Algunos son soldados que derraman su sangre por la patria


por Luis Fernando Rangel


En la ciudad no se puede vivir
Sin tener un oficio conocido
–Nicanor Parra

Recuerdo a papá viendo la televisión como si estuviera ante un altar. Se reía por momentos y luego le daba largos tragos a su cerveza mientras en la pantalla un grupo de actores jugaban a ser soldados: enfundados en sus trajes verdes o caquis, con cascos y botas y armas, decían defender la soberanía del país y como recompensa terminaban por saquear algunos países tercermundistas. Gritaban como se grita por la libertad o por la venganza y accionaban sus fusiles para matar a todos los malos del planeta. En ese entonces los norteamericanos eran los héroes del mundo. Algunas explosiones, dos o tres diálogos innecesariamente cursis y la película finalizaba. Después todos aplaudían y se sentían orgullosos de su país. Los enemigos del mundo caían ante el poder del Tío Sam. Luego apagaba la televisión y en la pantalla el reflejo le confirmaba que no era un soldado y algo similar a la  tristeza lo inundaba, aunque no se permitía llorar, porque su padre siempre le dijo que los hombres no lloran.

Papá en algún momento de su vida quiso ser soldado. No sé si porque quería defender la soberanía del país o porque quería ver sangre, empuñar un arma y disparar al cielo. Sin embargo, conoció a mamá y luego llegué yo. Durante ese periodo, nueve meses de guerra, las peleas con mi madre nunca cesaron. Tanto, que cuando yo nací, mi madre prefirió morirse. Algo así escuché decir a mi abuela. Desde entonces papá me culpó de todos sus fracasos. De mamá conservaba una foto en la que los dos se veían felices, eran jóvenes y yo no era ni siquiera una promesa. De sus sueños de guerra y la ilusión de ser militar, sólo conservó el atuendo formal y la costumbre de gritar. Siempre llevaba el pelo corto, el bigote perfectamente recortado, la camisa planchada y los zapatos relucientes.

A mí no me gustaba ver televisión ni me gustaban las películas de guerra. Yo prefería salir al patio a jugar con los pocos juguetes que tenía: imaginaba que el jardín era toda una nación y me dedicaba a construir carreteras y hacer montañas. Las piedras se volvían carros y cualquier rama era el pretexto para inventar una herramienta. Inclusive era un pequeño Dios benevolente y no mataba a las hormigas, sino que las ayudaba a cargar comida y hacer de su hormiguero un lugar más agradable.

Mi padre no era tan benevolente. Con frecuencia me golpeaba y a veces me dejaba sin cenar. Además, sólo una vez en la vida me dio un regalo. Recuerdo que aquella navidad no hubo pino ni luces multicolor, sólo hubo una caja debajo de mi cama. Estaba repleta de soldados de plástico. Una caja sin envolver. Eran soldaditos de camuflaje verde y arena, pero como afuera nada era verde, sólo conservé los soldados color arena.

Ahora mi papá ve otra película de guerra. Repaso los diálogos y repito la estrategia del juego. Los soldados bajan rápidamente de las camionetas y corren a toda prisa. Parece que los mueve el viento. Sus pasos se escuchan sincronizados, como si fuera una sola marcha. Pisan fuerte y el ruido parece el de los tambores. En los brazos sostiene los rifles como si fueran bebés. Pienso que son madres furiosas, llenas de coraje.

Mi papá me descubre espiándolo. Escucho la estática del televisor cuando cambia de canal. Emprendo la huída. Poco a poco el volumen va bajando. Luego escucho el ruido de la puerta. Papá baja por las escaleras. Pisa el primer escalón y se sostiene de la barandilla. Se quita el cinturón mientras baja escalón por escalón y a cada paso el cinturón avanza por su cintura como una serpiente lista para devorar a su presa.

Los soldados corren por las calles y luego se desplazan a los costados, formando una línea. Los fusiles recargados contra el pecho y los ojos fijos al frente. La televisión está en silencio. Se transmite el noticiero en donde el presentador parece hablar de una invasión. Las imágenes son las de una ciudad devastada; las bombas caen; los hombres disparan. Entonces un soldado suelta el primer balazo. El viento se quiebra. Los cristales retumban cediendo al ruido de los gritos y los fusiles.

Se escuchan pasos afuera. La casa también hace eco. Luego, los gritos. Los soldados tumban la puerta y entonces papá se aproxima al televisor para apagarlo. Alza la mano hasta el cielo y un relámpago incendia su mano, que baja furiosa. Los soldados comienzan a disparar. El primer golpe llega. Me han dado un balazo. Los soldados entran a la casa. Son pequeños. Papá vuelve a alzar el cinturón y suelta el segundo golpe. En el piso hay tres soldaditos caídos, bañados de sangre.

La televisión apagada guarda el eco del noticiero y de todas las guerras que ocurren en el mundo. Si papá no hubiera apagado el televisor, sé que los soldados romperían el cristal de la pantalla y lo fusilarían, pero papá se retira y yo sólo pienso en las heridas de guerra. Guardo los soldaditos en la caja para sepultarlos en el jardín y me lavo la sangre del rostro pensando en el día que pueda vengarme. Será como la revolución de los pueblos oprimidos.



Luis Fernando Rangel (Chihuahua, México, 1995). Escritor y editor. Sus libros más recientes son La mano de Dios y Must be the season of the witch. Ha recibido el II Premio Internacional de Poesía Nueva York Poetry Press, los Juegos Florales de Lagos de Moreno y el IV Premio Nacional de Poesía “Germán List Arzubide”. Forma parte de  Fósforo. Literatura en breve y Sangre ediciones. Es Licenciado en Letras Españolas por la UACH.

Arte: Tagreed Darghouth, The Toy Soldiers, 2 (detalle)

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