por Oscar Eliezer Mendoza De Los Santos
Mi abuela siempre decía que el tiempo emite un sonido prácticamente imperceptible para todos. Yo, pequeñita, le creía; paraba oreja y ponía todo de mí para captar cualquier pista. Decepcionada, nunca lograba escucharlo, lo cual me llevó a soltar reclamos muchas veces a mi abuela, quien se echaba a reír efusivamente, para, después, acariciar mi cabeza con una mano tan fuertemente labrada por una vida que yo, en mi pequeñez, no sospechaba.
—Hay que darle tiempo al tiempo para dejarse escuchar— me repetía cada que la interrogaba insistentemente.
La idea de que el tiempo pudiera sonar de alguna forma me parecía fascinante. ¿No sonaba el tiempo como un tic tac?
—No, no, hija. Así suena más o menos el reloj. Y, hay que decirlo bien claro, reloj y tiempo no son lo mismo—me dijo alguna vez mi abuela, mientras me peinaba para ir a la escuela.
Anhelaba que alguien pudiera decirme alguna vez a qué sonaba el tiempo. Mis compañeros de la primaria me decían que nunca habían escuchado algo semejante, que, de seguro, mi abuela me había estado engañando.
—Sabes, Lucy—expresó Miguel—. Yo nunca he escuchado nada de eso, aunque, si he escuchado a mi papá decir que el tiempo es oro.
—Ay, Miguel, ¿y eso qué o qué?— espetó Ximena, con un airecito de hartazgo—. Siempre salen con sus cosas raras.
—Oye, oye, ni tan raro, porque, piénsalo bien. El tiempo se mide en horas, ¿no?
—…
—El oro… ¿No será, entonces, como el esposo de la hora?
En su momento a nadie le pareció un buen chiste. Todavía recuerdo a Ximena arqueando las cejas y exhalando por la nariz, para, acto seguido, dar la media vuelta e irse. Aunque admito que, en retrospectiva, ahora me parece un chistecillo brillante. Supongo que, aun cuando no todo lo que brilla es (h)oro, también es cierto que no todo lo que es oro brilla, al menos no de buenas a primeras, mas, como oro y hora están ligados, a la hora de la hora el oro termina brillando. Y, claro está, el tiempo termina sonando.
La primera vez que el tiempo sonó para mí fue cuando mi mamá me dijo que le habían diagnosticado leucemia. Fue la primera, realmente la primera vez, que oí cómo suena el tiempo. Sonó a lo que debía sonar, retumbando en mi pecho y en mis venas. En ese momento no entendí del todo que aquello era el sonido del tiempo; aún menos entendí cómo es que, ni mi madre, ni mi abuela, lloraron una sola vez.
A partir de ese momento, sonó muchísimas veces más. A veces, parecía sonar para advertirme cosas (me da la impresión de que, en alguna ocasión, fue por su sonar que logré salvarme de ser aplastada por un alero que se desprendió de los malditos viejos edificios del centro de la ciudad). De tanto en tanto, el tiempo no emitía ningún ruido. Cuando más sonaba, sin embargo, era para coordinarse con algún suceso coyuntural de mi vida; como si celebrara conmigo la dicha y me acompañara, diligentemente, en mis penas.
Sí, realmente el tiempo siempre ha sonado justo y, quizá valga decirlo, piadoso. Nunca sonido alguno que insinuara escarnio o desprecio. Mi abuela sabía que yo ya lo escuchaba, no tuve que decírselo (tampoco es que yo lo tuviera tan claro), no necesité volver a preguntar cómo sonaba el tiempo, pues poco a poco iba intuyendo su melodía, la que, por cierto, era siempre cambiante, supongo que como la vida misma.
Por eso, cuando mi abuela y mi madre murieron en un accidente de coche, el tiempo sonó como nunca había sonado. Fue avasallador, dando infinitos vuelcos, y reventando, como mi propio corazón. ¡Qué furia sentí! Recuerdo bien, al recibir la noticia, que pensé: “¿No estaba su vida iniciando otra vez?”. Una contradicción que cortó de tajo sus (mis) anhelos y los pisoteó para, posteriormente, escupirlos.
—Lamento mucho que tu abuela y tu mami se hayan ido así— dijo doña Silvia en el funeral—. Sé que tu mamá ya había librado una dura lucha…
Yo tenía claro que doña Silvia no lo decía de mala fe. Nadie lo hacía. Sus pésames y desconciertos eran sinceros. Y, aun así, odiaba con toda mi alma que lo subrayaran. Me resultaba obsceno. Yo solamente me tragaba mi propia rabia, la cual inundaba mis vísceras, para, con la más purulenta angustia, limitarme únicamente a repetir: “lo sé”.
En esos momentos el tiempo volvía a sonar, un poco más fuerte, como un corazoncillo herido (no sé a qué carajos suena un corazoncillo herido). Nunca había dejado de emitir su sonido, aunque, desde que había reventado junto conmigo, era más bien como un sollozo moribundo (eso sí sé bien cómo suena). Era como el oro opaco e incompleto, sin su hora o, como el oropimente, oro en apariencia, muerto, y muerte, en esencia.
El tiempo y yo hemos seguido avanzando… O eso me he obligado a creer. Acaso lo pienso así porque me he vuelto, sin quererlo, mi propio instrumento para medir el tiempo. Puedo percibir que, cuando más languidezco, más vuelo comienza a agarrar el tiempo. Sé bien que no es con propósitos de burla. Pero no estoy tan segura de si pudiera estar sonando para animarme, pues, ¿de qué méritos gozo para que el tiempo se preocupe tanto por mí? Soy una estúpida, lo admito, pues, en estos días, incluso he intentado hablarle. Seguro mi abuela se reiría, para después soltar alguna de sus frases sabiondas sobre el tiempo y mi impaciencia por entenderlo. Me dijo que el tiempo suena, no alcanzó a decirme cómo darle un sentido.
No lo entiendo, admito que no. He dejado de entender casi todo desde el momento en que mis madres se llevaron a sus urnas un cacho ceniciento de mi corazón. Debieron llevárselo completo y reducirlo a polvo inerte. Yo no quería quedarme aquí con toda la sangre escurriéndoseme entre las manos, como se escurre el tiempo, un tiempo cuyos murmullos no se si me animan, me insultan o contestan a mis súplicas.
¡Mírame aquí, contándote, tiempo, lo que seguramente ya sabes! Di, al menos, tic tac, si me estás entendiendo. No pido frases elaboradas. ¿Es mucha exigencia? No quiero obligarte a hablar, pues hay que darle tiempo al tiempo. Pero, yo sé que lo sabes, a mí la sangre y el tiempo se me están acabando. Si hay algo que tengas que decir, creo que es el momento. Que esta oscuridad creciendo a mi alrededor sea nuestro confesionario. Dime algo. Di algo que no sea un sonido que no he sabido interpretar. Di un mal chiste, si quieres. Lo juro, nadie más lo escuchará. Pero, por favor, dilo ya, antes de que termine diluyéndome en este hambriento vacío. Antes…
—Bueno, bueno, entonces, ¿quieres que te cuente un secreto?
¡Qué hermosa voz! Sabía que no podía ser de otra forma. Ya no logro ver nada y, pese a ello, tu voz está aquí. Es más que una melodía. Qué pena da decir que siempre estuvo ahí y nunca pude entender nada. Lloraría si no fuera porque estoy tan cansada. Me quebraría, si no fuera porque empecé a disolverme ya en esta oscuridad. Tal vez por eso ahora logro entenderte mejor, en este espacio desprovisto de luz, donde solo estamos nosotros. ¿O, acaso, llegué, en mi hora final, a tu recinto? Háblame otra vez, con esa voz que no había escuchado desde hacía tanto.
—Ah, pero, si ya te dormiste, no puedes escuchar el secreto.
Claro, claro, tienes razón. Es sólo que estoy cansada. Toda esta negrura se me ha colado hasta la médula. Estoy vieja ya. Échame una mano y daré todo de mí para escucharte.
—Yo sé que estás despierta.
Nunca te dabas a entender. Mas en este momento, a esta hora, soy yo, ahora, quien no puede articular palabra. Mi sustancia erizada y, estoy más que segura, mi estúpido semblante de humana diluida deben ser nimiedades para ti. Sin embargo, no quiero irme sin escuchar tu secreto y descifrar esta hermosa voz.
—Ji, ji, ji, ji, despierta…
¡Ah! ¡¿Qué haces?! Estas vibraciones me han sacudido profusamente (¿Desde cuándo hablo así?) ¡Ay! ¡Otra vez! ¿Qué haces? Pero… ¡Ya puedo ver algo! Me es posible percibir más que sólo una perenne negrura de insondables misterios (de verdad, ¿por qué estoy hablando así?)
—Ándale. ¿No que estabas dormida?
Puedo ver algo. Algo se acerca mientras me reconstituyo a base de las vibraciones que un hado incierto hace llegar a mi ser. Hay millones de trozos míos siendo rescatados de esta laguna llena de la noche de las noches, pedazos de mi ser reunificándose gracias a esta voz y, ahora también, a unos destellos de lo que parecen historias inconclusas correspondientes a infinitas vidas. ¡Ahí va una! ¡Otra más!
—Ji, ji, ji…
Con mi mano reconstituida, aun vibrante, tocaré la suya. Si es real todo cuanto ante y dentro de mi surge, tiempo, házmelo saber. ¡Hazlo ya! Dime que esta mano, tan fuerte como afable, es además hilo y aguja de una de esas vidas. He de entrelazar mi mano con ella para confirmarlo. Que estos ojos brillantes entornándose en la oscuridad de este solitario rincón me sugieran la realidad y disipen toda esta espuma negra de mi camino.
¿Tengo todavía un semblante estúpido? ¿Soy todavía una mancha perdida en la gran laguna? ¿Soy siquiera lo que esperas? ¿Fui si quiera lo que esperabas? Si no, lo seré-mos. Como la aguja y el hilo. Como la mano, la aguja y el hilo. Como todo este ruido que, en interacción con mi alma, le ha dado voz al tiempo. Al de toda vida y al mío.
—Ahora sí, estás más que despierta. Entonces escúchame bien. Hay…
Acab-a-o-amos de interrumpir (su) (mi) nuestra revelación y, (me) (le) nos queda claro, que es porque h-a-e-emos entendido, en un santiamén, lo que pas-ó-a-ará… Una revelación dentro de otra…
Su sonrisa de complicidad es inconfundible, al igual que las vidas completas que mis ojos derraman y que desembocan aquí, ahora mismo, en las fronteras del tiempo.
—Oh… Ya lo veo— me dice con su rostro alumbrado, mientras limpia las lágrimas de mis mejillas pueriles, con esa mano tan fuerte—. Tu ya no necesitas que te cuente el secreto.
Mi madre, en el sillón de enfrente, sonríe con la gentileza de toda la vida, iluminada por el sol que se filtra a través del vitral de la sala. El sol de siempre, conmemorando titilantemente la apacible esencia de mi madre. La casa de siempre, sempiterna, a donde ya llega, propagándose como ondas en el agua, la revelación que es producto de una piedra lanzada desde una costa a la que solamente se me ocurre llamar futuro.
—Entonces, mi niña querida— dice mi abuela—. ¿Qué te parece si mejor nos cuentas cómo suena el tiempo para ti?
Oscar Eliezer Mendoza De Los Santos es cuentista aficionado. Ha publicado algunos relatos en el Club de la Fabula, Revista de Lenguas Modernas, y Marabunta. Por otro lado, es profesor universitario, interesado particularmente en los estudios filosóficos y psicosociales sobre ciencia y tecnología.
Arte: Vasili Kandinsky, Círculos en un círculo
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