por Carmen Macedo
—¿Para dónde vas, mi chavo?
ÉL respondió que quería llegar con urgencia a la estación del metro más cercana, daba igual si era Toreo o Rosario.
—Pero ¿hasta dónde vas?, porque a estas horas ya no andamos los colectivos. Luego de las diez, los llevamos a encerrar al cerro, pero para allá, al metro, ya nadie está dando servicio.
ÉL preguntó si algún taxi podría acercarlo al tren suburbano, con tal de regresar al extremo sur de la Ciudad de México. El chofer respondió que sí, pero le saldría muy caro. ÉL hizo cuentas: un taxi, tarjeta de abono para entrar a la estación del suburbano y viaje en tren hasta Buenavista, trasbordo; pasaje de metro hasta la base Universidad; un pesero con dirección a La Mora en tarifa nocturna —si acaso alcanzaba a tomarlo— y, al final, otro taxi para llegar hasta su casa.
—Por eso te digo, mi chavo, te doy un ride a la calzada, y si tienes un chingo de suerte agarras el último camión de la noche que te encamine hasta donde pueda, porque la neta yo, aunque quisiera, no te puedo hacer más paro.
—¿Y si cree que todavía alcance servicio?, suburbano o metro, lo que sea que me regrese a la ciudad.
El chofer rio, dijo que los camiones más cercanos iban a la Quebrada —donde sea que eso fuera— y el ride no duró más que media canción. ÉL bajó de ese colectivo a oscuras, con reggaetón a todo volumen acompañado de un juego de luces entre violetas y azules. En una calzada desconocida, cruzó los dedos para que aún pasara un camión, ya fuera al Toreo, o a metro Rosario.
—Córrele, carnalito, no, no me des nada, fue un aventón de dos minutos, ¡suerte!
Eran las once de la noche en un punto perdido de Cuautitlán Izcalli, pero la solitaria ruta lucía como si fuera de madrugada, con el pueblo resguardado en su hogar, sumido en el sueño con la promesa de un mañana que rompía a las 4:00 am. Una combi se acercaba rompiendo la negrura, ÉL corrió hacia ella alzando los brazos. A nada de ser atropellado, le hizo la parada.
—¿Va para metro Rosario?
El chofer le hizo la seña de estar en la dirección contraria.
ÉL miró la calzada vacía en ambos sentidos y atravesó con más prisa para evitar encontrarse con un sujeto descalzo, que amenazaba con acercársele, deambulando apenas envuelto en una gabardina. La calma y el goce que ÉL había tenido horas atrás, se habían convertido en una creciente desesperación que lo hacía sudar hasta evaporar de su cuerpo el aroma, propio y ajeno, de chela y porro. Un enorme camión, aún con gente a bordo, se veía a lo lejos. ÉL bajó a la banqueta y le hizo la parada con ambos manos. El transporte se detuvo, pero llegaba hasta la Quebrada.
No se decepcionó, pues el brillante letrero de un motel le devolvió el alma al cuerpo. A su alrededor, un Oxxo y una farmacia eran los únicos establecimientos abiertos. El joven, cual polilla extraviada, cruzó de nuevo ambos carriles de la calzada y siguió el parpadeante llamado de los foquitos de colores. Cuando estuvo frente al edificio se preocupó, ya conocía los moteles de mala muerte y los hoteles de tres estrellas, pero con lo poco que le quedaba en el bolsillo no tenía forma de hospedarse en una habitación que costara más de $300, y el motel lucía presentable.
Los elegantes muros de piedra grisácea contrastaban con la hoja de papel mal pegada en el vidrio de la entrada, con la tarifa escrita a mano: «Habitación $275». Justo a sus necesidades, aunque se llevara casi todo su efectivo. ÉL se limpió el sudor de la frente y se acomodó el cabello, dio un suspiro y se acercó a la recepción: una ventanilla con interfón. El joven subió el volumen de su voz por el temor de no ser escuchado y pidió un cuarto. No tuvo contacto humano, solo una voz distorsionada y una bandeja robótica que se llevó el dinero y su identificación correspondiente para el registro. Le asignaron un cuarto, pero no una llave y eso le intrigó. Se le informó que «alguien» le indicaría el camino a su habitación. Esperó y vio a una muchacha, de entre 19 y 25 años, menuda y morena, amable. ÉL la siguió.
En el interior del motel Kamala, los cuartos se encontraban en el primer piso, en la planta baja se hallaban los garajes. ÉL, por supuesto, venía a pie. La chica, sonriente, se paró frente a la entrada abierta para el auto y no dijo nada. ÉL se permitió un pensamiento travieso, un ligero deseo de pedirle a la muchacha si no podría subir solo un instante. El momento perfecto para una fantasía: tomarla de la mano para que ella no tropezara en la oscuridad, mientras le diría que necesitaba de su presencia en lo que revisaba el cuarto para cerciorarse de que no le faltara nada. Ella diría por obligación, «¿se le ofrece algo más, señor?» «Sí, tú, una hora. No tienes mucho trabajo, esta noche solo hay dos cuartos ocupados, acompáñame… no soy de aquí y me iré en cuanto amanezca».
—¿Se le ofrece algo más, señor?
ÉL negó con la cabeza, ella volvió a la recepción.
ÉL entró por la puerta para autos y miró el botón que cerraba la cochera, luego subió una escalera que conectaba ambas plantas. La habitación tenía la puerta abierta, entró y cerró, no había más qué hacer. Tenía hambre, estaba solo en un lugar desconocido y había gastado más de lo que hubiera querido, y todo por ir hasta al Estado de México por el concierto de los Spandex: boleto $300, suvenir $150, habitación $275, total $725 del chistecito, más casi $50 para comida que aún no compraba y $25 de pasajes de ida y vuelta de la chamba, pese a todo, a la mañana siguiente tendría que ir a trabajar.
Sus meditaciones fueron interrumpidas por una voz de mujer. En el lado norte del motel Kamala solo estaba ocupada otra habitación y extrañamente la tenía justo al lado. ÉL guardó silencio para oír mejor, la mujer gemía sin contenerse. Quien fuera que estuviera con ella hacía un gran trabajo. Tuvo envidia de los hombres que iban a moteles para cogerse a la amiga, novia, esposa o amante y no necesariamente en ese orden, mientras que ÉL, tenía que conformarse con una onda expansiva de placer desconocido.
Luego de un largo «ah, ah, ah, um, um, um». Comenzó a creer que los gemidos eran falsos, demasiado rítmicos y calculados. Minerva no era ruidosa, gemía, más para sí misma que para los dos, y nunca gritaba. Tampoco Rocío, quien le daba dolor de espalda, era tan escandalosa que para llegar al orgasmo recurría a las nalgadas un largo rato luego de que ÉL ya se hubiera venido. Aquella otra, de la cual no recordaba su nombre, al oír un ruido similar en otro motel le dijo: «Está fingiendo, a veces tenemos que hacerlo para que ustedes se calienten», esa noche ÉL no supo si hasta los besos fueron falsos.
ÉL pensó que podría ser la empleada, la chiquita delgada con cola de caballo y piel morena, en brazos de un cliente que sí había tomado la oportunidad por gozar de su compañía. O el tipo de la recepción, el dueño de la voz robótica, quien no daba la cara con el fin de poder quedársela en el anonimato de las madrugadas. Tenía que ser así. ÉL: solitario, atento a la pared vecina, el robot humano y la morena dándolo todo para despertarle el apetito.
ÉL trotó en círculos en la habitación para cansarse y poder compartir jadeos. En la oscuridad total, buscó el punto más cercano donde las respiraciones ajenas se hicieran una. Se quitó la playera y desabrochó sus pantalones, acarició su pecho y mojó las yemas de sus dedos, que habían explorado lo suficiente para encontrar lo que necesitaba. Subió una pierna a la cama y la otra la mantuvo tensa y extendida en el suelo para asegurarlo a la realidad. Los dedos se sacudían, pero los gemidos vecinos cesaron primero. Se vistió.
ÉL encendió el televisor con pocos canales para ver, dos de los cuales eran porno. Ante el brillo de la pantalla se sintió vigilado, ¿habría cámaras de seguridad grabándolo en cada momento? Quiso prepararse para dormir, pero el hambre lo detuvo. Decidió salir para comprar en el Oxxo. Cuando abrió la puerta de la habitación vio pegada una nota que decía: «Solicite agua, productos de limpieza y condones en la administración sin costo alguno». Era un buen gesto, pero él estaba solo. La morena y cualquier otra mujer estaban fuera de su alcance y, en ese lugar casi desierto, le hubiera sido imposible hallar una puta.
ÉL tomó la chamarra que casi acababa de colgar y salió, se reportó ante la voz robótica e indicó que no tardaría. No tenía pertenencias, por lo que no le importó que la habitación no tuviera llave por fuera y la puerta del garaje se quedara también abierta para su regreso.
Caminó a medianoche en ese pueblo fantasma, la farmacia de antes ya estaba cerrada y pensó que, de estar ahí con una pareja, y si fuera lo bastante orgulloso como para no recurrir a los condones gratis, no hubiera tenido forma de adquirir unos. El Oxxo también estaba cerrado, pero la ventanilla de la puerta estaba habilitada para las compras nocturnas.
ÉL golpeó el vidrio y vio salir a un joven de lo que parecía la bodega, de donde supuso, dormía. Afuera había un camión de entrega de refrescos y dos cargadores con sus diablitos repletos esperando entrar. ÉL no sabía qué pedir, porque no podía ver los productos, así que dijo al tanteo: una botella de agua, unos Triki trakes y unas Sabritas.
—Serían $60.
—Nada más las galletas y el agua.
En lo que esperaba a que el empleado dejara en su sitio las papas fritas e imprimiera el ticket de compra, ÉL miró a los cargadores. «¿Y si ellos y el tipo del Oxxose unían para asaltarlo, o para golpearlo, solo por el placer de hacerlo con desconocido?» En una calle sin testigos, parecía el crimen perfecto. Se llevó la mano a la solapa de la chamarra, los cargadores lo observaron, inquietos de lo que fuera a sacar. ÉL, tras una pausa larga, mostró sus manos libres de amenaza. Pero el tipo del Oxxo era un interrogante, porque ninguno sabía lo que escondía en su bodega, ni por qué tardaba tanto en volver a la ventanilla. El empleado regresó, tragó saliva frente a la puerta y se dispuso a abrir. Metió las manos a su bolsillo y los demás se pusieron en guardia. ÉL deseó más que nunca no haber salido de su casa, donde ya habría cenado, cambiado de ropa y estaría acostado frente a su computadora, mientras que su alcancía tendría $800 que no necesitaba gastar.
El empleado sacó la llave maestra, abrió la puerta, dejó entrar a los repartidores y entregó la compra de ÉL, quien no dejaba de mirar a todos lados sin perder de vista a los de los diablos. Como una obra teatral, cada hombre dijo su parlamento fuerte y claro, asegurándose de que todos lo entendieran, testigos, uno por uno, de lo que el otro iba a hacer. El chico del Oxxoprolongó la transacción hasta que los repartidores también estuvieron dispuestos a salir. Cuando ÉL tuvo su ticket y su bolsa de compras, dio un suspiro y se dirigió al motel. El camión de refresco se perdió entre la avenida vacía.
—Ey, tú.
Escuchó ÉL a sus espaldas y aunque sus pies se quedaron inmóviles un momento, sacó fuerzas para avanzar.
—Te estoy hablando, pendejo.
El joven apresuró su carrera y volteó hacia atrás para ver si lo seguían, pero el tipo de la gabardina se limitó a abrir su prenda para que el otro pudiera contemplarlo, ÉL corrió y frente a la entrada del Kamala detuvo sus pasos como si nada hubiera sucedido. A su ingreso, la voz robótica solamente dijo «Adelante».
No vio a la muchacha, y el cuarto de al lado ya estaba desocupado, así que se halló solo en un motel después de medianoche, en otro estado del país. Solo a merced de una morenita guapa y una ronca voz de metal. ÉL esperó antes de subir a su habitación por si veía a la muchacha para invitarle una galleta, pero ya dentro cerró. Encendió la televisión y dejó una película para que lo acompañara mientras comía. Heath Ledger, —años antes de que fuera el Joker— estaba desnudo en la pantalla, en cuclillas con solo un sombrero vaquero, se le sumó la imagen del tipo de la gabardina y el oscuro péndulo que se balanceaba bajo su vientre lleno de pelo y mugre; ÉL perdió el apetito. Apagó la televisión y a oscuras se desvistió para no arrugar la misma ropa con la que iría a trabajar.
Las sábanas estaban heladas, ÉL no tenía sueño y cambió de posición hasta generar un poco de calor. Encendió la televisión, el canal Venus era el primero en la lista, seguido de Playboy. Ya no pensó en si alguien lo estaba grabando y bajo las sábanas empezó a tocarse, pero la rubia de la pantalla era ahora morena, delgada y de pechos puntiagudos, mientras que el tipo de la película era ÉL, quien a su vez se transformaba en Heath Ledger con sombrero vaquero, cogiéndosela en secreto en la montaña. ¿Y si la chica subía por aquello del «servicio a la habitación»? ÉL, ya levantado de la cama, apagó de nuevo el televisor, abrió la puerta de la habitación, descendió por la escalera y levantó la reja metálica de la cochera. Permaneció ahí, desnudo y siguió sacudiendo su mano derecha, pese al frío, esperando a la chica de cola de caballo, hasta que la nada agotó sus fuerzas y su incipiente calentura. Claro que no había nadie, todas las habitaciones ostentaban sus puertas abiertas. Se dio la vuelta y escapó del ridículo.
Despertó antes de las seis para llegar a tiempo a su trabajo y dejó de fondo el noticiero matutino. Fue al baño, encendió las luces y no le importaron más las cámaras: usó el excusado y dejó correr el agua de la regadera hasta templarla, cambió el canal a Playboy. Mientras se enjabonaba, pensó en sí mismo exhibiéndose en un pasillo desértico, una versión más joven del sujeto de la gabardina. El correr del agua por su piel fue seguido por sus dedos; dejó que sus gemidos se mezclaran con el vapor y que por el drenaje escaparan todos aquellos restos hasta que sus manos y ser quedaron limpios. Salió con el cuerpo empapado y se acostó en la cama para secarse, abrió las piernas y frotó sus miembros frente a los espejos que fungían como paredes en medio de todas las luces encendidas. Igual a las rubias de la televisión. Se vistió y salió de la habitación, mas afuera aún no había luz del sol. La morena no había iluminado el día con su sonrisa.
En la recepción vio a un hombre corpulento y calvo en camiseta de tirantes, que lavaba a cubetadas la entrada del motel.
—Ya desocupé el cuarto —dijo ÉL.
El hombre volteó a verlo, asintió con la cabeza y dejó salir un «sí, joven, ya lo sé» que le dibujó una mueca incompleta mientras que no le despegaba la vista de encima. ÉL tragó saliva y lanzó una mirada al interior de la recepción a la espera de recuperar su identificación personal, donde las cámaras de vigilancia tenían una imagen total del exterior de los garajes y las entradas a las habitaciones. ÉL fingió no haber visto nada y apretó el paso lejos de los ojos vigilantes del Kamala.
En la calle, se perfiló por el camino donde había visto al sujeto de la gabardina, pero de mañana era otro mundo: ya había autos, ruido y gente que despertaban a las sombras. Los camiones iban al metro y hasta el fin del mundo, pero ÉL quería comprar chicles para refrescarse el aliento en el camino. Se acercó al Oxxo y este seguía cerrado. ÉL se asomó por la ventanilla, por si acaso estaba el muchacho que lo había atendió, fijó la mirada en el fondo de la bodega, pero no había nada. Cuando estaba por tocar el cristal vio algo que se arrastraba en el suelo: una espalda, un cuerpo que no enseñaba su rostro, pero no era necesario. Reconoció la cola de caballo, la tez de su nuca y escuchó los gemidos del vendedor, quien se cogía a ELLA, a la morena, a su morena.
ÉL, confundido, se fue de la ventanilla, ¿cómo había perturbado tanto su noche alguien a quien había visto solo una vez? Deseó que, en una de esas veladas sin testigos, algún ladrón, vagabundo o cargadores de refrescos se lo ajusticiaran como venganza por lo que ÉL no se atrevería a hacer jamás.
Carmen Macedo. Autora de Pequeñas desaparecidas; Visiones de un después no humano (Ediciones Arboreto 2022, 2024) y Pérdidas cotidianas y no (Bitácora de Vuelos Ediciones, 2024), obra ganadora del VII Premio Internacional Bitácora de vuelos 2023. Colabora en: Revista Palabrijes, el placer de la lengua; Imaginarias: Premio Nacional para Mujeres Cuentistas de Ciencia Ficción; revista Cuentística y Mexicona 2025. Tiene cuentos premiados por universidades y editoriales mexicanas.