Ecos de una nueva generación


por Arturo S. Canseco N.

 

Hace más de dos años, poco antes de su muerte y en una conferencia de prensa en la ciudad de Turín, Italia, el filósofo y semiólogo Umberto Eco lanzó una reflexión lapidaria que provocó un hervidero de comentarios por todo el mundo: “El internet está creando una generación de idiotas”, sentenció. Para hacer encono a la ironía, la mayoría de las críticas, comentarios y demás apabullos vinieron, por qué no, desde las redes sociales, ese ciberespacio al que Eco criticaba.

El argumento era simple: la plataforma del internet es un lugar en el que cualquier persona con una cuenta de Twitter, Facebook o un Blog —estos últimos ya casi desaparecidos— y con el más mínimo acceso a una red Wi-Fi, puede hacer comentarios a diestra y siniestra de cualquier situación en el mundo, artículos de crítica u opinión, u obras publicadas por cualquier autor; o simplemente lazar vociferaciones en contra de la opinión pública o privada de cualquier individuo. Y, bajo la semianonimidad que le otorga ser un total desconocido para cualquiera que no esté dentro de sus “amigos” o “seguidores” —este último mote me ha provocado las más irrisorias sensaciones de sospecha, su parecido al calificativo de “acosador” me es de lo más interesante—, es simple y sencillo lanzar cualquier tipo de comentarios sin una argumentación debida.

Pero esto no es lo peor, lo peor es la simple consideración de que lo que yo escribo en “mi muro” es “mi problema”, y que eso le otorga incontrastabilidad a mi “argumento” —si es que se les puede calificar de dicha manera en algunas ocasiones—, por lo que nadie puede objetarlo, contrastarlo o debatirlo, ya que pertenece a la esfera de mi “libertad de expresión”. Chíngate esa.

Vayamos por partes: La crítica que Eco lanzó en esa conferencia de prensa iba dirigida específicamente a aquellos autores anónimos de críticas sin base ni argumentos, que desde la comodidad de sus hogares y detrás de la pantalla de su ordenador o smartphone, pueden tildar con cualquier tipo de calificativos a autores, reporteros, políticos, filósofos, o demás personas que, tras realizar una investigación —que puede tener distintos niveles de calidad, claro está—, publican en periódicos o libros sus opiniones o resultados.

Entonces, estos cibercríticos creen que el simple hecho de poseer la capacidad de emitir un comentario y contar con una plataforma en la cual lanzarlo al mundo, les otorga de facto la autoridad de ser escuchados, leídos, retwitteados, compartidos, etc., y que sus opiniones, por más burdas, incongruentes u ofuscadas que sean, poseen la misma categoría en “la que colocaríamos la opinión de un premio Nobel”, Príncipe de Asturias, Pullitzer, o demás individuos que pertenecen de alguna manera a la aristocracia intelectual.

¿Cuál era el trasfondo del argumento de Eco? En estos tiempos ultramodernos, es tan sencillo enterarse de los sucesos del mundo como dar un click en nuestros aparatos celulares. Como seres humanos que somos, tenemos la capacidad de generar ideas acerca de casi cualquier cosa. El problema surge cuando, escudados en la “libertad de expresión”, creemos que nuestra opinión, por el simple hecho de haber sido generada, es real y objetiva, y no nos detenemos a pensar si está argumentada de una manera debida, y tampoco consideramos que alguien ajeno pueda hacer una crítica a nuestra crítica —ironías de la vida. Pero la libertad de expresión no va por ese camino.

La libertad de expresión nos permea de la capacidad de ejercer y emitir nuestro juicio sobre un acto o hecho en particular, siempre y cuando seamos conscientes de ciertos principios filosóficos —y aquí es donde la crítica de Eco me parece de gran importancia—: Una opinión, para poder ser valorada con respecto a otra, debe estar fundamentada en principios argumentativos lógicos, tener la capacidad de ser contrastable con otros argumentos y no perderse en ninguna falacia lógica —las más comunes: Ad Hominem, Ad Populum, etc—entre otras características; y es aquí donde los más recalcitrantes críticos del Twitter o de Facebook se pierden: no consideran que lo que están emitiendo, al ser juicios de valor productos de la crítica a una opinión ajena, también son y debe ser contrastables. El hecho de que yo emita un argumento sobre algún comentario no lo vuelve incontrastable —como pensarían algunas corrientes de la hermenéutica—, sino todo lo contrario, es así como en los ámbitos científicos se generan nuevos postulados o conocimientos, al contrastar una postura argumentativa con otra.

Entonces, por mucho que pese a varias personas, el internet, a la vez que genera una realidad interconectada, eliminando las fronteras de tiempo y espacio en la comunicación y permitiendo el acceso al conocimiento a casi cualquiera que tenga la capacidad de saber buscar en Google o “echarse” un wikipediazo, también está creando una generación de personas que no se detienen a considerar cuál es la manera correcta de emitir una crítica, que no conocen cómo generar un argumento, y que piensan que por el simple hecho de tener la capacidad de formular un comentario —cosa que cualquier homínido actual puede— este ya es válido.

Aunque no todo fueron críticas por parte del filósofo. Uno de los comentarios que también vertió fue el hecho —o mejor dicho, la esperanza— de que, si el Holocausto se hubiera suscitado en estos tiempos, nunca hubiera alcanzado la misma magnitud, al haber tantas formas de comunicación que lo hubieran hecho público. Esto, pienso yo, es análogo a la reacción tan inmediata, eficaz, certera y necesaria que se vivió en las redes sociales durante el periodo post-terremoto del pasado 19 de septiembre y días posteriores en México. Cientos e incluso miles de personas se avocaron a las redes sociales para solicitar ayuda, dar testimonio de la situación en puntos emergentes, ofrecer servicios, asistencia o incluirse como voluntarios, en un sinfín de tareas que fueron facilitadas por las redes. Lo más irónico es que esa misma generación de la que habló Eco —los llamados milennials— fueron los que más apoyo realizaron, dejando estudios, trabajo o la simple comodidad de su casa para ofrecerse como voluntarios en donde se necesitara, haciendo lo que se necesitara y ofreciendo lo que tenían a los afectados.

A pesar de que el abuso de las redes también creó mucha desinformación al no tener la certeza de cuál nota o reporte era el más fiable o reciente, considero que el aprovechamiento que se le dio a estos medios de comunicación fue el mejor que puede darse; sin embargo, sigue la interrogante de hasta qué punto es correcto o incorrecto el uso que se le está dando en estos días a dichas herramientas. La libertad de expresión es un derecho inalienable, pero, al igual que la diferencia entre libertad y libertinaje, debe existir una congruencia entre lo que soy capaz de escribir, la calidad de lo que escribo y, huelga decir, la capacidad que otros tienen para debatir mis comentarios.

No nos engañemos, muchas de las “opiniones” que leemos hoy en día en cualquiera de las redes sociales, como bien dijo el semiólogo italiano, “hace treinta años hubiesen sido ganadoras de cubetazos y chiflidos al ser compartidas en el café de la esquina o en el bar de reunión del barrio”; sin embargo, hoy en día se defienden a capa y espada por un marasmo aletargado que cubre a las personas que navegan en ese territorio de nadie, y que no va a decrecer hasta que tengamos la madurez intelectual de valorar con la misma medida nuestros comentarios como los ajenos. Eso es lo interesante: ¿No será que, en realidad, el internet le otorga una herramienta de comunicación sumamente potente a individuos que no tienen la madurez intelectual de cómo manejarla? He ahí el dilema.

 

 

Arturo S. Canseco N. Feo por añadidura, agarra confianza a la mexicana, da electro-choques a distancia. Le gusta invitar a tomar, es jugador impulsivo, amante platónico, ama las causas perdidas. Cree en la resistencia, le gusta más perder que ganar, abstemio de la pasión a grandes rasgos. Desesperado a la jarocha, se le encuentra en el centro aplanando calles, o en el salón de clases durmiendo hasta morir. Autor de dos o tres cuentos que nunca nadie ha leído, inventor de historias que a nadie le interesan. Enamorado del amor, plasma en tinta y papel todos los romances que no ha tenido y que nunca tendrá.

Fotografía de Max Cavallari.

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