por Edis Namar
A Lucía
I
En una reunión de amigos, me dicen “Ay, Regina, ¿cómo crees que una bacteria te va a comer la carne?”, pero yo lo leí. Se llama Vibrio vulnificus —“Ay, Regina, ¿cómo te aprendes esos nombres?”—, y si se cuela en una herida cuando estás en un mar contaminado, tu piel primero se pone morada, luego se hincha, se forman ampollas; al final, si se aplica poca presión, la carne se desprende; la uña se encaja, se desliza, se lleva consigo el pellejo, la dermis, la grasa, el músculo; se siente el calor del hueso.
Me dicen “Regina, ya estarías muerta antes de que tuvieras ese nivel de necrosis…”. Tú quién eres para asegurar algo así, pregunto. “¿Te acuerdas de que soy médico?”. Pero yo lo leí. “Además para que viva el Vibrio necesita una temperatura y salinidad específicas…”.
Pero yo lo leí.
Otra voz: “¡Ay, Regina! Tensas mucho la delgada línea de la cordura por tu terquedad…”.
Pero yo lo leí.
II
Leí que hubo un brote de Vibrio en el Golfo de México. ¿Y si alguien viajara de Veracruz a la Ciudad de México y trajera la bacteria en sus manos y la desperdigara por el transporte público? ¿Y si yo tuviera algún padrastro en algún meñique, me lo arrancara y me dejara una pequeña herida? ¿Y si tocara un pasamanos del metro impregnado por la criatura microscópica y entrara por esa abertura, reptara entre la piel, se sumergiera en la sangre y esparciera su malignidad dentro de mí?
Sí, la temperatura y la salinidad no permitirían su sobrevivencia; sí, no soy médica. Pero yo lo leí.
III
Espejo, espejo —sí, todos hablamos con el espejo; sí, me llamo Regina y, a veces, imagino una corona de oro sobre mi cabeza—, ¿será que a mi alrededor todos me tienen, al menos, un poco de envidia? Soy Coordinadora, por méritos propios, de la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas en una de las facultades más importantes de la Ciudad. He contratado a los mejores profesionistas: comunicólogos, pedagogos, hasta abogados. ¿Y qué que no sepan de literatura novohispana o decimonónica en México? ¿Y qué que no hayan leído Los empeños de una casa de Ruiz de Alarcón o el “Primero insomnio”? Son los mejores, aprenderán; conozco a mi gente.
¿Que la maestra Lucía tiene más experiencia que todos ellos, que es especialista en poesía novohispana y que da sólo una clase de Lexicografía a las siete de la noche el viernes? Lucía, Lucía… ¿Ella cree que sus artículos y sus alumnos hablando bien de sus clases la hacen mejor que yo? Yo soy la Coordinadora.
IV
Sus ojos grandes , su sonrisa que finge amabilidad, sus mechas rojas en el cabello… Ella es sólo aquello: una linda cara. Por eso, me envidia, ¿verdad, espejo?
V
“¿Por qué hablas tanto de Lucía? No hay día en que no la menciones”, me reclamó Luis, se levantó de la mesa y dejó la comida. En lo bueno y en lo malo, ¿no? En la salud y la enfermedad. Yo me quedé a pesar de su calvicie y el abdomen combado. ¿Qué fue del joven que tocaba en una banda de rock y a quien se le notaban los músculos entallados en la playera? Como esposo, debería apoyarme. Lucía es un enemigo común, quiere lo que quiero. Y él huye. Cobarde.
VI
¡Ay, esta carrera de cuarenta y tantos alumnos donde las paredes oyen, diría Sigüenza! ¡Una alumna fue el fin de semana a Veracruz!
VII
Lourdes Luján era la alumna, fácil de reconocer por su cabello azul turquesa, con todo y su baja estatura. Muy sociable, algo brillante y con buenas calificaciones. Siempre se acercaba a cualquier profesora o profesor a saludarlos. De mano. De beso. Obviamente, por ser quien soy, no era la excepción. Debía alejarme de ella. Y no era el único problema: esparciría la malignidad de la bacteria por todos los salones.
VIII
Quienes hacen la limpieza se quejaron con el sindicato al obligarlos a limpiar doble vez algún lugar que no se notara reluciente o que no oliera a cloro y desinfectante. Me miraban insolente y retadoramente. Debieron agradecerme por salvarlos. Lunes, martes y miércoles salí poco de mi oficina, si acaso a supervisar al equipo de limpieza. Un par de veces que vi a Lourdes de frente di media vuelta y apresuré el paso en sentido contrario a ella y fingí no haber escuchado el “Coordinadora, Coordinadora” con el que me llamaba.
El jueves me reporté enferma; después de muchos meses desayuné con Luis; casi no hablamos. Antes de irse a trabajar —contador, ¡vaya profesión escogió! ¡Ubi sunt, diría el Inca Garcilaso en alguna silva!—, mencionó burlonamente: “¿Y Lucía? ¿Ese milagro que no hablas de Lucía?”
IX
Espejo: quisiera encajarle las uñas en la yugular a Luis; estuve a punto cuando lo vi dormido. La idea tan vívida en la cabeza: estirar la piel del cuello con una mano donde la carótida; la otra, tensa y estirada, impulsada a toda velocidad para reventar la vena. Respiré; me fui a dormir a la sala.
¡Qué imbécil, Luis! Tuviste que hablar de ella en el desayuno cuando la olvidé por varios días. Lucía, Lucía. Todo el día en la mente: Lucía, Lucía. La noche imaginando sangre de mi esposo en las uñas. Luego, en la mañana del viernes, Lucía, Lucía y la idea de sacarla de una vez por todas de mi carrera y despedirla. Espejo: ¿por qué la recordó? Ahora, estoy maldita. ¡Maldita sea la hebra de su cabello!
X
Ahí estaba afuera del salón rodeada de alumnas y alumnos como si fuera actriz de una película clásica, mirada con admiración. La esperé a las ocho, hora en que terminó su clase de sintaxis o de alguna otra rama de la lingüística, qué más da cuál era. No salí de la oficina, no comí; mi mente estaba enfocada en que Lucía ya no tocaría mis aulas. Ahí estaba rodeada de alumnas y alumnos. Esa admiración… Era de noche y un haz de luz iluminaba esa congregación como si estuviera a punto de iniciar un número musical, donde ella emergería del centro invocando pajarillos con su voz melodiosa.
“Concéntrate, Regina”, pensé. Guardé distancia, esperando a que se fueran sus feligreses. Cuando el corro se fue abriendo, me di cuenta de mi desgracia: Lourdes, Lourdes; el azul turquesa de su cabello fue sepultado entre la multitud por su baja estatura. Lourdes, deja de tocarle su pulsera, su ropa, sus aretes. ¿Por qué le tocas el cabello a Lucía? Es inapropiado, una estupidez. Ni siquiera deberías estar aquí. Contagiarás mi facultad, me maldecirás a mí.
Me quedé impávida cuando quienes quedaban se dirigían hacía mí. Lourdes pasó primero a mi lado derecho. No me saludó la muy insolente. Luego, Lucía. “Buenas días, Coordinadora”, dijo, mientras dirigía su cabeza hacía mí. Con el movimiento, una hebra roja de su cabeza se desprendió. Vi cómo descendió, cómo esa sierpe apuntó hacia mi brazo, cómo se deslizó para esparcir el veneno.
Ya no podré escapar.
XI
“Que el Vibrio no se transmite así, Regina”, me dijo el amigo de Luis, el médico. Como él no siente el entumecimiento, la hinchazón, la sustancia fluir y anidarse en cada poro de la piel. Oigo a Luis decirle que llevo días deambulando por la casa, que no quiero que se acerque, que no me he quitado el chal con capucha desde esa noche del viernes y dos blusas de manga larga y dos pantalones; habla del hedor y que no sabe qué hacer. En la salud y en la enfermedad, pusilánime.
“Habrá que internarla antes de que se haga daño”. El médico sale de la casa. Luis se queda afuera del cuarto marital donde he decidido atrincherarme. Le cierro con llave. Grita “Regina, Regina, abre la puerta”. Ya no volverá a entrar.
XII
Lo hizo a propósito. Se dejó tocar su cabello y lo movió con la cadencia precisa para que cayera una hebra en mi brazo. ¿Y si ella mandó a Lourdes para que fuera a Veracruz y pescara el Vibrio? ¿Y si ella juntó a toda su caterva amaestrada para acorralarme y así poder infectarme? Los eslabones finos de su crimen sólo yo los podría dilucidar. Y todo porque me envidia, porque yo soy la Coordinadora. La Coordinadora.
XIII
Espejo, espejo: ¿para qué una corona? ¿Verdad que soy mejor que Lucía?
XIV
Tocan la puerta como locos para que les abra la puerta. “Regina, Regina”. Ahora más que nunca, no merecen verme. Espejo, mira mi brazo: se desprende la carne al deslizar mi uña como una gubia. Mira el músculo, mira la carne. Tenía razón.
Yo lo leí.
X (epílogo)
A unos pasos del salón, a Regina se le había huido el color del rostro y temblaba. Poco a poco, los alumnos de la materia Análisis de Textos se retiraban del corro que se había formado alrededor de la profesora Lucía afuera del aula. La luz amarillenta de un foco apenas abarcaba al grupo.
Lourdes Luján era una de las alumnas que quedaban; muy animosa, chuleaba el atuendo y el cabello de la profesora. Que qué bonitos aretes, que qué bien le quedan las mechas, que qué curiosa pulsera roja del ojo, muy usted.
—¡Ah, sí, la pulsera! Me la dio mi madre contra las malas vibras, que las refleja. No creo mucho en ello, pero vale mejor estar preparadas, que, en estos días, la gente anda “haciendo con extremos de furiosa / demostraciones más que de locura”, diría Sor Juana.
Edis Namar. Escritor mexicano (Ciudad de México, 1989). Reside en Ecatepec (estado de México), ciudad donde da clases de español en una preparatoria. Textos suyos han sido publicados en medios como Primera Página y Cine3.
Arte: Cecily Brown, Untitled (Vanity)