Siguiendo las luces


por Alan Armas de la Rosa

 

Eran casi las siete de la noche y Baldomero apenas iba llegando a su casa; una humilde y honesta morada allá en el pueblo de Zumpango. Se había lacerado las piernas cruzando la desentrañable maleza y a duras penas podía correr. Entró a la casa pregonando:

—¡Ya llegue ma!

—Ya se me había hecho raro que te hubieras tardado tanto —respondió ella con indiferencia.

—Usted no se me apure que andaba con la muchachada jugando cartas.

—¿Y qué te pasó ahora en las piernas? —preguntó con un dejo de sospecha.

—Nada…, me chingué por venir hecho la madre  —dijo, quejándose.

—Ya te dije que te andes con mucho cuidado, un día te va a pescar un nahual, o peor, te va a chupar una bruja.

—Usted siempre con eso de las brujas —se echó a reír— son puros cuentos que se inventan las viejas para que los maridos no se vayan de borrachos los cabrones.

—Pues tú haz lo que quieras, solo acuérdate que si andas solo en la madrugada ponte a rezar para que ningún espíritu se te pueda acercar. Y si ves una bruja dile cuanta peladez se te ocurra.

—Y luego que no me sé ninguna, ¿cómo le hago? —dijo, riendo cínicamente.

Inmediatamente después se dispusieron a merendar unas migas de pan con leche, y café de olla, dejando que el chirrido de las sillas y su masticado terminaran la conversación.

Baldomero comió hasta hartarse y se fue a recostar un par de horas.

Al levantarse apenas le dio tiempo de lavarse la cara y ponerse árnica en las heridas que ya le comenzaban a arder.

—Mija…, no le había dicho…, pero hoy nos vamos a celebrarle su santo a Honorio, y pues yo ya había quedado.

—Tú entre más puedas estar afuera en la chingada borrachera y menos aquí está mejor, ¿verdad?

—Cómo cree, si nomas voy porque ya le había prometido.

—Está bueno cabroncito, cuídate harto y ve con dios.

Salió de su casa al cuarto para las diez montado en su bicicleta, optó por tomar un atajo que lo condujo por un camino de terracería donde los niños más pequeños jugaban a las canicas y a la rayuela. No tardó más de diez minutos en llegar a la mezcalería del pueblo donde su séquito lo esperaba ya muy entrado en copas. 

—¿Qué pasó mi perro? Creíamos que no llegabas —le dijeron al verlo.

—Si ya saben que uno es de palabra —respondió resueltamente.

—Pues con eso de que eres bien portadito, no nos vayas a salir maricón —se echaron a reír.

—Usted lo será.

—Ya vamos a seguirle chupando, que si no se nos baja, y tan pinche caro que está.

Manuel, Alejandro, Honorio y Baldomero se quedaron hasta la las doce y media en  la mezcalería. Estuvieron allí conversando e intercambiando trivialidades. Todos bebieron como verdaderos campeones, a excepción de Baldomero que solo se tomó dos cervezas.

—Ahora si hijos…, ya nos vamos. ¡Ve cómo anda éste! Deja que su vieja lo vea y le va poner una madriza —comentó Baldomero, sacando casi a rastras a Manuel.

—Órale perros, nomás no se vayan dando besos —exclamó Alejandro.

—No te me apures, yo te cuido a tu novio.

Todos rieron.

Baldomero y Manuel se despidieron de Alejandro y Honorio y se dispusieron a montar sus bicicletas; pero Manuel hacia un esfuerzo tremendo para permanecer de pie sobre su propio eje.

—Vamos a hacer esto —dijo Baldomero—, te voy a acompañar hasta donde pueda pero vas a tener que dejar tu bici aquí.

Manuel apenas pudo alcanzar a comprender la mitad de lo que Baldomero decía.

Baldomero dejó recargada la bicicleta de Manuel sobre unos andamios que estaban a unos minutos de la mezcalería; nunca supo para qué iban a ser, puesto que nunca los volvió a ver.

Baldomero tomó a su amigo y lo echó sobre su hombro y con la otra mano iba guiando su bicicleta.

—Perro, estás pesado como la mismísima chingada.

Así recorrió unos treinta minutos; tal vez más, tal vez menos; en noches como estas el tiempo juega a ser incierto. Cuando se le adormecía el brazo bajaba un instante a su amigo, se estiraba unos segundos, y se hallaba la forma de volvérselo a montar del lado contrario. Así lo hizo unas cuatro o cinco veces.

Caminó y siguió guiado por la luna más grande y redonda que jamás había visto en su vida.

Siguió y siguió… De pronto, el camino le comenzó a resultar un tanto extraño. Llegó a un roble torcido, que llamaba la atención por la soledad en la que se encontraba más que por su forma; que sugería un par de manos. Baldomero lo miró una y dos veces e intentó reconocer el lugar; lo cierto es que nunca había estado ahí antes.

Recostó a Manuel sobre éste y sintió que dejó caer todo el peso del mundo.

—Ya no puedo más mi perro, te voy a tener que dejar aquí, pero en la mañana cuando empiecen a chingar los gallos vengo por ti.

Observó por última vez a Manuel e intentó convencerse de que aquello era lo único que podía hacerse.

Siguió su camino, ahora ya pudo montarse en la bicicleta, aunque no tardó mucho en bajarse, porque súbitamente sintió un ardor incesante en sus rodillas lastimadas que lo forzó a seguir su camino a pie.

Seguía sintiendo el peso fantasma de su amigo del lado contrario de donde tenía su bicicleta.

No se había percatado pero se estaba dirigiendo por un camino que era completamente desconocido para él, llevaba por lo menos dos horas desde su salida de la mezcalería; como si Manuel fuera quien los hubiera dirigido.

No supo qué hacer de inmediato; se encontraba en un camino de terracería donde no había más que un viento triste y amargo que refrescaba la noche; el cual se podía oír.

Volteó a los alrededores y pudo vislumbrar algo a lo lejos; era una esfera de luz, no supo cuál era el proceder de ésta, pero estaba seguro de que en alguna plática había escuchado que si uno se perdía debía de buscar alguna luz y ésta siempre lo conduciría donde la gente. Al recordar esto se sintió un tanto más confiado, y decidió dirigirse hacia ésta.

Caminó sin detenerse y con bastante premura (no por miedo, sino por ansiedad).  Caminó y caminó, y cada vez podía ver con más nitidez el destello que la esfera emitía. De pronto el camino escabroso y terroso por el que andaba se empezó a llenar de maleza conforme se iba adentrando. Ingresó en un pequeño bosquecito y estuvo tan cerca para percatarse de que aquella esfera parecía estar incendiándose. Pocos segundos después quedó en estupor al confirmarlo. No sabía qué era, pero sí estaba seguro de lo que veía;  por primera vez en aquella noche sintió miedo. Se dejó traicionar por un impulso que lo hizo acercarse aún más a ésta y estuvo lo suficientemente cerca para cerciorarse de que aquello era un extraño proceso de combustión, y daba la impresión de estar colgando de un árbol.

Apenas tuvo ocho segundos para tragar aire porque la bestial bola de fuego se desplazó a lo que parecía ser otro árbol a unos cien metros de distancia. Se quedó sin aliento, atónito ante tal situación y descartó de inmediato todas las posibles respuestas que le iban surgiendo para poder explicarse lo sucedido; una cada vez más incoherente que la otra.

Se tomó cinco minutos para sopesar el seguir por donde la esfera había ido. Pero cuando pudo tomar una decisión sus piernas ya se estaban moviendo  en dirección a ésta, sentía un escalofrío inédito que le recorría cada parte de su cuerpo, y un sudor helado que le empapaba la camisa de franela. Se tenía que parar cada dos minutos para secarse las manos en su pantalón desgastado y volvía a tomar su bicicleta.

El bosque se ponía cada vez más espeso y pantanoso; la bola de fuego le parecía cada vez más cerca.

De cuando en cuando volteaba hacia atrás porque sentía que alguien lo seguía. Mientras más se adentraba en el bosque éste parecía estrecharse y todos los árboles se asemejaban a aquel donde había dejado a Manuel vendido a su suerte. Le suscito un miedo cada vez más profundo que le hizo sentir torpe y frágil.

Por alguna extraña razón se le evoco una imagen, algo a lo que no le había dado la menor importancia cuando lo vio, pero en esta ocasión no pudo evitar meditarlo un minuto. Eran una serie de enmendaduras que tenía el árbol donde había abandonado a Manuel, unos símbolos crípticos que le daban todavía un toque más demoniaco a éste; no es que no le haya llamado la atención la primera vez…, pero en ese momento se le había evocado como por arte de magia.

Siguió caminando y se encontró a nada de distancia de la bola de fuego, que en esta ocasión le pareció más gigantesca y diabólica. Nuevamente salió disparada hacia el otro extremo, pero esta vez emitió un efecto sonoro desgarrador y dejó un olor fétido y perfumado a la vez.

Baldomero apenas pudo tragar saliva, y sintió la pronta necesidad de darse la vuelta y echarse a correr. Le bastaron quince segundos para atravesar el bosque de regreso. Comenzó a sentir una terrible quemazón en las piernas, pero la adrenalina le permitió seguir sin cesar. No recordaba que aquel bosque fuera tan largo y tuvo la idea de que se había desviado en algún momento (aunque esto carecía de lógica, ya que había respetado el mismo trayecto que lo condujo hasta ahí). Se tuvo que detener, sentía que el corazón se le iba a salir en cualquier momento y estuvo al borde del colapso; no había salida.

Apenas se repuso un instante cuando se percató de que en su exaltación había olvidado su bicicleta, pero ya no había motivo suficiente para hacerlo volver.

Empezó a escuchar voces musitando cerca de él. Se le heló la sangre y escuchó un chirrido tan perturbador como el de la primera vez.

En los charcos se podía ver la reverberación causada por la bola de fuego que lo había conducido a la perdición absoluta.

Sin nada mejor que hacer comenzó a rezar, lo poco que sabía, lo poco que recordaba, pero a su cuerpo trémulo apenas se le entendían dos palabras. Pero esto pareció no surtir ningún efecto, porque las voces no cesaban y se volvían cada vez más guturales y demoniacas.

Habían pasado casi cinco horas desde su salida de la mezcalería; supuso que nunca saldría de ahí.

Inmerso en la desesperación se tiró al piso y empezó a repetir cuanta obscenidad se le cruzó por la cabeza: “pendejo, maricona, chingate”. Cerró los ojos, y por un breve momento sintió las voces desaparecer.

Pasó el resto de la noche con los ojos cerrados, intercalando sus rezos con las groserías.

Se despertó apenas salió el sol, con la boca seca y la sensación de haber comido tierra por montones. Tosía sangre. Estaba acostado afuera de la mezcalería, y no tenía una prueba fehaciente de lo que había vivido; pero tenía la certidumbre de que era cierto porque no aguantaba su pena.

Se fue caminando a su casa con gran pesadumbre, y cuando llegó encontró a su mamá aguardando por él en la puerta de la casa.

—¡A ver a que chingada hora se te ocurre llegar!

—¡Fueron las brujas mamá! ¡Las brujas me perdieron!

Sólo hay dos cosas ciertas en esta historia: nunca nadie creyó la historia de Baldomero, y nunca nadie volvió a ver a Manuel.

 

Ilustración de Idu Zshugost

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