Dos lectores de Onetti


por Alberto Castañeda


El reconocimiento tardó en llegar para Juan Carlos Onetti, autor de textos considerados esenciales de la literatura latinoamericana. Publicó su primer cuento en 1933, pero fue hasta la década de 1960, en buena medida gracias al “boom”, que empezó a figurar como un narrador relevante frente a un público amplio, cuando personajes como Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa comenzaron a mencionarlo como una de sus influencias. Pero, ¿por qué esa demora en su llegada al interés de los lectores? Un factor que me parece relevante es su estilo: lento, oscuro, lleno de extensas digresiones, pero también en muchas ocasiones de vacíos que complican una lectura sencilla, una interpretación unívoca, aspectos que a muchos lectores, más que producirles placer o curiosidad, podrían provocar desinterés, pesadez y, en conclusión, la decisión de abandonar el texto. Por eso pienso que el reconocimiento de otros escritores fue el detonante para que otras miradas se acercaran a la obra onettiana, y me intriga todavía la forma en que un narrador lee y entiende los textos de Onetti.

Por supuesto, hoy existen muchos libros, artículos y tesis donde se lee, analiza e interpreta la obra entera del uruguayo; sin embargo, mis puntos de apoyo para esta reflexión son El viaje a la ficción (2008), de Mario Vargas Llosa y Teoría de la prosa (2019), de Ricardo Piglia, no porque de entre todos los otros textos críticos existentes sean los mejores, sino simplemente porque me interesa el modo en que dos autores, deudores confesos de Onetti, lo leen y comprenden.   

Cabe señalar que los libros son fruto de sendos cursos universitarios dictados por sus autores. El primero, publicado por Vargas Llosa en 2008, nació tras un curso dictado en Georgetown University por el escritor peruano en 2006. Piglia, por su parte, impartió un seminario sobre las novelas breves de Onetti en la Universidad de Buenos Aires en 1995, cuyas grabaciones fueron recuperadas por el autor en 2016, quien, debido a que su estado de salud no podría extender su investigación al respecto, se dispuso a preparar la transcripción de las sesiones para su publicación. Su fallecimiento interrumpió el trabajo, pero su editora lo concluyó y en 2019 esas clases fueron publicadas bajo el título de Teoría de la prosa.  

Vargas Llosa estructuró El viaje a la ficción como una biografía; cuenta aspectos de la vida de Onetti en orden cronológico e intercala esa información con capítulos en los cuales analiza y comenta las obras del uruguayo. Teoría de la prosa, en cambio, supedita su estructura al análisis de los textos y se divide en nueve clases, nueve capítulos que colocan frente al lector las sesiones que constituyeron aquel seminario de 1995. En cuanto a su contenido, el argentino privilegió un examen dinámico y minucioso de los textos que leyó con sus estudiantes, pero no escatimó al referirse a episodios biográficos de Onetti.

Ricardo Piglia analiza las novelas breves (prefiere llamarlas nouvelles), y concluye que la poética de Onetti es no revelar cierta información, lo cual hace tan efectivos a relatos como La cara de la desgracia y Los adioses (del cual dice que es “uno de los textos más extraordinarios de la literatura en cualquier lengua”). Ambas historias esconden un suceso que permanece indeterminado; al final, es el lector quien decide, no tanto qué sucedió, sino por qué.

Vargas Llosa, por su parte, se muestra poco flexible como lector; pareciera que lee la obra del uruguayo no tanto para interpretarla, sino para confirmar en ella las ideas que ya tiene hechas de lo que es y debe ser la literatura. De Los adioses dice, por ejemplo, que era la obra más querida del propio Onetti, pero que debió serlo porque la dedicó a Idea Vilariño, pues es un bello relato, “aunque sin la grandeza y poderío de sus mejores historias”.

Es más sorprendente su lectura de La cara de la desgracia, cuya historia se centra en un hombre que viaja a la playa tras el suicidio de su hermano, quien se mató tras ser descubierto estafando a la empresa para la cual trabajaba. El protagonista se siente culpable y sufre por eso. En la playa conoce a una chica que un día aparece asesinada. Él acepta la responsabilidad; sin embargo, es imposible saber quién la mató. Para Vargas Llosa, el ocultamiento de ese dato “debilita y en cierta forma arruina” la historia, pero no se abstiene de dar su interpretación: el protagonista asume la culpa porque detesta tanto su vida, su realidad, que está dispuesto a pagar ese precio para vivir una ficción, como hace Brausen en La vida breve. Esto no sólo revela una lectura que podría llamarse simplona o superficial, sino que el escritor peruano asiste a cada obra de Onetti buscando el mismo patrón una y otra vez, el “viaje a la ficción”, tanto que le dio ese nombre al libro. Piglia, en cambio, interpreta el final de La cara de la desgracia con base en los sucesos narrados; para él (y me parece que da en el blanco), el protagonista asume la responsabilidad porque se siente culpable del suicidio de su hermano. No puede expiar esa culpa de forma directa, pero para hacerlo está dispuesto a asumir la responsabilidad por algo que no hubiera sido capaz de hacer.  

Los juicios de valor no faltan en El viaje a la ficción, y así como su autor desestima a textos como Los adioses y La cara de la desgracia, también se dispone a señalar a sus favoritos. Para él, aunque El astillero es “técnicamente más perfecta”, la mejor novela es La vida breve, porque en ella Onetti “se acercó más al secreto ideal de todo novelista: la novela total”. Si uno conoce la obra del autor uruguayo, inevitablemente se cuestiona: ¿habrá sido ése su ideal? La verdad es que no lo parece; más bien da la impresión de que, una vez más, Vargas Llosa no lee para comprender la obra onettiana, sino más bien para confrontar esos textos con su forma de entender la literatura y producir juicios acordes con esa perspectiva.  

En Teoría de la prosa, Piglia llega a conclusiones distintas, casi se podría decir que opuestas, al decir que la poética Onetti es no revelar, aspecto incompatible con el concepto de “novela total”. Para el argentino, los textos de Onetti se resisten a la idea de que una experiencia pueda generar una sola historia, por eso en sus novelas breves (e incluso en el final de El astillero) apuesta por que el lector “estabilice” o complete el relato. En cuanto al ideal de Onetti, Piglia piensa que busca la “autonomía de la ficción”, aspira a que sus obras se lean sólo en función de sus otras obras, algo que consiguió en buena medida con su saga de Santa María.

Finalmente diré que la lectura de estos textos resultó un ejercicio valioso no sólo para conocer mejor la obra de Onetti, sino también porque demostró que las diferencias entre un escritor y otro no están sólo en sus textos, sino en sus formas de leer y entender a otros autores. Quedan de manifiesto también las características que los diferencian como profesores. Uno recuerda a aquéllos que entran al salón de clases para hablar durante largos minutos acerca de lo que es determinado texto. El otro no. El otro decide volver a leer un texto que ya conoce, pero con la disposición renovada de descifrarlo, de encontrar significados que no necesariamente deban complacerlo a él o a sus concepciones de lo que es la literatura. Y ésa es, precisamente, la forma en que todos deberíamos enfrentarnos a un texto literario.



Alberto Castañeda (1987) estudió Letras Hispánicas en la UNAM y actualmente se dedica a labores editoriales, así como a leer y escribir obsesivamente.  

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