Aquello que ya sucedió: Los recuerdos del porvenir


 

Hace 55 años Los recuerdos del porvenir llegó a los escaparates de las librerías con la bendición de Octavio Paz y gracias a la feliz suerte de un mueble que no fue desechado nunca. La que hoy es considerada una de las obras más importantes de Latinoamérica estuvo guardada por una década en un baúl que Elena Garro dejó olvidado en Nueva York. La obra, precursora del realismo mágico y ganadora del premio Xavier Villaurrutia, fue parcialmente quemada por su autora, quien estaba ya harta de la simple idea de escribir, y tuvo que ser rescatada de la chimenea por el propio Paz. Así, de entre las cenizas se levanta la historia de Ixtepec, un pueblo alejado del tiempo y sin un punto fijo en el espacio que se narra a sí mismo y a quienes lo habitaron para quien quiera escucharlo. Sus calles, piedras y ruinas nos cuentan cómo su porvenir está ya decidido por la memoria de un pasado vuelto polvo:

Aquí estoy, sentado sobre esta piedra aparente. Sólo mi memoria sabe lo que encierra. La veo y me recuerdo, y como el agua va, así yo melancólico, vengo a encontrarme en su imagen cubierta por el polvo, rodeada por las hierbas, encerrada en sí mismas y condenada a la memoria y a su variado espejo.

Con estas palabras nos recibe Garro, dejando claro que su intención, desde el comienzo, es la de la ilusión, la apariencia y el interminable vínculo que existe entre la memoria y la ensoñación. Ixtepec, ubicado al sur de México, es la ficcionalización de Iguala, un pueblo en la Sierra Norte de Guerrero que ha quedado fijado en nuestra memoria por incidentes tan o más desafortunados que los que plasma el libro. En su creación habitan toda clase de personajes que hacen parte de la cultura del México provinciano: prostitutas y religiosos, viudas y casadas, intelectuales e imbéciles, sirvientes y patrones.

Aunque se nos presenta con una variopinta multitud de habitantes, los valores de la familia tradicional y honorable, así como la representación individual de los estragos del porvenir y la historia —temas que se desarrollan a lo largo del libro— son depositados en los tres hermanos Moncada: Isabel, Juan y Nicolás, quienes serán los encargados de dirigir las acciones de gran parte de la trama.  El recuerdo de sus vidas funciona como una analepsis para que Ixtepec hable de sí mismo, de su espacialidad única que se ordena en una temporalidad propia que no respeta las leyes del mundo real: las horas no parecen avanzar, los días se repiten interminablemente y aquello que el futuro depara probablemente sucedió unos días atrás. No es extraño, por ello, que en sus primeras páginas los niños, aún inocentes, jueguen entre dos árboles llamados Cartago y Roma, tal vez sin conocer que sus destinos se entretejen con el de esas repúblicas caídas. Sin embargo, este ambiente irreal, cargado de ensoñación, es violado por el culetazo del mundo exterior: la llegada del general Francisco Rosas, jefe de la Guarnición de la Plaza, sombra de lo que fuese la Revolución Mexicana y sus ideales.

Con la aparición de Rosas y sus hombres, quienes literalmente van “a poner orden”, el pueblo apaga sus quinqués y cierra sus portones. El avance del tiempo entra con violencia a irrumpir las casas de los ricos y las chozas de los humildes, acompañado de un perfume exótico que pertenece a la amante del general: Julia Andrade, prostituta y deidad. En manos de ella parece encontrarse el destino del pueblo, pues si desdeña el amor del general aparecen cinco colgados en los árboles y si acepta sus intenciones se duerme con tranquilidad hasta el mediodía. La manera en que el mundo de Ixtepec se había organizado, entre lo fantasmal y lo maravilloso, se ve de pronto revuelto por el capricho de una desconocida y la sombra de la historia oficial que pretende hacer cambios radicales y llevar la justicia que se prometió en su momento. Pero lo único que arriba es el autoritarismo del poder. Nadie se salva del azote, ni los más privilegiados, contra quienes se inició la lucha, ni los más humildes, para quienes se inició la misma. El grito revolucionario es traicionado por personajes casi anónimos, todos armados por el apellido de Rosas, quienes pisotean la provincia mexicana, representada en Ixtepec. Nadie, ni siquiera el pueblo que narra, conoce los pensamientos de estos invasores, pues son ajenos al escrutinio del público y la omnisciencia de Ixtepec.

Garro divide su novela en dos partes. Mientras que en la primera se ocupa de romper los cerrojos del tiempo virtual en el que se ha encerrado el pueblo, y da paso a los últimos vestigios de la Revolución y su desastroso gobierno, en la segunda impone el orden natural de la historia con la llegada de la Guerra Cristera. Los habitantes despiertan de su letargo, en apariencia desesperados por defender su religiosidad, pero sus acciones sólo buscan alejar a aquel tiempo extraño que los consume como una peste.  Los espera un futuro que ya han vivido antes y la memoria es un espejo que les refleja caras ya conocidas: Ana Moncada verá a sus hijos partir, tal como lo hicieron sus hermanos al inicio de la lucha revolucionaria; Juan y Nicolás correrán la suerte histórica de los mártires e Isabel, triste y fallido intento de Antígona, se vuelve parte de la cadena de desdichas que preceden a los Moncada y rechaza el perdón en un último acto de hamartia.

Los hechos históricos de los que hace uso la novela son reales, pero la versión aquí contada entra en conflicto con muchos de los discursos oficiales. La Revolución se mancha por la brutalidad de sus agentes y la figura de Plutarco Elías Calles se extiende como una sombra aterradora y no como la luz reconstructora que pretendía ser. A la manera en que Alejo Carpentier lo hubiese querido, antes que una función estética y de entretenimiento, el libro de Garro tiene un carácter crítico que busca la indagación y es un método de conocimiento del hombre y sus décadas.  Escrito diez años antes de que el boom latinoamericano esparciera  la idea de literatura como responsabilidad social, la autora ataca con firmeza todos los frentes idealizados que pudiesen surgir. Nadie sale bien librado en el recuento: los oficiales de la revolución llevan consigo la marca de Caín de la violencia, pero los habitantes también cargan consigo sus propias cruces: el racismo, la traición, el orgullo, la prepotencia, la lucha de clases que se ha mantenido con ahínco por ambas partes y, sobre todo, el estancamiento de la costumbre como la piedra angular en la que descansa el desastre.

La historia que nos cuenta esta tierra baldía, testigo de la violencia prepotente de sus regidores y el sopor de sus habitantes, nos resulta dolorosamente conocida. Probablemente Garro nunca imaginó que la Iguala a la que pretendía homenajear bajo el nombre de Ixtepec fuera escenario de actos aún más autoritarios y viles que los fusilamientos de Rosas. Por lo menos los cuerpos sin vida que el general va dejando a su paso pueden ser velados por los amigos, enterrados por las familias y vengados por la historia, cosa que en cuatro años no han podido lograr las familias de Ayotzinapa, herederas de una memoria calcinada donde cabe apenas la ficción y donde tendrán que aprender a formar un recuerdo con las piezas que han reunido —si no propio por lo menos histórico—. Como señala Rubén Aguilar, al día de hoy seguimos encontrando “El autoritarismo, la arbitrariedad, la falta de libertad de expresión, el desprecio a los marginados, en particular a los indígenas, la impunidad, la nula impartición de la justicia, el contubernio entre sectores de la burguesía y el poder”. Ixtepec y su tiempo congelado, donde el porvenir es recuerdo porque ya sucedió y donde los protagonistas se vuelven piedra o desaparecen en el polvo, nos dice a gritos que estamos condenados a repetirnos si preferimos la tranquila ensoñación de la rutina y hacemos oídos sordos a la memoria que habita en el colectivo, a la historia, en minúscula y sin sello oficial, de la que somos herederos y responsables casi por casualidad.

Todo mi esplendor caía en la ignorancia, es un no querer mirarme, en un olvido voluntario. Y mientras tanto mi belleza ilusoria y cambiante se consumía y renacía como una salamandra en mitad de las llamas. En vano cruzaban los jardines nubes de mariposas amarillas: nadie agradecía sus apariciones repentinas.

 

Referencias

Rubén Aguilar. “Los recuerdo del porvenir”. Animal Político. 26 de enero de 2018. Web. 24 de abril de 2018 <https://www.animalpolitico.com/blogueros-lo-que-quiso-decir/2018/01/26/los-recuerdos-del-porvenir/>

Garro, Elena. Los recuerdos del porvenir. Ciudad de México: Joaquín Mortíz, 1963.

 

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