Regalar cualquier pequeña victoria


por Jorge Meneses

 

El primer encuentro fue un desastre. Ella se emborrachó y lanzó diatribas contra el desorden que según ella poseen todas las cosas del mundo. Partidaria feroz de la nostalgia y férrea defensora de la retórica wittgensteiniana, se arrojó contra las nuevas expresiones artísticas, mientras yo intentaba pedir la cuenta a un mesero que rehuyó de nuestra mesa luego de que ella le llamara “inmundo sirviente del falocentrismo”. Al salir del baño del bar donde nos citamos por vez primera, me fracturé el pie izquierdo. Broche de oro para una noche inusual.

Pasó mucho tiempo antes de volver a encontrarnos. Esta vez, de manera fortuita, en la fiesta de un amigo que (no sabíamos) teníamos en común. A punto de irme, alguien me sujetó, me dio la vuelta y me plantó un beso en la nariz. Era ella. Yo no pude sino vencerme ante la añoranza y la abracé muy, muy fuerte, tanto que le provoqué un eructo.

Me pidió que la llevara a casa y así lo hice; luego propuso que tuviéramos sexo y en eso estábamos cuando, al quitarle el pantalón, me di cuenta que ella dormía profundamente. Yo me recosté a su lado y cerré los ojos. Esa noche volví a soñar con dragones. No lo hacía desde la primaria.

Nuestros encuentros siguientes fueron, más o menos, de la misma forma: fortuitos. Alguna otra vez la encontré en la fila del banco y luego la acompañé hasta su casa. Me quedé a dormir con ella, pero no sucedió nada más. Aquella ocasión me levanté en la madrugada y me dediqué, durante un rato largo, a mirarla dormir. Ella roncaba y yo pensaba que no había alguien más tierno en el mundo excepto ella.

La siguiente ocasión que nos encontramos, en el transporte público, terminamos en mi casa. Descubrí que ella tenía un lunar en la espalda con la forma del estado de Carolina del norte, cosa nimia si no se considera que su abuelo, o bisabuelo, no recuerdo muy bien, fue un muy famoso compositor de música emparentado con John Coltrane.

En mi cama, recostado al lado suyo, me hallé expuesto frente a una gran mentirosa, sagaz y convincente. Me explicó el supuesto origen de algunos corridos. Yo, ingenuo, le creí. Al final de la laboriosa explicación, que incluía vaqueros, ninjas, complicadas jugadas de billar y hasta el mito de una antigua ciudad hecha de oro, con mucha seriedad me miró y dijo:

– No, nada es verdad. No sé nada de corridos.

Luego sonrió y yo pensaba si, hasta entonces, yo conocía, en serio, algo de ella, o si ella, acaso, estelarizaba alguno de esos cuentos que escribió cuando tenía quince años en los que al final el protagonista tenía por decisión última el suicidio.

De pronto, ya no supe nada de ella, aunque seguí yendo al banco donde la encontré alguna vez, utilizando el transporte público que ella solía frecuentar y asistiendo, ocasionalmente, a las fiestas que nuestro amigo en común ofrecía. Nada. Había desaparecido. Días más tarde me enteré: La habían secuestrado. Quise hacer y deshacer para encontrarla, pero sabía que todo sería inútil. Sólo me quedó el ruido y la furia.

Los siguientes días fueron confusos, pasaron y a mí parecía me había explotado una bomba en la cara. Aturdido, los fines de semana seguía a los miembros de su familia. No sospechaba de ellos. Lo hacía  porque la extrañaba y ciertamente esa actividad me dio ese solaz necesario en la aflicción. Así, siguiendo a su madre, descubrí que todos los sábados se encontraba a escondidas con un hombre que, supe después, resultó ser un medio hermano con el que siempre tuvo contacto, pero por temor a su madre, nunca, sino hasta ahora, pudo formalizar los vínculos afectivos que pretendió establecer con aquel hombre nacido de otra madre. Acudían a un restaurante que vende, o vendía, comida árabe, muy cerca de la calle donde un hombre de origen malayo vende, o vendía, el mejor tabaco rubio del país. Así también, siguiendo a su padre, descubrí que el hombre, todos los sábados, se reunía con un grupo de corredores de montaña que tenían por reto principal ganar una carrera que se lleva a cabo todos los años en Finlandia. Descubrí cosas de su hermana y hasta de uno de sus pretendientes, quien resultó ser hijo de uno de los mejores amigos de mi padre.  Cada cosa que hallé me ayudó a despejarme de preguntas salvajes sin respuesta que sólo causaron más dolor: ¿Sufrió una violación? ¿Le habrán amputado ya algún miembro? ¿Sigue viva?

A la distancia, me parece que su ausencia expuso todas mis carencias emocionales. Me volví un poca más ansioso, y por lo demás, me parecía que era más descuidado. Constantemente tropezaba con la gente y en más de una ocasión  olvidé llaves, perdí dinero, terminé andando en calles desconocidas. Sé que todo hubiese sido un poco menos penoso si hubiera siquiera intentado ponerme en contacto con alguno de los miembros de su familia, pero consideré que, por la naturaleza de mi relación con ella, yo era un mero desconocido para ellos. Suficiente tenían ya de extraños sucesos en sus vidas.

No obstante, cuando nuestro amigo en común llamó para informarme que había sido liberada, olvidé por completo que yo era casi un desconocido. Acudí a verla, aunque ciertamente temí el olvido.

Me vio y se abrió paso entre la gente que atestaba su casa, reporteros, familia y amigos; me abrazó y me dijo al oído: “Sólo quería un abrazo tuyo”. Yo la abracé muy, muy fuerte, como la vez que le provoqué un eructo, y no me importó que ella me nombrara con otro nombre. Sabíamos nuestros nombres, pero a veces los olvidábamos. Fue una práctica común que se nos volvió costumbre.

Me pidió que saliéramos, pero no a beber.

– Quiero ir al cine –dijo.

Yo accedí, gustoso.

Vimos una película que por supuesto ella eligió, y en el momento más dramático  recargó su cabeza en mi hombro. Lo que en primera instancia pensé era una demostración de cariño resultó ser desconsuelo. Ella lloraba, pero se esforzaba por controlar los espasmos que el llanto provocaba. No quise hacer o decir nada. No deseaba perturbarla más.

Luego del cine, caminamos. Me pidió la acompañara a casa.

En el camino encontramos a dos hombres que llevaban, cada uno, un helado gigante de bolas multicolores. A ella, y ciertamente a mí también, se le iluminó el rostro y sin decir más, abordé a los dos hombres y les pregunté por el sitio donde habían comprado aquellos helados.

Yendo hacia la heladería un sujeto nos atajó y preguntó:

– Disculpe, caballero, ¿puedo robarle un momento? –yo accedí y ella me tomó la mano, la apretó muy, muy fuerte–. Es una encuesta. No le robo más de diez minutos –dijo el sujeto.

– Pero me prometiste que sería un momento –contesté, con muchas ganas de zafarme de esa situación.

– Es que es para probar desodorantes, caballero –rebatió el sujeto.

– Bueno, pues, dime en qué puedo ayudarte –contesté, sin más opción.

– Si me acompaña al primer piso con gusto le explico –dijo el sujeto, luego señaló, con un ademán ciertamente extraño, un viejo edificio color gris muy, muy alto, y me invitó a seguirlo. Ella estaba rígida.

– ¿Ella me puede acompañar? –pregunté al sujeto.

– Si es hombre puede acompañarle, caballero. Es para desodorantes masculinos –respondió y sonrió, confiando que su respuesta había sido demoledora.

– Yo también soy hombre –dijo ella al sujeto.

– Pero yo no veo barba –respondió éste.

–Soy lampiño. Además, él tampoco tiene –respondió ella.

– Sí, pero él tiene pene –respondió el sujeto.

– ¿Cómo lo sabes?

– ¿Tienes pene, cierto? –me preguntó el sujeto.

– Cierto –respondí –, pero él también tiene. Y es muy grande. A veces cuando mi boca…

– Está bien, le creo. Buena tarde –dijo el sujeto y luego echar a andar tan rápido que tropezó con una mujer. Mientras tanto, ella y yo reíamos. No había notado, hasta entonces, que sus labios eran delgados, proporcionales al grosor de sus cejas, y que éstas eran similares a las mías, aunque las de ella no se interrumpían por marcas de nacimiento.

Llegamos a la heladería y un tipo mal encarado nos atendió.

– ¿Qué van a llevar? –preguntó sin siquiera saludarnos.

– ¿De qué sabor son los helados? –interrogué y luego sonreí para evitar que ella se sintiera incómoda.

– De los que hay ahí –contestó y señaló una gran pizarra en la que estaban escritos los precios y sabores de los helados.

– ¿De cuál quieres? –le pregunté.

– Se me antoja uno de chocolate.

– ¿Sólo de chocolate?

– Bueno, de chocolate con pistache.

– ¿Segura?

– Bueno, de nuez con vainilla.

– ¿Vasito o barquillo?

– Barquillo, pero que sea helado napolitano, por favor –dijo y me lanzó una gran, gran sonrisa. Era bella como sólo ella podía serlo.

– Me das dos helados napolitanos dobles en barquillo, por favor –dije al dependiente.

– No hay de eso, ahorita sólo tengo de macadamia –respondió éste, luego sonrió.

La miré y ella miraba con los párpados entrecerrados al dependiente.

– Métete tu macadamia por el culo, hijo de tu puta madre mal parido –gritó y estuvo a nada de saltar sobre los refrigeradores. La sujeté, la cargué sobre mi espalda y salimos de ahí mientras pataleaba y el dependiente de la heladería reía a carcajadas.

– No entren ahí –dije a dos mujeres que se dirigían hacia la heladería –. El que atiende está loco. Nos amenazó con una pistola.

Al instante, una de las dos mujeres sacó su teléfono y llamó a la policía. Nosotros nos fuimos de ahí. Pronto se escucharon las sirenas de una patrulla. Ella seguía gritando, histérica.

– Está poseída y la llevó a la iglesia –dije a los que nos miraban desconcertados mientras la llevaba a casa –. ¿Sabe cuál es la iglesia más cercana? –pregunté a una viejita que apenas nos vio se persignó.

Cuando ella se tranquilizó, había obscurecido.

Caminábamos. Nadie decía nada.

– Quiero cueritos –dijo cuando pasamos cerca de un puesto que vendía chicharrones preparados –. ¿Tú no quieres?

– No, no como carne.

– ¿En serio?

– Sí. Una vez comí unos tacos de carnitas y me dio tifoidea. Desde entonces nada de carne.

– Júralo.

– Por mi madre.

– Qué mal. Esto sabe delicioso –dijo, luego se llevó el primer grupo de cueritos a la boca.

– Además –agregué –, nunca fui muy partidario de la carne. Siempre la he pensado muy chiclosa.

– Oye –me atajó –, pero esto, técnicamente, no es carne.

– ¿No?, entonces, ¿qué es?

–Son tiras de piel cocida bañadas en salsas de chiles diversos –dijo. Siempre quería ganar.

– Bien bajado ese balón –respondí. Pude haber debatido, pero la quería tanto, que sólo podía pensar en regalarle cualquier pequeña victoria.

Había obscurecido totalmente cuando llegamos a su casa. Me abrazó muy fuerte, tanto, que pensé me provocaría un eructo, o que una calamidad, o un piano, nos caería encima.

– Te mentí: Sí como carne –le dije al oído. Ella mordió suavemente el pabellón de mi oreja y dijo:

– Ya lo sabía. Yo soy la única que sabe mentir.

– Sí, tú ganas –susurré.

– ¿Mañana puedo verte? –pregunté.

– Sí –respondió, luego me dio un beso en la nariz que se prolongó quién sabe cuánto tiempo.

– Pero qué cosa tan rara –dijo alguien cuando pasó cerca de nosotros.

Ella se metió a su casa y yo tomé camino hacia la mía. Nos alejamos sin mayor ceremonia ni banda sonora, como dos personas que se quieren, pero no lo declaran abiertamente por temor a verse expuestos a la fragilidad y a la ternura.

Sí, me arrepiento de muchas cosas que hice o dejé de hacer, pero nunca me mostré tan afligido como aquella noche cuando llegué a casa. Me guardé tantas cosas que quise decirle, que debí gritar, cosas que pensé podría decir en otra ocasión o que simplemente omití para mantener el interés. Debí hacerlo cuando tuve oportunidad. No la volví a ver nunca más.

Se quitó la vida esa noche. Era lunes, lo recuerdo bien porque fue mi cumpleaños.

 

 

Entrada previa Rápida, rapidísima descripción de la vasta mayoría de las películas
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