por Lu Mejía
para Momo, Rancherito y Pionono
I
Los como maullidos comenzaron alrededor de las diez de la noche. Caía un diluvio extraño para el mes en el que estábamos. Yo le había quedado a deber a mi cliente un trabajo, el mismo cada mes, la entrega a la misma hora. Nunca le había fallado, pero me habían dicho que este era muy especial y podía cobrárselas luego si no cumplías. Estaba muy preocupado por que la lluvia y el viento no fueran a dejarme hacerlo, porque la pintura no terminaba nunca de quedarse en su lugar. “Oye, ¿todo bien? Parece que está lloviendo fuertísimo”, alcancé a escuchar a Karla, mi hermana, del otro lado de la línea en nuestro círculo de lectura improvisado. Durante los primeros minutos pude ignorar el ruido, pues casi estaba acostumbrado por los inquilinos que solía tener en el cuarto de la azotea, pero nunca había sido tan potente. Los gatos de alrededor estaban acostumbrados a llegar a la azotea y el sonido podía ser muy fuerte. Siempre me pregunté por qué les encantaba tanto precisamente mi casa. Me puse los audífonos para dejar de oír el escándalo. Fue como si el sufrimiento de esos seres taladrara mis oídos, casi como si anidara en mi cabeza. Debido a todos los trabajos que acepté para pagar las deudas acumuladas por mi reciente hospitalización, cargaba con un par de noches sin dormir y era más cansancio que persona. Tenía mucha suerte de que mis papás me dejaran vivir en la casa del pueblo que no usaban desde hace años, cuando intentaron extorsionarlos para venderla. Pese a que estaba muy desconectada de todo y debía ir lejos a comprar despensa, no podía quejarme, porque no habría logrado pagar una renta.
Al cabo de unos minutos, sentí cómo mi corazón se volvía agua a causa del estrépito. Mis hombros y mi cuello se tensaron y me dieron unas ganas de llorar tan grandes que dolían. Habría podido jurarlo, apostar todas mis cosas y hasta arrancarme un dedo por ello: el ruido del cuarto era distinto. No podía ser un gato. Yo lo sabía bien, ellos no suenan de esa forma. Se escuchaba como si un bebé llorara, como si alguien o algo le estuviera haciendo cosas indecibles y él, impotente, sólo pudiera desgarrar su garganta esperando ayuda. Podía imaginarme el dolor y el esfuerzo en sus cuerdas vocales, verlas tensarse en su desesperación.
Casi sin darme cuenta, como guiándome por una voz que no escuchaba, pero intuía, aventé los audífonos a un lado y colgué la videollamada. Abrí la puerta de mi pieza, atravesé la sala-comedor y salí de la casa. Fui hacia las escaleras en espiral que se encontraban a las espaldas de mi habitación y subí corriendo al cuarto de la azotea que se inundaba siempre por las enormes goteras en el techo y los huecos para las pequeñas ventanas que jamás pudimos poner. El sonido de la lluvia alimentaba mi desesperación mientras intentaba abrir la puerta negra. Otra vez se había atorado la cerradura. Me dolían los dedos ya de tanto teclear y no dormir. Imaginaba que se me desprenderían las falanges distales en mi esfuerzo por que se abriera, sentía mis músculos luchando para no separarse. Cuando al fin logré abrirla, se encontraban ahí, justo enfrente, en la entrada del cuarto que hacía las veces de almacén.
Pese a que se veían débiles y adormilados, la mamá era muy desconfiada y fue difícil llevarla hasta la casa. Serví un poco de leche en un plato que coloqué en el piso y ella, desesperada, se bebió casi toda de una sola vez cuando quité de su hocico la tela que lo mantenía cerrado. Algunas personas son unas bestias. Lo siento, le dije, mientras me limpiaba la nariz a causa de la alergia, mañana te daré algo más. Volteó a mirarme, dócil, pero luego intentó morderme. Entonces recordé que algunos animales podían portarse así por el miedo. Volví a colocarla entre sus dientes y afiancé los nudos de sus extremidades. No podría ayudarla si se me escapaba… y necesitaba mucha ayuda. El recién nacido no dejaba de succionarle la vida a través de los pezones.
Mientras avanzaba en uno de los pocos proyectos que estaban a tiempo, los veía a los dos de reojo en ocasiones solo para asegurarme de que estuvieran bien y no hicieran nada para meterme en más problemas. Imaginaba que ella había vagado llorando en varias otras casas del pueblo hasta llegar aquí, la más alejada. Posiblemente muchos los habían escuchado llorar antes que yo y no le hicieron caso. Me hizo pensar en la lejanía de las personas, en su indolencia. Es como si la ayuda les fuera tan lejana y difícil que fuera imposible. La llamé así por el punto Nemo: el lugar en el océano más lejano de las costas, propiedad de nadie, donde todos dejan su basura espacial. El punto de no-homo, de no hombre. El punto de nadie. Es algo que todo mundo sabe que existe y en ocasiones emite sonidos sutiles que nunca escuchamos y de los cuales solo tenemos conocimiento por aparatos de medición. Porque eso era para todos los que la ignoraron, en eso nos parecíamos: éramos nadie. Nadie. Y el lugar donde nos encontrábamos, esta casa de mis padres, parecía a la vez ese punto, casi alejado de todo, en el rincón de un pueblo cuya única curiosidad era que casi todos se dedicaban a la fabricación de trofeos. Eso y que había gatos por todas partes.
Al recién nacido no le puse nombre por temor a encariñarme y por su falta de independencia. Era únicamente otra extremidad de su madre. Pronto debería fotografiarlos, y entonces se irían.
No sabía muy bien, además del trabajo, la reclusión y el insomnio, qué sería de mi vida esa semana. Sólo había tres cosas seguras: no podía mantenerlos a ellos en mi cuarto ni darme el lujo de recaer por la alergia con tantos trabajos pendientes, y ella necesitaba mucha comida: sus costillas se marcaban. Me dolían los huesos de los costados con el hecho de verla ahí tirada, amamantando a su bebé. Como la noche pasada, el sueño me atrapó sobre el escritorio, frente a un trabajo sin terminar. Escuché ruidos mientras dormía: rasguños, mordeduras y maullidos o quizá incluso la voz de un bebé que llora. Pese a haberlo intentado con todas mis fuerzas, no pude despertar a ver qué sucedía.
II
“¿Todo en orden?”, me escribió mi hermana, “te desapareciste de repente. Pensé que se te había ido la luz, el internet… o que necesitabas espacio”. No sabía bien cómo explicarle. “Ntp, todo ok. Es que ves que el cuarto siempre está lleno de gatos y por eso no subes, pues adivina qué… en el cuarto había una mamá y su bebé… Los bajé a la casa”, le escribí. Le conté que estaban haciendo mucho ruido y se veían muy flacos. La mamá, pese a la desnutrición, buscaba todo el tiempo quitarse las telas de las patas y el hocico para escaparse. Le pregunté a mi hermana si me ayudaba con la jaula que llegaría junto con las correas que pedí para tenerlos más cómodos y que no se lastimaran las patitas. En pocas palabras, me dijo que no mamara, que cómo se me ocurría eso si ella es todavía más alérgica que yo a los gatos: apenas los toca, se le hinchan los ojos, las manos y empieza a respirar con dificultad. Cuando todavía vivíamos juntos con mis padres, solíamos bromear con ellos para molestarlos; les decíamos que teníamos alergia a la vida y posiblemente eso hacía sentido con la depresión, la alergia estacional en primavera y a los pelos de animales.
Le dije a Karla que no se preocupara. Los dejaría ya con sus correas en mi cuarto mientras armábamos la jaula. No tendría que verlos siquiera. En realidad, no dijo que sí, pero tampoco tenía opción. Le tocaba venir mañana a verme de todas formas. El hecho de que yo le avisara era una mera cortesía.
Todo fue muy rápido. Para cuando ella llegó, ellos ya estaban en el cuarto, dormidos debido a la leche caliente con calmantes que les había dado, atados a la base de la cama por si se despertaban. Mi hermana entró muy entusiasta y dejó la puerta abierta, como siempre. Odiaba que hiciera eso, dejar las puertas abiertas. La jaula era enorme —Karla y yo cabíamos sentados en el interior—, porque odiaba pensarlos aburridos, encerrados y sin poder ni siquiera estirarse. Además, me facilitaría entrar a limpiarles en caso de ser necesario. Mientras armábamos la jaula, hablamos de mis padres. Me contó que estaban bien, aunque algo preocupados por lo que pasó en el hospital. Me dijo que les había contado acerca de los gatos y prometió enseñarles a usar WhatsApp para que me escribieran. Luego de un rato, empezamos a estornudar. Imagínate si estuvieran afuera… me muero, dijo. Bueno, pero pido primeras, contesté. Reímos.
Me pidió tomarles fotos o videollamarla para conocerlos. Seguramente a mis padres también les encantaría verlos. Evadí el tema lo más sutilmente posible y la invité a comer al tianguis en el centro del pueblo, a unos treinta minutos a pie desde la casa.
Esa noche otra vez me desvelé en otro proyecto. Iba con mucho retraso ya con las fechas de entrega que había acordado con uno de mis clientes, pero las lluvias constantes me impedían hacerlo por completo. Quizá debido a los ruidos cotidianos, durante el día no me daba cuenta del sonido de esos seres. Pero durante la noche, cuando las aves por fin iban a dormirse, silenciosas, pese a los audífonos y la música, escuchaba los casi gritos, los rasguños a la pared por entre las rejas metálicas de la jaula… No entendía lo que pasaba: tenían espacio, comida, un arenero…
El mensaje de mis padres en el nuevo grupo de WhatsApp me tomó por sorpresa. Me pedían fotos de la mamá y el bebé y me daban recomendaciones para la alergia, pero el trabajo que estaba haciendo era urgente y me causaba ansiedad el sonido de cuando vibraba mi teléfono, el ruido del rasgueo y el cúmulo de entregas atrasadas. En esa agencia. Todo. Siempre. Era. Urgente. Quité el sonido y la vibración del celular. Por supuesto que no iba a desperdiciar mi tiempo tomándoles fotos ahora. Si lo hacía, tendrían que irse ya. No iban a quedarse, claro. ¿Qué iba a hacer con ellos? Yo no podía cuidarlos, claramente, y mucho menos con esta alergia. Pero todavía no podía tomar las fotos. Me faltaba tiempo.
III
Casi podía imaginar sus garras desplegándose para rascar la pared en la que la jaula estaba fijada. Podía ver como en cámara lenta su filo rasgar la pintura, incluso arrancando restos de tierra. Me era imposible evadir su insistencia. Me había dormido sin darme cuenta. Me despertó el sonido. En ocasiones dudaba, dudaba de si realmente había sonido tal o eran mis nervios y el poco sueño. Comenzaba a dolerme el dedo anular, tal vez por vivir tecleando por el trabajo.
Me quité los audífonos y caminé hacia la puerta con todas las dudas. ¿Cómo es que podía escucharla a través de la madera y los cascos? ¿Qué estaban haciendo? No sé cuánto tiempo estuve de pie frente a la puerta que separaba mi cuarto de la sala-comedor antes de tener la fuerza. Me dolió el brazo al levantarlo para tomar el pomo de la puerta. Es como si se resistiera a hacer la simple acción que llevaba realizando todos los días desde hace años, como si algo en su intuición o en sus tejidos le advirtiera. Era estúpido, ¿a qué podía tenerle miedo? De un momento a otro, perdí la vista. No, no, no, no, no. No otra vez, me dije. No otra vez. No otra vez. Comencé a morder mi dedo índice doblado como cuando me entraba un ataque de ansiedad. Quería llorar, pero el dolor me ayudaba a mantenerme en el presente. Respiré profundo como me habían enseñado y conté. Palpé la pared en la que me había recargado. La luz volvió. Me reí aún con una lágrima pendiente en el ojo izquierdo. No había pasado nada: me había recargado en el apagador sin percatarme. Todo estaba bien.
Respiré profundo. Abrí la puerta. Estaba oscuro y mis ojos no se acostumbraban, pero el apagador se hallaba del otro lado del cuarto, justo en la entrada a la cocina. Pensé en volver por mi teléfono y usarlo de lámpara, pero todo se enrareció de pronto, fue como si el siseo de la sala se acercara y el paso de las horas hiciera que a lo lejos, en el espacio o en una dimensión desconocida algo subiera el sonido. El crujido o ronroneo era raro, como si un rufián robara el ruido de relojes rastreros y garras que reclaman mi rostro y mis lágrimas, que renqueantes le ruegan silencio. Y sí, sí pasaron, pasaron las horas no en silencio. Y el sonido aumentó su volumen hasta pausarse.
Esta vez escuché golpes. Golpes secos, continuos, rituales en la misma pared que habían rasgado. En la única pared que hacía contacto con la jaula de esos seres. Era un eco constante de los nuncas, un recuerdo de cosas que no caben ya en la vida. Un como espejismo sonoro que retumba en la cabeza de quien oye, pero también en las ventanas, pero también en el cuarto y en la calle. Y parecía re tumba el mundo. Y el bebé maulló y rompió el planeta con su sonido de hambre. Y el golpe continuó su ritmo desbocado. Y los que habitan la sala gritaron con sus gargantas y con sus garras y también tal vez con su pelaje. Y sus lágrimas y sus gruñidos eran sangre. Y yo podía tocarla en las paredes resbalosas mientras avanzaba hacia ellos a tientas. Y no podía mirarlas, pero sabía que las paredes eran rojas.
Abrí los ojos. El sueño había sido tan vívido que dudaba de ahora sí estar despierto. Tenía miedo de estarlo, pero también de seguir dormido. Apenas podía respirar, mi pecho emitía un ruido agudo, histérico. Traté de contar mientras inhalaba y exhalaba. Me quité los audífonos y sentí como si estuviera en una especie de bucle, como si fuera un deja vu. Quería romperlo, que fuera distinto. No se escuchaba ningún ruido esta vez. Vi la hora en mi teléfono. Las tres de la mañana. Generalmente a esa hora el ruido de sus gargantas era insoportable, pero cualquier ruido era apaciguado por el escándalo de la lluvia y del granizo golpeando la ventana junto a mi escritorio. ¿Qué le pasaba a este mundo en plena primavera? Tenía varias llamadas perdidas de mis padres en la aplicación. “Todo bien. Me dormí un ratito”, les escribí, “Mañana les envío las fotos”. No lo estaba imaginando. No. Traté de consolarme y convencerme de que había sido un sueño. Me acerqué a la entrada y me obligué a alzar la mano para abrir la puerta. Era tan grande la resistencia de mi brazo que lastimaba. Quería llorar. No sabía si realmente quería saber lo sucedido al otro lado, la escena. Pero lo necesitaba. ¿Cómo podría seguir sin saberlo? Debía convencerme, asegurarme de que todo estaría bien del otro lado del umbral. Todo esto era estúpido. Conté hasta tres. Respiré profundo. Abrí la puerta.
La luz de mi cuarto iluminó la sala parcialmente. Un rasgueo leve, pero constante se escuchaba sobre el estruendo de la tormenta. Me sudaban las manos. La uña de mi dedo anular me lastimaba al chocar contra la tela de mi pantalón. Conforme más me acercaba más fuerte se oía el rasgueo en mi cabeza, más apresurado, y más me lastimaba el dedo. No alcanzaba a ver mucho realmente, pero sí me imaginaba a Nemo amamantando al sin nombre, tanto como para plasmar la imagen en mi pupila. Eso bebía de sus pezones y ella estaba como siempre, como muerta reposando sus costillas en el suelo. Me dolió saberla. ¿Pero quién rasgaba entonces?, ¿qué había entrado con ellos?
Quise obligarme a mirar hacia ese lado. Realmente quise hacerlo. ¿Por qué seguía escuchándose el rasgueo? ¿Qué habitaba la sala en la que estaba en ese instante y qué pasaba si eso podía verme? Tomé el celular en mi bolsillo, me deslumbró levemente y sentí algo pasar corriendo a mi lado. Algo grande. Corrí al otro lado de la sala para activar el apagador. El cuarto se iluminó brevemente, pero, antes de que alcanzara a distinguir algo, se fue la luz. La leve iluminación que dejaba entrar mi cuarto también había desaparecido. Abrí la ventana junto al apagador lo más rápido que pude para tomar un poco del aire que me estaba faltando, como si fuera a darme valentía. Los trozos de hielo y lluvia me golpearon el rostro. Activé la lámpara de mi celular, que apenas lograba iluminar una porción pequeña de la sala. Me acerqué hacia la jaula con cuidado. El agua se estaba colando por la ventana a mis espaldas. Sólo se alcanzaban apreciar las sombras de sus cuerpos moviéndose de un lado al otro en la jaula.
El rasgueo se detuvo y el silencio y el dolor en mi dedo. Lo peor no fue no poder ver bien y sentir que no tenía control sobre mi cuerpo. El silencio y sentir sus ojos. Me vi patear la puerta de la jaula una y otra y otra vez hasta cansarme, pero no era yo, sino otra cosa. Algo usaba mis piernas y mi cuerpo para castigar a los habitantes de la jaula. Me vi abrirles la puerta. No había otro sonido además del de mi sien al punzar con mis latidos. Ni siquiera apreciaba ya los fragmentos helados chocar contra los cristales y el suelo de la sala. Cuando abrí los ojos, me encontraba en mi cuarto, recargando mi espalda contra la puerta que daba a la sala.
No pude contenerme y, con más miedo del que debería caber en mí, lloré como nunca lo había hecho. Pero el ruido de rasguño había cesado. La uña de mi dedo anular se había caído y me dolía todo el cuerpo.
IV
Pasé esa noche en vela, dándole vueltas a lo sucedido y con el celular en las manos, dudando en si escribirle a mi familia. No podía, ¿qué iban a pensar de que otra vez les llamara diciendo tonterías? ¿Cómo irían a contar esta vez el “incidente”? ¿Cómo podría verlos de nuevo si me consumiría la vergüenza? No supe a qué hora volvió la energía eléctrica, pero ya era de mañana y comenzaba a entrar la luz matinal al cuarto. Me paré como pude, me acerqué a la puerta que daba a la sala, la abrí. Las piernas me temblaban. Necesitaba dormir propiamente, algo que llevaba días sin hacer. Las manos batallaban con quedarse en su lugar. La sala estaba completamente iluminada; la pared no tenía rasgaduras de ninguna clase, lo cual me hizo dudar de mí, pero el suelo estaba empapado y la jaula estaba abierta y llena de abolladuras.
Me dejé vencer por el cansancio y me acosté frente a lo que restaba de la jaula sin importar que tuviera que cambiarme la playera después por el suelo mojado. Tomé el celular y escribí al grupo de la familia: “se escaparon”. Me atiborraron de preguntas —¿quién podría culparlos?—. Preguntaron qué había pasado, si yo estaba bien. Les dije que no se preocuparan. Odiaba mentirles, pero hubiera odiado más decirles la verdad en ese instante.
Casi me vence el sueño en el piso al sentir la corriente de viento entrar por la ventana que no había cerrado ayer. Era confortante. Con el solo hecho de estar ahí en el piso, cerca de donde ellos habían estado, comencé a estornudar. Pero no importó: de pronto sentía como si una enorme carga se hubiera liberado de mis hombros. Pese a la tristeza que me daba el hecho de no haber podido conseguirles un hogar, me aliviaba pensar que al menos con ellos se había ido lo que trajeron.
Pensaba en eso cuando entró la llamada de mi jefe. De inmediato lo supe: hoy se me vencía la entrega y no la había trabajado la noche anterior. Apoyé ambas manos en el suelo, me levanté lo más rápido que pude, entré a mi cuarto y, como por inercia, cerré la puerta con seguro.
Pude entregar el trabajo a tiempo. No sentía mucho orgullo por lo hecho, pero, como siempre, seguramente mi jefe lo que apreciaría es la puntualidad y disposición. La esclavitud moderna. Hace tiempo no terminaba mi jornada laboral tan temprano. Mi cuerpo apenas me permitía moverme. Otra vez dormí sobre el teclado.
Creí soñar con ellos. Soñé con todas las peores posibilidades de lo que les pudo suceder. Soñé que se morían de hambre y que los atropellaban. Soñé con sus vísceras en el pavimento, en un cuchillo, en una licuadora y en seis bocas. Soñé con pares de ojos aplastados por pies enfurecidos. Soñé otra vez con sus gritos. Quería tomarme el cuello del dolor de su garganta al pedir ayuda.
Cuando desperté, el sonido frenético había cesado con el sueño. Imaginé haber escuchado el pomo de la puerta girarse en un par de ocasiones. Recordé el episodio y el hospital y las miradas. Recordé la oscuridad y el silencio. Los extrañé. Extrañé el entumecimiento seguro. Y me di cuenta. Me di cuenta de que hoy era viernes como ese viernes y que los viernes viene Karla a revisarme. Seguramente había pasado al menos un día sin responder los mensajes y tal vez las llamadas de mi familia. Era viernes. Era viernes como ese viernes en el que no respondía las llamadas de mi familia.
Y quise escribirles y decirles que no vinieran por nada del mundo, que estaba bien. Que me había dormido o que mi celular se había descompuesto o cualquier cosa. Busqué mi celular por todo mi cuarto con un ojo siempre pegado a la puerta. Recordé haberles escrito frente a la jaula que se habían escapado y negármelo todo. Y recordé la llamada y entrar al cuarto, cerrar la puerta y poner el seguro… sin el celular en la mano.
Nada tenía sentido.
Me dolían las muñecas y las palmas, la garganta. Sentía como si mis ojos no soportaran ya las lágrimas. Quería arrancarme el dedo de una mordida o rascarme los antebrazos lo más fuerte que pudiera. Quería quitarme la cabellera de un solo tirón. E intenté respirar y contar. Respirar y contar. Respirar y contar. Y el aire se me iba y el pecho otra vez me silbaba.
Y yo sabía que no debía, pero me acerqué a la puerta.
Y yo sabía que no debía,
que no debía,
que no debía.
Mi cuerpo me gritaba no hacerlo, pero igual tomé el pomo. Y lloraba mientras lo giraba. Y abrí la puerta.
Por segunda vez, sentí su enojo azotarme. No pude verlo, no pude ver nada. Sólo sentí el ligero corte en mis palmas, en mis muñecas y en mi cuello. Sentí su mano pesada azotarme contra la pared una, dos y cuatro veces. Todo era rojo. Todo era rojo y oscuro y nada. No había nada ahí de lo que hubo alguna vez. Sólo todo teñido de rojo y de sonido. La sala estaba llena de ecos de gritos y de rasgaduras. Y los ecos de los gritos se confundieron con mis gritos y el rojo de la sangre regada por todo el cuarto se confundió con el rojo de las lágrimas en mis heridas.
Pero lo que más me dolió fue ver a mi hermana entrar por esa puerta. Lo que más me dolió fue verla de rodillas como yo lo estaba y llorar y gritar conmigo mis gritos. Lo que más me dolió fue el dolor en la mirada acusadora. ¿Quién iba a creerme si los miedos y el hospital? ¿Quién iba a creerme que los rasguños en mis muñecas, en mis palmas y en mi garganta no los había hecho yo? ¿Quién iba a creerme que yo no era el causante de los charcos de sangre seca en todo el cuarto o que no sabía nada de las partes de los dos cadáveres que yacían en esa sala, de los restos de la mujer hasta los huesos y el bultito a su lado? ¿Quién me iba a creer que no sabía nada del cuarto en la azotea, de las amarras, las jaulas, los pentagramas, las velas, el trabajo incompleto y de esas fotos enfermas de gente a la que su familia seguía buscando?
Entonces lo sentí de nuevo en mí. Me levanté todavía llorando y tratando de resistirme. Le debía un trabajo. Me vi acercármele a mi hermana y detenerme junto a ella. Volteó a mirarme, aterrada. Mis manos se acercaron a su cuello.
Eran finales de marzo y Karla había dejado, como siempre, la puerta abierta. El aroma de la primavera se coló en la casa con su polen. Mi hermana y yo estornudamos entre lágrimas.
Lu Mejía (CDMX, 1995). Licenciatura en Letras Hispánicas por la UNAM. Con diplomados de Literatura Latinoamericana Contemporánea y Literatura de Terror (CNL-INBAL). Fue tallerista de cuento para Palabrerías, FELIUAS y Casa Alianza México. Sus textos se encuentran en las revistas La Peste, Rigor Mortis, Tintero blanco,entre otras, y las antologías Mundos Implícitos (2026), Contarte… 2025 ( 2026), Raíces a una voz… (2022), entre otras.
Arte: David Leveque
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