¿Y si el sol no regresa?


por Lilian Pérez


—¿Vas a subir?

La señora que llevaba varios minutos sentada junto a Ximena en la parada del camión se levantó y la miró con una pizca de desconcierto.

—Ah, no. Estoy esperando a alguien—respondió con prisa. Mentirilla blanca y estúpida: no esperaba a nadie y ni siquiera tomaría ese camión. En realidad, el trayecto de caminar 15 minutos hacia su casa desde el metro la había dejado sin aire y necesitaba reunir la energía suficiente para los últimos cinco minutos. “Qué humillante”, pensó mientras veía al autobús alejarse.

Ximena retomó el camino cuando se sintió un poco mejor y su ritmo cardíaco se tranquilizó. En su mochila cargaba los materiales que usó en su trabajo durante los últimos cuatro años. Ella era maestra de primaria y estaba a cargo de los alumnos de 3º B. Bueno, mejor dicho, fue maestra de primaria.

Después de terminar la licenciatura en Pedagogía, Ximena participó en la convocatoria para conseguir una plaza en una escuela pública. Ella reconocía que era estudiosa y su memoria era buena, pero no pensó que tendría la suerte suficiente para conseguirla en el primer intento. Para su sorpresa, el destino le mostró que se equivocaba y fue recompensada con su primer empleo.

El trabajo era extenuante y le pagaban apenas lo suficiente para cubrir la renta de un pequeño departamento que quedaba a hora y media de distancia de la escuela. Pero era su trabajo, era su “huevito”, eran sus estudiantes, era su salario. Además, le emocionaba tener un empleo fijo a tan corta edad y la posibilidad de jubilarse. No era un futuro glamoroso, pero era su futuro.

Un martes, hace poco más de un año y mientras los niños estaban en clase de educación física, una compañera le gritó a Ximena para que fuera a la dirección porque tenían que afinar unos detalles para la ceremonia de graduación en julio. Ximena se levantó con prisa y, cuando abrió los ojos, descubrió que se había teletransportado a la camilla de la enfermería.

Otra maestra le explicó que, cuando no respondió, se asomaron al salón para ver si algo había sucedido. Ahí encontraron a Ximena inconsciente en el piso. Ella seguía agradecida con el hecho de que ninguno de sus alumnos tuvo que verla en ese estado.

“Tal vez fue la presión, tal vez fue el azúcar, tal vez me pasé de desvelada esos días”. Ximena pensó en mil razones y a ninguna le dio importancia. Eso fue hasta que se volvió a desmayar en su departamento mientras hacía la limpieza. Y otra vez más en casa de sus padres. Esa vez fue porque saltó de su cama al escuchar el timbre del teléfono.

Ximena consultó con tres doctores que le dijeron más o menos lo mismo: “tus estudios y signos vitales se ven normales, tal vez es ansiedad, dar clases puede ser estresante”. Ella conocía de sobra lo que era el estrés y sabía que esto no era sólo ansiedad.

El siguiente ciclo escolar empezó con cierta normalidad (mejor dicho, Ximena supo aparentar cierta normalidad). Evitó decírselo a alguien el mayor tiempo posible, pero los dolores de cabeza cada vez eran más frecuentes, el aire se le iba por las razones más ilógicas y a veces le daba taquicardia, incluso cuando estaba quieta. Cada tanto el cuerpo le molestaba como si le fuera a dar gripe, pero nunca se enfermaba. El dolor iba y venía.

Con el paso de los meses, Ximena se sintió cada vez más cansada y no importaba cuánto durmiera los fines de semana y cuántos días libres pidiera: parecía que nunca se recuperaba. La fatiga mental la desconcertó mucho. A veces sentía que el internet en su cabeza tenía fallas y las ideas no le llegaban, ni salían a tiempo.

Un sábado, mientras esperaba que bajara un poco el dolor en sus piernas para lavar los trastes, Ximena se atrevió a pensar en lo que sucedía. ¿Sería posible… que sus aflicciones siempre estuvieran ahí? ¿Desde hace años? La vida en la Ciudad de México siempre ha sido caótica. La vida de los maestros siempre ha sido difícil. La vida de las mujeres siempre ha sido complicada. “Creo que siempre me ha dolido la cabeza, pero pensé que a todos nos dolía igual…”, caviló.

Poner su situación en perspectiva la dejó fría.

Si bien es cierto que ninguna de sus amigas era millonaria y vivía sin preocupaciones, sus realidades nunca habían sido las mismas. Ximena sólo aceptaba salir los viernes o sábados porque entre semana estaba demasiado agotada, ella siempre era la que faltaba a los planes más aventureros (“¿cómo que la gente camina bajo el sol durante horas por gusto?”) y no conocía a otra persona que supiera acomodarse su propio hombro porque a veces “se le salía de lugar”.

“¿Y si nunca fui normal?”. Unas lágrimas silenciosas cayeron sobre el sillón. Ya habían pasado 30 minutos, todavía le molestaban las piernas y levantarse se sentía como una tarea sobrehumana. Y ni siquiera la esperaban tantos trastes.

———

Ximena abrió la puerta de casa de sus padres y dejó caer su mochila. Sus hombros gritaron de alivio. Estaba acalorada, sudada, adolorida, harta y triste, muy triste. Sólo quería cambiarse la ropa y comenzar un proceso de fosilización en su cama.

—¿Xime? ¿Ya llegaste? ¡Ya casi está la comida! —gritó su madre desde la cocina.

Su mamá fue quien más se preocupó cuando Ximena se resignó a hablar de sus síntomas con su familia, sobre todo por la taquicardia. A un tío suyo le pusieron un marcapasos hace unos años, así que no permitió que su hija siguiera en negación y fingiendo que no pasaba nada.

—Gracias, mami. Deja me acuesto un rato y ahorita voy.

“Deja descanso un rato y ahorita lo hago” se había convertido en una de sus frases más usadas, junto con “perdóname por la molestia”.

Después de tomarse medio litro de agua de golpe, Ximena se puso un par de pants, una playera vieja y subió a su cama como quien llega a la cima del Monte Everest con todos los miembros congelados.

El director de la escuela donde laboraba no dio rodeos: Ximena ya no daba el ancho para lo que se esperaba de su puesto. Aunque su actitud hacia los niños era ejemplar, cada vez pedía más días para quedarse en casa y apenas estaban en la mitad del ciclo escolar. Sus compañeras más cercanas no se quejaron de que ahora la ayudaban a calificar exámenes y tareas, pero tampoco ocultaron que eso les extrañaba.

“Es que antes no eras así”, le dijeron. “Es que antes no eras así, es que antes no eras así, es que antes no eras así, esqueantesnoerasasí, esqueantesnoerasasí, esqueantesnoerasasíesqueantesnoerasasí”. Eso mismo se repetía Ximena desde que salía el sol y hasta que conciliaba el sueño.

Lo mismo volvió a pensar ahora, mientras consideraba que comer y bañarse seguro consumiría el resto de energía que tenía para el día. “Qué humillante”, se volvió a decir a sí misma.

Ximena sabía que era rarísimo que alguien renunciara a una plaza docente, que tal vez podría pedir que la cambiaran de área para encontrar un puesto menos demandante. En su interior la asfixiaba la culpa y el miedo; el miedo de intentarlo y volver a fracasar. Aunque ninguno de sus seres queridos estaba de acuerdo con su postura, ella decidió darse de baja del sistema. Lo único que deseaba era huir.

Ximena dio todo de sí para pedir la menor cantidad posible de ayuda a otras maestras durante esos meses. Lo logró: entregó todos sus pendientes en tiempo y forma, y ninguno de los padres y madres de familia sospecharon que la maestra de sus hijos atravesaba un terrible momento canónico. En secreto, Ximena cada día se sentía peor y en múltiples ocasiones se preguntó si despertaría al día siguiente (o si querría hacerlo).

Al terminar la ceremonia de graduación, Ximena se encerró en uno de los baños del plantel y lloró mientras escuchaba las conversaciones alegres que llenaban el patio de la primaria.

Una de sus amigas del trabajo le guardó los materiales para manualidades que dejó en su salón. A Ximena se le olvidó recogerlos en su último día laboral y sintió tanta pena de volver a pisar ese lugar en su estado actual que prefirió ir a la casa de su amiga para recogerlos, aunque le quedaba todavía más lejos.

El contrato de su departamento terminaría dos meses después de quedarse desempleada. Ximena tenía dinero suficiente para pagar ese periodo, pero nada más, así que aceptó la propuesta de su madre de regresar a la casa familiar en lo que la situación mejoraba. Su padre era un hombre de pocas palabras, pero abrazó con fuerza a su hija cuando la dejaron en la puerta de “su huevito” después de acompañarla a realizarse otro estudio sanguíneo.

El primer mes sin trabajo lo pasó acostada. ¿Estaba deprimida o era que su cuerpo ya no daba para más? Seguramente ambas. Sobrevivió a base de fideos instantáneos y fruta congelada.

Para el segundo, Ximena tuvo que deshacerse de la mayoría de sus muebles. Vendió el refrigerador que siempre tenía porciones de flan para tiempos difíciles. Vendió el sillón en el que vio montones de películas a las dos de la mañana cuando estaba de vacaciones. Vendió la pequeña mesa de comedor con una sola silla en la que calificó cientos de exámenes y donde platicó de todos los temas imaginables con sus amigas.

Ximena no quería que su madre la viera (de nuevo) con los ojos rojos de tanto llorar, así que recurrió a uno de sus trucos favoritos para sentirse mejor: escuchar una lista de reproducción de pop del 2000.

La playlist llegó a un tema de La Quinta Estación. “Hoy te intento contar que todo va bien, aunque no te lo creas”. Ximena había escuchado esa canción un aproximado de 300 millones de veces, pero esta vez algo atrapó su atención de forma distinta.

“Hoy los buenos recuerdos se caen por las escaleras. Y tras varios tequilas las nubes se van, pero el sol no regresa”. Parecía que las lágrimas que de repente brotaron de sus ojos no dejarían de salir jamás. Ximena sabía que esa canción hablaba de un desamor. Sin embargo, sintió que ella también se despedía de alguien a quien conoció durante toda su vida, alguien a quien dio por sentado, y que no sabría qué hacer con el hueco de esa ausencia.

———

Ximena ahora era dueña de una tristeza que nadie a su alrededor comprendía. Mucho se habla del duelo que se atraviesa cuando alguien amado fallece, pero no de aquél que aparece cuando la vida, el cuerpo y la salud cambian para siempre. Despedirte de una parte de tu existencia cuando tú sigues aquí es un sentimiento difícil de expresar y asimilar.

Las mejores amigas de Ximena le decían que se cuidara y que esperaban que se recuperara pronto para volver a dedicarse a lo que ama. Ximena sólo sonreía y les agradecía. Sabía que se lo decían con cariño y buenas intenciones, así que no tenía idea de cómo decirles que nunca se iba a recuperar.

Después de hacerse decenas de exámenes médicos y no encontrar respuestas concretas, Ximena se animó a investigar por su cuenta. Terminó en un grupo de Facebook donde otras personas (en su mayoría mujeres) compartían experiencias similares a la suya; sus síntomas variaban, pero las emociones eran las mismas. Una señora mayor que ella le recomendó a una cardióloga que tal vez podría ayudarle.

En la consulta, Ximena le contó a la doctora toda su historia. Al final le dio pena porque se sintió más en un consultorio psicológico que en un hospital. La cardióloga observó durante unos minutos sus notas y los documentos que llevó su nueva paciente. Ximena sudó sin parar mientras esperaba que terminara ese silencio.

La doctora le dijo que necesitaría realizarle unas pruebas más para estar segura, pero que sospechaba que podría tener Síndrome de Ehlers-Danlos del tipo hipermóvil.

Ximena sintió que le hablaba en otro idioma, con tantos conceptos que nunca había escuchado. Lo que alcanzó a entender fue que el tejido conectivo que había en todo su cuerpo no funcionaba como debería y eso le provocaba una multitud de malestares que, bajo otras circunstancias, parecerían no tener conexión entre sí. La cardióloga le explicó que se trata de una condición rara y puede ser complicada de diagnosticar, sobre todo si ni siquiera sabes que existe.

La buena noticia fue que existen medicamentos, tratamientos y hábitos para mejorar la calidad de vida de las personas con Ehlers-Danlos. La mala noticia fue que ese síndrome es incurable, así que no tendría más remedio que aprender a convivir con él.

Su mamá se confundió cuando le contó la situación al encontrarse con ella en la sala de espera del hospital. Su papá también se confundió cuando ambas platicaron con él durante la cena. A pesar de que nadie sabía cómo reaccionar, Ximena sintió que la carga sobre sus hombros pesaba 10 gramos menos.

Con el paso del tiempo, Ximena aprendió más sobre su condición. A veces la invadía una frustración colosal porque otras personas de su edad no tenían que considerar hasta el más mínimo detalle de sus rutinas para evaluar si eso les causaría problemas unas horas después. Ella se convirtió en su propia micro mánager, las 24 horas y los siete días de la semana. Sin vacaciones y sin poder silenciar la conversación.

Era deprimente, cansado, inusual, cansado, desalentador y cansado. No obstante, Ximena no podía ignorar que ya se sentía mejor que antes (no “bien”, pero sí “menos mal”). A veces no sabía qué era más complicado: si los constantes experimentos para encontrar los medicamentos ideales para ella o hacer las paces con un cuerpo que no le agradaba del todo, pero que igual merecía respeto y cariño.

Una de sus ex compañeras del trabajo le sugirió que podría dar clases de regularización en línea. Ximena se atrevió, después de mucho tiempo de no hacerlo, a soñar con algo; a considerar un poquito que el mañana podría tener algo más que fisioterapia y pastillas para el dolor. Tal vez el futuro no se vería como ella lo había planeado, pero tal vez habría algo ahí para ella. No sabía qué, pero algo.

Los buenos recuerdos seguían cayendo por las escaleras y el sol aún no regresaba, pero el cielo sí se despejaba a ratos. Y eso era suficiente, tenía que ser suficiente, al menos por ahora.



Lilian Pérez escribe desde que fue poseída por el demonio de la literatura y muchos años después se volvió licenciada en Comunicación. Ha trabajado como redactora y guionista en medios digitales. Hasta la fecha es incierto si es humana o cinco conejos escondidos bajo una gabardina.

Arte: Michael Anker, Chica enferma

Entrada previa La amenaza
Esta es la entrada más reciente.

Sin comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *