nos percatamos la frialdad y parquedad de esta ciudad o de sus alcantarillas; hace unos meses escuché un poemita elegíaco que hablaba de cómo quitolacaritadedios era causa, lugar, y hora de muerte: poemita feminasty para poder culpar a algo más que al torpe sexo masculino por el minúsculo hecho de tener el falo listo para ensartarlo en cualquier agujero. Quito en cuarentena es algo así como una Babilonia sin putas, es decir, guarida sin demonios, jaula sin pájaros asquerosos y sin espíritus sucios: ¿dónde están los jardines colgantes de Quitolonia para poder ahorcarme? 

El otro día me comparaban con la administración estatal perjudicial ecuatoriana, con el fisco, la deuda pública, el decreciente PIB, la inflación y la falta de pago de deudas: en síntesis, era un deudor con la banca y las piernas rotas y aun así me seguía endeudando con los prestamistas. Ahora no tengo ni un centavo partido a la mitad y me salva únicamente la emergencia sanitaria para que mis cobradores no vengan a desnudarme y dejarme como pajarito desalado en la lluvia. Solo puedo leer y leer; la lectura y escritura de poemas que nunca son realizados con rigor ni con responsabilidad es la muestra de que buscamos a gente más enferma que nosotros para que en alguitonos colaboren en el reventón léxico. Toda la escritura es una forma de ejemplificar galimatías como en los senos de esa jovencita y de cómo se pueden llevar todos esos problemas: fundir al grillo que vive en el cerebro para que no salte más. La erosión causada por la lluvia ácida de Quito sobre la tierrita de los geranios que crecían en mis pies y que servían para ocultar la paranoia y la soledad es lo único que me queda. Cualquier alucinación en cuarentena es más fea que cualquier otra cosa del mundo y peor aún si la lluvia y la neblina no deja ver —o imaginar— nada. El problema ahora es que justo cuando quiero ir al psicólogo o a comprar eutanasia, un virus mendicante decide ahorcar al mundo y no puedo salir más del huequito en donde me oculto: el encierro vuelve loco a cualquiera. Quito en cuarentena es tan apacible, tan diáfano y tan melancólicamente tierno que parece esas jovencitas de las que me enamoraba cuando tenía quince años y me creía especial por leer a los decapitados.

Mi reloj despertador me susurra todos los días lo mismo: pajero, insulso, ¿dónde están los granizos que cogía en una taza cuando era pequeño? 7:30 de la noche y no queda nada más que hacer sino asfixiarse y esperar que el estado de excepción sea revocado para al fin ser un gusanito en la tierra. Estamos cagados con este encierro y estamos triplemente cagados porque no podemos hacer nada más que darnos de puños contra la pared. Sólo puedo ver el mucílago que cae de mi boca y mi nariz y pienso en la gente de la tercera edad que espera en las calles para sacar los ahorritos de 30 años de claudicación: así siempre fue mi vida, siempre una fila interminable para el decapitamiento: un trámite burocrático en este país que se caga en sus artistas. Todos estamos tristes porque somos platitos de segunda mesa y llantas de emergencia que no pueden ser rodadas a más de 80 kilómetros por hora, pero al final estamos en algún lugar y podemos sentirnos especiales porque ya no tenemos que matarnos con el onanismo consuetudinario.

Es curioso que, en el encierro, el cielo quiteño no tiene ganas de escupirme: palomas paralíticas toman agua de mi lluvia: gotitas ácidas que caen como navajas por mis mejillas. Mi última desesperación es que ahora todos tienen delirios de fotógrafos y se creen la gran huevada porque se encontraron la cámara análoga de sus papitos: talento igual a cero, lugares comunes como sacar arte de lo cotidiano. Es imposible sobrellevar el aislamiento y el encierro, todo por perder el tiempo en aprender a llorar en el asfalto, más nada. Quito podrido desde adentro, con la neblina de la melancolía y de la tristeza que se mete por los huesos y causa osteoporosis. Quito —gracias al encierro— puede volver a regenerarse para que al final de toda esta crisis sea como ese senderito que nos lleva directamente a la perdición. Cuarentena ansiedad, cuarentena esperar el mensajito que nunca va a llegar: caen ladrillos del techo de la casa de mis papás, pero como soy tan lento no puedo esquivarlos: el resultado fue ser siempre una hormiga en silla de ruedas. Duele ver que esto que soy ahora, no es más que un escarabajo embobado con la luz falsa: apología a la perdición. Quito sin gente, pero a la vez plagado de pordioseros que piden limosnita para inhalar periquita droguita. No hay cómo sobrevivir en esta ciudad si somos pendejetes azorados y ahuevonados: este es el país de la estafa y de la lujuria en donde babeo azufre, trago moho y eyaculo alquitrán.

El encierro como privilegio de clase nos da el derecho de irnos a cualquier lado en nuestros cuatro metros cuadrados: o el derecho de irnos derechito a la mierda: qué pésima la línea que acabo de escribir. Sucede que, en el encarcelamiento domiciliario, por decreto todos son terapeutas y reconocen lo erradas que llevaban sus viditas mediocres. Quitoalegre es algo así como la risa de un esquizofrénico encerrado en el hospital mental más fundido del mundo, Quitotriste es como los agujeros de la mano de Jesús. QuitosodomayQuitogomorra: albergue de blasfemos y sodomitas sanguinarios, ¿cuándo caerá la lluvia de fuego sobre la ciudad de los actos impúdicos? Insomnio en el encierro, alucinaciones en el encierro: soñé tres veces la misma estupidez: ¿señal divina? Lo único bueno del encierro es que no boto la platita por las alcantarillas. Aislamiento que al fin se hizo realidad, pero que siempre quise esquivar. Animales degollados en las calles de este indecente pueblo, perros con ojitos mendicantes. Todos se andan contagiando de ese virus que te comprime los pulmones, parece chiste esta huevada.

Exceso de travestismo ideario en estas épocas de confinamiento y de encierro, la desesperación está tan talante y cruel que nos toca esnifar amor y atención por medio de las videollamadas pendejas en donde estoy dejando mi última noción de equilibrio y de paz mental. Ya van como 21 de días de este mierdero y me siento más inestable que nunca: como iba a saber que se me amontonarían los desperdicios. El alejamiento saca a flote todo lo que en verdad sentimos, desprecio y lástima toda esta generación de idiotas -mis contemporáneos- que creen que el proceso creativo artístico inútil es digno de ser autodocumentado para luego ser expuesto a una serie de personitas que creen poder apreciar las cosas bien hechas; el proceso creativo como inicio de un gran arrepentimiento y humillación que terminará con el artista tirado en el suelo, llorando sobre ceniza de cigarrillo y con todos los ideales que nunca alcanzará: el proceso creativo como la masturbación, es decir, orgasmo para terminar en vergüenza. Cuarentena para perder el tiempo que antes nos hacía falta. Me piden que pague mis deuditas como si pudiera sacar plata por detrás de mis orejas y me toca concentrarme en algo más que no sea la frustración. La cuarentena y yo somos de esas relaciones que denominan como “tóxicas”, eso significa que mutuamente nos destruimos, pero ella más que yo, ella más que yo, ella más que yo. La verdad es que yo no destruyo nada y no puedo hacer nada más que alimentar al tábano que vive pegado a mi cuello y como a burrito me muerde y me deja medio aletargado. El asfalto es bellísimo cuando se tiene la cabeza pegada a él, desde el asfalto las estrellas se ven diáfanas y hermosas; mi vida siempre adherida al suelo como garrapata a piel de ternerito recién nacido que lacta el calostro de su madre y esperará toda su vida para terminar en un matadero: todo es eso y siempre es eso, vivir diáfanamente para al final aguantar el sablazo implacable y no poder ver caer los copitos de nieve que de todas formas nunca iban a llegar.

Cuarentena Aucune ancienne notification: eso significa que me quedé totalmente solo a mediados de mayo. Gracias por el trabajito, pero espero un poco más de concreción al final: deja de ser abstracto, la gran puta. Siempre a un punto de llegar a cualquier lugar y no quedarme ahogado en las costas de la vida: ¿estaremos acercándonos a pomposa orilla? Somos sólo intentos de personitas en un mundo hipersensible y sobre estimulante; somos las lágrimas del reprimido y del depresivo: nos obligaron a vivir como cerdos desde jovencitos y por eso sufrimos: orfandad que nos obliga a buscar permanencia en rostros efímeros y pasajeros. La dosis de quetiapina 25 mg. me recuerda que todos somos seres reemplazables en esta ciudad y en la vida de sus habitantes, de tal manera que valemos un cero: escozor en el alma por golpearse contra el muro de la realidad. Cuarentena erosión, bendita cuarentena que me arrebata mis sueños, me quita la sensación de sentirme más o menos bien: acostado sobre el suelo me siento mejor. Miércoles pendejete, llueven gotas —lágrimas— de brea sobre nuestros rostros.

Siguen pasando semanas y cada vez nos volvemos más desquiciados. Nos quedamos contentitos inhalando el azufre que quedó del chispazo mental. Quito es una bella capital para perder los estribos de nuestra vida; toca crear un argumento irrefutable para probar y convencer(me) que todos mis exabruptos no tienen lógica ni sentido. Mi vida tan triste como la parte muerta del corazón de mi abuelo; mi existencia en cuarentena es tan estéril como vivir siempre en una morgue. Sólo queda darse de cabezazos contra la pared a ver si por fin nos convertimos en personitas diferentes: personita de verdad, como diría Villalba. La cuarentena llegó a su punto más grave; cuarentena encierro, cuarentena confinamiento, cuarentena aguaje y por fin terminé de ahogarme: bandera roja a las afueras de mi casa.



Patricio Sarabia Castro (1999), disonante vida de estudiante en colegios católicos y de Jurisprudencia en la Universidad San Francisco de Quito. No ha practicado oficio alguno más que simple pasante en entidades públicas. Escritura de anti-poesía sin rigor. En 2019 participó en la Feria del Libro Independiente de la USFQ en el evento de “Recital Poético”, donde leyó un par de poemas de su autoría.

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