Dos relatos


por Andrés Villela


Un ramo de flores

Hoy es día de la Santa Cruz, un día que traigo bien colgado de la cabeza. Mi abuelo Lucho era albañil, era su día especial y ahora que ando por la carretera camino a Atenco, recuerdo que cada año se ponía muy borracho y nos daba mucha risa cuando nos contaba cómo él ayudó a edificar gran parte de la Ciudad de México. Mi abuelo decía que el D. F. parecía construido con retazos de muchas ciudades en donde nadie se conocía. Decía: —pinche ciudad rara, nadie se conoce, pero todo se mueve como si alguien les dijera qué hacer, nunca hay madrugada, mañana, atardecer o anochecer, el tiempo siempre les pasa por los huevos y no saben qué hacer con él, entonces les da miedo y se matan entre sí y se empezaba a reír.

Él medía su vida a partir de las construcciones en las que participó. Murió el año pasado, se pegó un tiro una mañana donde los gallos ya no cantaron más al escuchar el balazo. Mi abuelo ya no aguantaba su historia y su espalda, ya no podía trabajar y se sentía inútil, poco hombre”decía.

Mi garganta desde ese día nace con un dolor que cala cada vez que camino, tendré que acostumbrarme algún día. El sol quema mis pestañas, la tierra es árida alrededor, algunos magueyes y cactus me saludan del diario, voy en la carretera con mi amigo Juan. Él me presta su burro, le gusta acompañarme y le pago con una empanada de picadillo y su refresco. Hace dos años que no vamos a la escuela y nos dedicamos a caminar para comer. Ahora vamos a Atenco, vivo en los alrededores y cargo con un puñado de madera vieja, plantas y ramos de flores para vendérselas a mi tío Pedro que tiene una tienda de abarrotes en el centro del pueblo.

El aire se siente pesado. Mi abuelo decía que siempre que ocurría así, era porque algo iba a pasar. Desde que querían poner el aeropuerto por acá, el aire siempre me pesa.

Veo sombras corriendo en el horizonte de la carretera, gritan, pasan a un lado, no reconozco a nadie, me duele el estómago. Juan ya corre con ellos, se escuchan balas, él cae fulminado. Me hago como puedo a un lado de la carretera, mi pulso se acelera y me pongo de espaldas. El burro tira la madera, los ramos, y corre hacia la llanura. Cierro los ojos, escucho: madreen a ese pinche tira, se cayó el pendejo, algunos machetes golpean lo que parecen ser huesos y llegan hasta el piso, en mi cabeza suenan como truenos furiosos y mis manos tiemblan, empiezo a orar en silencio. Oigo más disparos y gente con botas pesadas se detienen detrás de mí, las voces se mezclan y hay helicópteros volando alrededor, escucho: —¡Mátenlos a todos, hijos de la chingada, ya se cagaron a Duarte!, un soldado atrás: Oiga mi general, acá está uno de esos pendejos y trae unos ramos de flores.

Veo unas botas negras de frente, volteo hacia arriba y sé que algo me va a pasar, el sol y el casco no me dejan ver su cara, no puedo decir nada, el grito se atoró en el estómago.

Una pistola me apunta al vientre, escucho la voz de mi abuelo: —nadie se conoce, pero todo se mueve como si alguien les dijera qué hacer. Siento mi estómago caliente y ya no tengo miedo, termino por escuchar: nunca hay madrugada, mañana, atardecer o anochecer, el tiempo siempre les pasa por los huevos y no saben qué hacer con él, entonces les da miedo y se matan entre sí .



En memoria de 
Javier Cortés Santiago, niño de 14 años muerto de un tiro a 70 centímetros de distancia con un arma calibre 38, el 3 de mayo del 2006. El relato fue escrito ese mismo año.


16-A

La calle 16-A ya había terminado de levantarse cuando el sol aún no se aprestaba a salir; algo borrosa, está cansada y se detiene, agrietada, a bostezar. El cemento brotado respira de entre las piedras que le sobran y algunos cuervos mascullan las heridas del asfalto. Los edificios decaen, la pintura de sus paredes forma partituras sin sentido por el óxido de mar: algunos pintados de azul, otros de rosa, y en la banqueta se entrometen algunas cercas de metal. Son muros improvisados que cuidan las pocas pertenencias de los suburbios en la ciudad de Cancún. El paraíso prometido se esconde entre los trabajadores que caminan como sombras ligeras para ir a trabajar a la zona hotelera. Salen por miles a la región 96 sin ningún eco, sin ninguna historia que contar, sus conversaciones devienen censura por las jornadas cansadas.

El tiempo se conmueve mientras ve a algunas mujeres que tienden la ropa, son trazos de pinturas lechosas gracias al sol blanquecino del Caribe mexicano, y Elo corre entre los tendederos que simulan las banderas de una certeza marginal. Tira algunos calcetines y no le importa, una vecina le riñe, pero Elo quiere volar. Cinco años, mestizo, rasgos de páramo africano, cabello chino enraizado, trae apenas una blanca sonrisa entonada por un silbido.

El pequeño se detiene en medio de dos viviendas a la mitad de la acera, al lado hay un parque básico: algunos columpios viejos, sube y baja escalonados con asientos de madera sin pintar, una llanta que sirve de asiento y dos caminos de adoquín sin rematar. Ahí no pretende existir el infinito mediato, no, es una sencillez real, abrupta, crujiente en las raíces del árbol sin olvidos. Elo observa detenidamente y sin dudarlo, empieza a cortar algunas flores algo marchitas, brinca entre los columpios, como si la nada no tuviera explicaciones, en donde puede disfrutar de una soledad inocente y perenne. Elo corta otra flor, ya trae un manojo que se cuenta por docenas y su madre Martina, cubana de Matanzas, lo llama para comer. Ella trabaja en Playa Norte de Isla Mujeres ofreciendo masajes por 25 dólares la hora; pero Elo no la atiende, sigue en su afán, el calor y las paredes son sus testigos, no dejan de exhalar.

Elo termina por mirar alrededor, no queda ni una sola flor, sabe que ha cumplido su tarea. Camina hacia su izquierda, su madre lo vuelve a llamar de manera más imperativa, ya son las seis de la tarde, es hora de cenar, pero él voltea hacia el otro lado, camina fuerte, como soldado de una dictadura vital, como un señuelo sin recuerdos. Llega a un portón azul, un pequeño patio lóbrego que esconde la casa trasquilada de Maya, mujer sin apellido, delgada pero con curvas afiladas, ojos verdes, alicaída, adolorida, ya no mira lo habitual. El niño se encomienda al cielo, toca, pero nadie responde. Ve que la puerta está abierta y entra muy despacio… un vestido tirado en el piso, pero Elo y el viento se atreven, se mueven, no quieren una reclamación.

El silencio largo es apretado por los automóviles que cruzan por la avenida Talleres, pero un ruido irrumpe de entre la casa, se abre avivando la monotonía; es Elo, sombra que sale rápido del portón y cae el piso de un tropiezo. Pálido, empieza a balbucear, no encuentra una voz, no le alcanza el anhelo y la garganta destapada encuentra una escapatoria en un grito atroz. Su madre lo escucha, asoma su ansiedad por la puerta y lo ve, corre hacía él, lo alza entre sus brazos y en ese momento Elo aprieta los ojos, las manos, y la arena de la garganta por fin se llena de lágrimas. Martina ve el portón abierto, deja a Elo en la acera, va, asoma sus miedos, pasmada y derrotada de entre la tragedia, se recarga en la puerta, reacciona después de algunos segundos inhalando vacío y corre hacia la esquina tomándose del vestido blanco.

Elo se siente solo. Es un nuevo sentimiento, se levanta con enojo, limpia sus ojos y ve el manojo de flores en su mano, lo avienta al piso y se queda en el borde de la acera. Trata de entender qué fue lo que paso, él quería a Maya, fue su primer instinto, y llora como si ese momento no se fuera a ir nunca, lo sabe.

Martina regresa trastabillando, entonces la gente comienza a asomarse, las puertas abren las fauces en medios tonos como preguntas que están por arribar. Las luces de los interiores brillan buscando el ocaso, algunas voces casi se escuchan, empiezan, salen de las casas y ella los espanta, no quiere que los buitres se aparezcan, no quiere que los fantasmas salgan lastimados.

Se alcanzan a ver unas luces intermitentes matizando la calle, azules y rojas. Se estaciona una patrulla y los policías entran a la casa, salen y hablan por la radio; se recorre el tiempo y el cuadro no termina por trazarse cuando llega la ambulancia. Los paramédicos entran con una camilla y una bolsa gris, nadie se inmuta. El movimiento podría ser impertinente en el destino.

Los policías preguntan si alguien conoce a algún familiar y dicen sin sobresaltarse que no, no le conocían familia. Elo se enoja por la indiferencia, sabe que nunca la vieron reírse o hablar, y de entre palabras apenas les responde que ella tiene una madre que vive en Mérida y se llama Teresa. En esa pausa, como decreto de la cordura, las personas empiezan a retirarse, hablan, susurran, otros siguen su camino sin inmutarse, se acabó la fiesta. Elo reacciona limpiándose las lágrimas, olvidaba algo, recoge una a una las flores y al terminar, orgulloso las pone arriba de la bolsa gris, las flores eran para ella. Maya, sin saberlo, le enseñó a silbar en medio de la nada.

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