La amenaza


por René E. Peregrina


La noche se asomó al borde del horizonte mientras, al otro lado, un atardecer moribundo era devorado entre los cerros y sus colmillos verdes. Aquel color negro tardó unos minutos en ahogar todas las casas de San Miguel; para las ocho, quien quisiera tener luz, debía encender un foco o una vela. Eso hizo don Luis, el viejo que vivía solo al borde de la represa. Con el amparo de las lámparas el anciano se regaló un momento para mirar al mundo. Sus ojos, sostenidos de un mar de arrugas, estaban firmes frente a la bocanada de la noche; sólo se movían para bajar la mirada y recoger la imagen de la Negra. Aquella perra era su única familia desde hace años.

A la hora de la cena, mientras don Luis cortaba una tortilla con sus manos, su compañera soltó los ladridos que exige el miedo en los perros. Nada pudo hacer el hombre para callarla, así que terminó por mandarla al carajo y amarrarla en el cobertizo antes de irse a dormir. Fue en el silencio de esa obscuridad que Negra pasó de la furia, a arrinconarse en el fondo del pequeño cuarto. Luego, partiendo el sueño de don Luis, llegó un ladrido manchado de dolor.

El hombre caminó descalzo, las prisas lo exigían, sosteniendo un machete; eran unos dedos seguros de sí mismos, tanto cómo el oficio de su vida (cortar café), le había enseñado. Cada paso era firme; no se escuchaba gota de ruido en su andar. Frente al cobertizo un serpenteo bastante humano mordió su espalda antes de girar la perilla. Nunca ese viejo había tenido tal consciencia de su cuerpo; conocía la consistencia de sus latidos y hasta la distancia del vapor que se dibujaba frente a su boca; podía medir el ángulo de elevación de sus costillas al respirar (dos dedos suyos); sabía la fuerza y movimiento exacto para cortar sin herir su propia carne. Entendió que era el aroma a muerte que susurraba a su oído. Aun así, giró la mano; uno por su gente se arriesga todo. Tras la puerta lo primero que vio fue un charco rojo y luego pedazos de perro entre los apéndices… No hubo tiempo para más, de inmediato su cabeza cayó al piso.

En los días siguientes llegaron las muertes de los Aguilar y los Martínez. La primera era una casa de cuatro gentes y la otra de cinco. La policía montada buscó al culpable; al inició lo hicieron con calma y luego a fuetazos y golpizas. No hubo respuestas. San Miguel queda muy lejos, tanto, que si no fuera por el lago que dio lugar a la represa, nadie del estado se acordaría del pueblo; por eso no pensaron en pedir ayuda, nunca la habían recibido. Se dieron cita en la iglesia, único lugar donde caben los cuarenta y tres habitantes de la comunidad. Asustados vieron que no sólo faltaron don Luis, los Aguilar y los Martínez, tres familias más estaban ausentes. Decidiendo que los que quedaban se estarían ahí, el comandante salió con sus cinco hombres, a lo que fuera que debían buscar, para zanjar lo que estaba pasando.

A la siguiente mañana, con la llegada del amanecer no hubo gallo que anunciara el sol. Sobre la faz de San Miguel no quedaba alma que siguiera respirando. Y así encontraron esa ausencia seis meses después los trabajadores que subieron a revisar las bombas de la represa. El grupo caminó dentro del pequeño palacio municipal y de algunas casas buscando a la gente. Inquietos, el último lugar donde decidieron buscar, fue en el templo que descansaba frente al parque. Tras las puertas de madera (el crujir de fibras fue un ronquido que espantó algunos animales y a los propios hombres), ocultos de toda luz, encontraron esparcidos los restos de lo que alguna vez fueron cuerpos; ni siquiera las hormigas se atrevieron a tocar esa carne. Las manchas ya no eran de un color vino, sino que manchones cobrizos pintaban los muros del lugar; el rostro del cristo coronaba la escena con un dolor más real que sus cicatrices de yeso.

Nunca se supo que pasó. Fue cómo si una amenaza invisible se hubiera posado sobre San Miguel y no hubiera descansado hasta terminar con todo.



René E. Peregrina (1993). Gestor cultural, cuentacuentos y escritor; destaca su labor de co-coordinador de Jornadas Culturales (grupo que ha organizado publicaciones escolares, exposiciones, festivales artísticos y concursos de música). Sobre su obra, el año pasado publicó “La ciudad tiene rostro” (2025), libro de cuentos con Pinos Alados Ediciones.  Fue miembro de los diplomados de Creación literaria por parte del Instituto Nacional de las Bellas Artes (2025) y Periodismo Cultural por parte del Centro de las Artes de Veracruz (2024).

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