Comentario editorial [núm. 27, COLAPSO]


Ciudad de México, otoño de 2026


Nadie sabe a dónde ir.

Ha llovido casi a diario por seis meses sin explicación alguna. Se espera que pensemos que es normal. Y tal vez sí lo es, ahora.

El agua de la llave sabe a plomo o asemeja a chapopote, pero ríos dulces corren en las venas de los data centers que sisean como monolitos de alguna religión extraña allá, del otro lado de la frontera o de un océano, donde no los podemos tocar.

Llamas petroquímicas envenenan el viento en la distancia, matando garzas anónimas.

La persona más talentosa que conoces acaba de ser reemplazada por la IA y trata de estirar sus ahorros hasta el horizonte, donde quizá pueda pastorear ovejas, hornear pan o dejar este mundo.

Nos dicen que es cuestión de tiempo para que todo sea hackeado, hasta el dinero, la realidad, el trabajo, el arte, la respiración. Que pronto ya no tendremos que hacer nada (ni siquiera estar aquí). Pero mientras tanto se supone que sigamos alimentando a la máquina que habrá de triturarnos, pues a ella pertenece el futuro y ella pertenece a otra gente que no somos nosotros.

Casi no hay insectos en los jardines.

Se hacen documentales sobre un genocidio y la misma gente que ya sabía esa información aplaude y llora en salas oscuras, encerradas, pero nada parece con(mover) al mundo de afuera.

El mundo de afuera ha decidido M U E R T E.

El poco dinero que queda en la palabra escrita se va a las bolsas de vacas sagradas que no hablan del presente, de presentadores de televisión que le pagan a un anónimo para redactar sus desvaríos, o a los autores intercambiables de novelitas telegráficas, escuálidas, donde pavonean el dolor ajeno en 130 páginas.

Solos, en nuestras habitaciones, a veces nos confesamos que Reels nos comprende mejor que la persona en el cuarto de junto.

Alrededor del globo flotan innumerables basuras de aluminio con las cuales la peor persona del planeta monitorea lo que hacemos vía satélite.

Nadie ni siquiera parece enojado ya.

Tal vez no hay a dónde ir. Tal vez la historia más o menos acaba aquí.

————————————–entonces ves una hormiga.

Mírala: va en chinga cargando un trozo de hoja decrépita. Sacas una lupa del bolsillo y eliges seguirla porque de todos modos no tienes cosas mejores que hacer. Porque tal vez en este momento lo mejor que se puede hacer es mirar hacia abajo, a nuestros pies.

La hormiga sube una banqueta y se adentra en el pasto de un camellón. Allí súbitamente se une a un río hirviente de hormigas. Todas van haciendo su labor, cargando moronas, tierra, hojas, pedazos de hueso, materia descompuesta a la que sólo ellas saben darle vida nueva.

Allá, en el centro del camellón, en medio de claxonazos, repartidores de uber y manchas de aceite quemado, incrustado en el corazón de la ruina que hemos hecho del mundo, las hormigas toman la materia colapsada y construyen otra cosa.

Nadie sabe a dónde ir. Tal vez no hay ningún lado a dónde ir.

Sólo nos queda esto: hurgar entre el desastre y regenerar la vida a partir de la muerte.

Miremos entonces al suelo. Regresemos a la tierra. Amasemos el colapso entre las manos y demos forma, entre toda la marabunta,

Arte: relieve funerario de un hoplita griego, Gliptoteca Ny Carlsberg, Copenhague.

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