por Jacqueline Peralta
Nuestro pueblo heredó la leyenda de Almita, una mujer que supuestamente le había vendido su alma al diablo. Todo cuadraba, desde su nombre, hasta los hechos que acontecieron después. Ella estaba casada con Don Samuel, un hombre que era veintiún años mayor que Almita; los habían casado cuando él tenía treinta y seis y ella, quince. Él le había construido una casita, allá, cruzando el cerro. Vivían con sus gallinas y sus vacas en un lugar que se veía siempre verde, bien cuidado.
Dicen que Almita era muy hermosa y que tal belleza era un préstamo del diablo, pues su abuela tenía fama de bruja y tanto ella como sus hijas, eran también muy bellas. En cambio, la bisabuela de Almita, dicen, había sido de una fealdad resignada, con esa facha de las mujeres que, a fuerza de esconder su cara, se ganan el cielo.
En el pueblo todos los hombres palmeaban la espalda de Don Samuel por conseguirse muchacha tan bonita, pero disimuladamente escondían una envidia enraizada. Ninguno de ellos entendía cómo un tipo tan poco agraciado había conquistado a semejante muchacha. A ella, en cambio, le llovían los rencores: el de los hombres, resentidos por su rechazo, y el de las mujeres, por ver en sus maridos un brillo que en sus casas ya nunca se encendía. Sin embargo, todos se alegraban del cual, para ellos, era el único defecto que ella tenía: se embarazaba, pero siempre perdía a sus hijos.
La primera vez que Almita se embarazó todavía tenía quince años, pero a los seis meses de embarazo, las cortinas de la casa del cerro se cerraban por completo. Nada más se le veía a Don Samuel andar por el pueblo sólo y semanas después, Almita ya reaparecía: inhabitada, con las manos vacías, la mirada desierta y sin bebé. En las calles chismorreaban que el diablo no cobra en oro, sino en carne tierna, pero Don Samuel contaba que Almita había perdido a la criatura así nada más, de la noche a la mañana. Después de eso, dicen que ella se embarazó otras dos veces y las dos veces volvió a pasar lo mismo: alrededor del sexto mes, desaparecía un tiempo y reaparecía, ya sin rastro de barriga ni de bebé.
Por las cocinas corría el rumor de que era castigo por venir de su abuela, la bruja, y por haber vendido su alma al diablo para ser la más bella del pueblo. «¡Qué casualidad!», decía la gente, «tres veces perdió a sus bebés y todos a los seis meses». Se murmuraba que era el diablo cobrando lo que le tocaba como parte del trato por la belleza que le había fiado.
Como el vientre de Almita no daba frutos, el pueblo le otorgó a Don Samuel el secreto permiso del desahogo. Por eso nadie se escandalizó cuando sus pasos empezaron a desviarse hacia los brazos de Refugio, una chiquilla tan joven como brote tierno en el campo. Todos en el pueblo hablaban de eso a viva voz, pues aseguraban que Don Samuel merecía una tierra que sí fuera fértil.
A los pocos meses, corrió el rumor del embarazo de Refugio. Aquello fue el gran escándalo de la época: ella; joven y soltera, y los papás le achacaban el bebé a Don Samuel. Él lo negaba, aseguraba querer mucho a Almita y mantenía la esperanza de que ella por fin le diera un hijo. Y la gente más se enojaba con Almita.
Don Samuel y Almita siguieron juntos y a Refugio, según, la mandaron a vivir con su abuela a otro pueblo antes de que el vientre la delatara; ya nunca la volvieron a ver. Aquí en el pueblo la gente decía que Almita había empujado a su marido a buscar calor en otros parajes. Tras el destierro de aquella muchacha, la casa en el cerro comenzó a enmudecer.
Almita siempre cargó con el peso de los hijos que no podía tener y de la niña que el pueblo prefería para su marido y que de todas maneras eligieron olvidar. Almita, sin embargo, fue perdiendo el color al igual que la casa que habitaban, la cual figuraba haber sido excluida por el verde cerro, que dejó la vivienda rodeada de maleza seca y paredes descarapeladas por el sol. A ella también se le fue secando la mirada y la figura; ya casi no se le veía alimentar a las gallinas; si acaso se adivinaba su silueta tras el opaco vidrio de la ventana, pareciendo espectral, frágil y gris como las maderas de su casa.
Su belleza se había convertido en una sombra hasta que, en una noche de abril, el cerro escupió fuego. La casa donde vivían ardió desde los cimientos, como si el calor del subsuelo buscara desentrañar lo que estaba oculto. Al disiparse el humo, la tierra calcinada reveló pequeños montículos, alineados como cajas de zapatos bajo el suelo. La gente que se acercó horrorizada, santiguándose ante los escombros, aseguró que eran los tributos que Almita le pagaba al diablo.
De ella no quedó ni el rastro. Supusieron que el diablo le concedió vivir por el trato que tenían y que Almita había huido a encandilar a otro hombre. Todos lamentaron el infortunio de Don Samuel, quien, según ellos, no sólo logró sobrevivir al incendio sino también a la mala vida que Almita le dio.
A nadie le extrañó la prisa con la que Don Samuel removió la tierra y levantó muros nuevos sobre las cenizas de su pasado. La madera fresca de la casa tardó pocos años en tostarse por el sol, mismos años que él tardó en meter ahí a Inocencia, una muchachita igual de joven que las anteriores y cuya piel tierna ya contrastaba con la de Don Samuel. El pueblo le dio a ella su bendición de buen agüero. Pero la historia tiene memoria. Cada vez que Inocencia se embarazó, le siguió el mismo destino de apagarse antes de tiempo. Era como si la vida o Dios estuvieran en contra de hacer feliz al desgraciado.
Hoy, después de tantos años en este pueblo que habitamos, yo miro a Inocencia ya marchita y solitaria, asomándose por una ventana como se le veía a Almita y ahora creo que ella no era bruja ni le vendió su alma al diablo. En realidad, fue algo mucho peor: regaló su alma y se la regaló a un hombre.
Jacqueline Peralta Velázquez (Baja California Sur, 1994). Literata, editora, correctora de estilo, juez en concursos literarios estatales y profesora de literatura, español y ortografía. Ha trabajado para el Instituto Sudcaliforniano de Cultura en el área de fomento editorial y ha publicado poesía y artículos en revistas literarias como Irradiación, Narrativa, Marabunta yen Librópolis de Universo de letras UNAM.
Arte: Juan Rulfo
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