Los juegos de la infancia triste: reflexiones personales sobre la educación en México


por Victoria Pavlova

Hubo un tiempo que fui hermoso
Y fui libre de verdad
Guardaba todos mis sueños
En castillos de cristal
Poco a poco fui creciendo
Y mis fábulas de amor
Se fueron desvaneciendo
Como pompas de jabón

Sui Generis, “Canción para mi muerte”


Yo, como la mayoría, fui a una escuela a la antigüita; es decir que fuera de los reglazos, los gisazos y demás castigos físicos, la educación que me dieron fue la misma que les dieron a mis padres, a mis abuelos y a los niños prusianos del siglo XVIII, cuando Federico II, el Grande, se dio cuenta de la necesidad de educar a la población e instauró la educación pública.

Al principio, y ahora, las escuelas se diseñaban, e insisto, se diseñan, como fábricas. Hay tiempos extensos de trabajo marcados por un ruidoso timbre que avisa entrada, salida y el brevísimo tiempo de esparcimiento. Esto es así en todos los niveles —primaria, secundaria y preparatoria— y tiene sus razones, principalmente económicas. En primera está el hecho de que, sin importar los discursos adornados del SNTE y de la SEP, en el fondo el colegio tiene el único fin de preparar para la explotación laboral a autómatas obedientes, así los niños son tratados como adultos y se espera de ellos un comportamiento adulto por más que esto no tenga sentido. El modelo, como digo, se repite en secundaria, prepa y hasta en la universidad, les habla una universitaria, donde incluso a los jóvenes ya bien trabajados se nos obliga a cumplir, dizque por libre albedrío y responsabilidad, jornadas extenuantes sin más descansos que los que azarosamente dispongan nuestros horarios, y a veces esos tiempos son igualmente pisoteados por profesores prepotentes y desconsiderados que, claro, cuentan con todo el apoyo de la sociedad. A fin de cuentas, los universitarios estamos preparados, llevamos más de una década en el sistema prusiano y el rosario de violencias al que fuimos sometidos desde la infancia ya se ha encargados de templar, aplastar o poner en un pedestal a cada uno; somos un caso perdido, yo soy un caso perdido. Si hablo, es por los que todavía no llegan.


Generación perdida: Una educación sin propósito verdadero

El hombre es el hacedor de herramientas. Ningún otro animal puede usar y transformar su alrededor como nosotros, que fuimos desde afilar piedras para cazar animales hasta diseñar máquinas que atraviesan la atmosfera y nos lanzan a las estrellas. El humano, en su sueño de entender su mundo, dio a luz a la palabra y a la matemática, las dos grandes bases de nuestra civilización. Hoy, conocemos los componentes de los que estamos hechos, podemos describir el movimiento planetario de nuestros vecinos, podemos imaginar y pintar, escribir o interpretar algo que sólo está en nuestra mente; tenemos nuestras propias lenguas y aprendemos las de otros para poder comunicarnos ideas. Todos estos procesos, si bien fueron paulatinos y resultado de un desarrollo milenario, también hay que decir que todo fue espontáneo, parte de la lucha por ganar la batalla evolutiva explicando e imitando y transformando el entorno hostil que nos amenazaba; para nuestra especie el aprendizaje es de lo más natural, nuestra carta ganadora en el orden de las cosas. La gacela corre, el cocodrilo tiene potentes mandíbulas, un becerro se pone en pie a penas nace, el hombre aprende.

En el mundo moderno nadie quiere hombres como Da Vinci, Kepler, Bertrand Russell o Pascal, que eran todo terreno: físicos, matemáticos, filósofos, inventores, artistas. No, ahora puro obrero titulado: ingenieros, programadores, contadores, actuarios, médicos; cada uno a lo suyo, no necesitan nada más. ¡Ah, y mientras menos artistas y pensadores, esto incluye a los matemáticos, mejor! Obviamente estos obreros titulados, educados, deben reducirse a un grupo relativamente pequeño de privilegiados —sí, privilegiados, vengan de universidades públicas o privadas—; ya saben, por razones económicas de preservar una base considerable de personas insolventes a las que se pueda explotar más por no tener un título de licenciado.

En conclusión, que la educación moderna, y más si es pública, no quiere ni necesita aprovechar la gran mente humana, al contrario, la mutila castigando y tildando a la curiosidad como pérdida de tiempo, al pensamiento de desobediencia y a la observación del ambiente y sus relaciones como distracción. La condición de aprendiz del ser humano le sirve en la medida que pueda realizar un trabajo futuro, lo demás es inútil y hasta peligroso, hay que eliminarlo.

En las escuelas prusianas, públicas y privadas, se enseña a obedecer por medio de castigos y recompensas que pueden ser tangibles o intangibles, se enseña a escribir con planas que para el niño no tienen ningún sentido, se enseñan las matemáticas —el eterno demonio demonizado— con abstracciones complejas e irónicamente llenas de letras, que apenas se están aprendiendo. Eso en la escuela, por seis largas y aburridísimas horas. Luego los montones de tarea para la casa, la presión por los exámenes bimestrales; así seguro alientan a los pequeños a aprender, sin contar, claro, con la ira de los padres de familia cuando los resultados no son los esperados, y que acaba, en la intimidad del hogar, con niños llorando, asustados y con moretones en alguna parte del cuerpo. Lo digo porque soy la hija de un padre impaciente y violento, cuya primera reacción era ya bien insultarme a gritos, ya bien golpearme directamente.

Este ambiente hace que el niño interiorice cosas como escuela=aburrimiento, escuela=difícil, no aprender o no aprender bien=golpes y gritos, aprender=no me gusta, es malo. Pero es que todo tiene que ser rápido, productivo, con rendición de resultados que demuestren la eficiencia de un sistema diseñado para fabricar trabajadores en masa y no hombres y mujeres asombrados de sí mismos y de los demás, intentando comprender el Universo, el ambiente y su propia existencia.


Los Burros y Los Inteligentes: la segregación y el abandono de los “menos aptos”

En este orden de un sistema dedicado a la producción de trabajadores, es normal que no todos seamos iguales, una vez más en contraste con los discursos, y se ponga dedicación a los que tengan una mejor producción, en este caso reflejada por las calificaciones. Para esto se clasifica, consciente o inconscientemente, a los niños en excelentes, buenos, regulares y de plano malos estudiantes. Una vez encasillados es muy difícil subir en la escala y muy fácil caer.

De esta clasificación se crean tres grupos bien delimitados y conocidos, extraoficialmente y no tanto, como “Los Inteligentes” o “Los Mataditos” —puro diez y nueve, llamados inteligentes sobre todo si muestran destreza matemática—, “Los de en medio” —que somos la mayoría, de ocho a seis, puede que se cuelen a veces nueves o dieces si la materia nos gusta, pero como no es matemáticas a nadie le interesa— y “Los Burros” —entre seis y cinco, a veces, menos, condenados a la humillación y al constante regaño—.

Y si la existencia de estas categorías no es lo suficientemente alarmante y evoca en el lector memorias dolorosas, huelga es decir que, mientras se sube a un pedestal a “Los Inteligentes” (repito: sobre todo si saben matemáticas, ¿por qué será que a casi nadie le gustan? Seguro no ha de ser por la violencia de los padres a la hora de estudiarlas ni por la impaciencia del maestro al explicarlas ¡Ah, qué matemáticas tan difíciles!), mientras se les alaba y, claro, se les entrena para no compartir sus habilidades con sus compañeritos (No pases tareas. No soples en los exámenes. No los ayudes, qué tal y el día de mañana ellos te ganan el trabajo); a “Los de en medio” y a “Los Burros”, así, bajita la mano, se les abandona más cada ciclo escolar en un baldío donde aprender o no, resistir o no, es cosa suya, sin ayudas o con muy pocas. Este fenómeno se da, en parte, porque los grupos de estudiantes suelen ser grandes, aproximadamente veinte o treinta por salón en escuelas privadas y hasta cincuenta en escuelas públicas, entonces ¿por qué gastar energía y tiempo en máquinas que no producen más de la cuota o de plano defectuosas?


Oye, profe, ¿qué te pasa que no educas bien a la raza?: el maestro, la corrupción y la política.

Cuando estaba en primero de primaria yo era una niña inquieta, o sea una niña normal, y mi maestra, Marimar se llamaba, no dejaba de repetirme el proverbial: “Te voy a amarrar a la silla”, la diferencia con muchos niños es que Marimar me lo cumplió: Un día trajo una soga de plástico y, frente a todo el salón, me amarró a la silla, yo miré mis brazos y traté de moverlos tantito. En mi casa no se enteraron. Ahora, con veintitrés años, sé que los amarres son para vacas y perros, y que esa señora pudo haber estado preparada para ser cualquier cosa en la vida, pero maestra no. Por cierto, esto pasó en una escuela particular, nomás para que vean.

Desconozco las razones que llevaron a Marimar al profesorado, y francamente no me importarían si su comportamiento no fuera problema y vergüenza nacional, y es que hay anécdotas peores hasta en la universidad.

Hace bien poco todavía valía eso de “heredar” las plazas magisteriales; explico: un padre, tío o abuelo que fue maestro, al jubilarse dejaba su puesto, con todo y prestaciones, en manos de su hijo, sobrino, nieto u otro tipo de protegido el cual se convertía en profesor porque no le quedaba de otra, porque ahí estaba la lana segura. Supuestamente esa práctica está prohibida pero, todos aquí sabemos que esto es América y, para empeorar las cosas, esto es la América Celta, de modo que, en la sombra, aún habrán beneficiarios de esta tradición sin contar a los que ya estaban. Bien, por otro lado tenemos, como en todas las profesiones, a los despistados, gente que ni sabe cómo llegó al magisterio pero ahí está y desearía no estarlo. Estos dos factores crean una fauna, lamentablemente abundante, de profes para los que lo único valioso de su trabajo es la quincena, en tanto la esperan bien hacen nada o bien trabajan de malas, humillando, gritando, aporreando el pizarrón, amenazando y abandonando.

A pesar de todo sería injusto culpar a los profes —ojo, hablo de los que trabajan mal— del fracaso del sistema educativo nacional, pues, por una parte es el mecanismo del propio sistema y también algo podrido y que lo pudre todo en esta tierra del maíz: la polaca. Vamos por partes.

Dejando atrás a los maestros heredados y a los despistados, hay otros que se dedican a la política y nunca pisan un salón de clase, esos suelen hacer incluso más daño que los que amarran niños a las sillas. ¿Recuerdan a Fidel Velázquez que se quedó como doscientos años al frente de la CTM, o me fui muy atrás? Bueno, la cosa es que el Fidelín tenía algo así como su homologa en el SNTE, doña Elba Esther Gordillo, que los medios conocían como “La Maestra”, y nosotros como “La Mamá de Chuky”.

En fin, a esta distinguida, y distinguible, dama la mandaron al bote allá por el 2013 acusada, no sin razón, de corruptelas y desvío de recursos del fondo de educación. Por mucho tiempo todos vimos a Elba Esther como uno de los grandes problemas para la educación nacional, entonces, aunque el proceso contra La Maestra se estancó y cayó en el olvidó, igual que la mayoría, la lógica nos dicta que muerto el perro, la perra en este caso, se acaba la rabia; es decir que las cosas debieron de haber mejorado pero ¡México mágico! No pasó nada.

Ahora se habla mucho de tiempos nuevos y mejores, que los que antes robaban ya no están, pero en las escuelas subvencionadas por el Estado las instalaciones siguen siendo sucias, viejas y de mala calidad; los maestros de mis primitos son los mismos que me dieron clase pero con otros nombres, los grupos son muy grandes, los métodos los mismos, entonces ¿qué pasa con el dinero? Que hay corrupción dentro de las escuelas, cierto, pero ni todo eso alcanza para desaparecer cosa novecientos mil millones de pesos, el presupuesto para la educación. Ha de ser coincidencia que la señora secretaria Delfina Gómez esté acusada de chanchuyos dentro de la Secretaría de Educación.


Alta traición: María Montessori, otra educación para las élites y la transformación nacional

A principios del siglo XX, María Montessori, la primera mujer italiana graduada de médico, por cosas de la vida terminó dedicándose a la pedagogía, primero trabajando con niños catalogados como deficientes intelectuales y más tarde con niños comunes. Durante estas experiencias, María desarrolló el modelo pedagógico que hoy lleva su nombre y que en un principio era Teoría de la Educación Científica. Este modelo, infinitamente más humano que el prusiano, pone al niño como centro de un aprendizaje basado en el amor, el ambiente y el propio niño. El método Montessori devuelve al pequeño su valor como persona y a la educación su propósito de comprensión y su calidad de obsequio dejado por los que vinieron antes que nosotros, promueve la colaboración y no la competencia y apuesta por la naturaleza humana de aprendiz.

Ahora bien, tras la muerte de María, que nunca cobró por sus métodos, llegaron muchos avispados que estudiaron su teoría y la aplicaron en escuelas privadas cuya colegiatura mensual, al menos en la Ciudad de México, asciende desde 9,950 hasta 10,150 pesos; mis padres, juntos, ganan algo así como veinte mil al mes, o sea que un salario entero de profesionista es lo que vale una educación Montessori, impagable para la clase media y no voy a hablar de los más pobres.

Por un lado era obvio, así funciona el mundo y, viéndolo fríamente, tiene sentido: los hijos de los ricos pueden recibir una educación distinta porque están destinados a una vida distinta, ellos serán prácticamente lo que quieran ser y no obreros, con título o sin él. Además, tienen tiempo, pueden ser niños y luego crecer, los clasemedieros tenemos bien poquita infancia y, de nuevo, no hablo de los más pobres, esos tienen que nacer siendo grandes.

Sin embargo, no nos hagamos, tiene que haber esperanza. Como dije, se destinan casi 900 mil millones de pesos al fondo de educación pública; lo suficiente, creo yo, para empezar paulatinas reformas en el sistema educativo, eso sin contar que hay cosas que no requieren tanto dinero como sí valentía, limpiar el SNTE y la SEP, por ejemplo, a niveles local y federal; ahorrarse becas innecesarias que muchas veces sólo son despilfarradas por los becarios y trasformar con ello las aulas tradicionales en aulas Montessori; educar verdaderamente a los que educan, o sea a los maestros, y sentar las bases para una verdadera transformación nacional, hacer al niño el centro del trabajo educativo en la política e invertir realmente en el futuro.


Yo vengo a ofrecer mi corazón: conclusiones

Si bien soy consciente de que pido mucho, no creo estar pidiendo imposibles y tampoco puedo dejar de pedirlo, porque es mi deber y derecho como ciudadana encarar al Gobierno para rendición de cuentas, en este caso unas cuentas muy importantes, pues al final de cada sexenio ellos se van y nosotros nos quedamos, se queda también el sistema educativo y las generaciones que este forme definirán el destino del país. Al mismo tiempo, y como he tratado de dejar claro en las páginas anteriores, no es un problema que podamos achacarle al gobierno en turno, pues estamos presos en una red donde todo falla y todos fallamos. Los profesores enseñando mal, el propósito sin sentido del sistema prusiano, los adultos que estamos atrapados en una educación arcaica y que difícilmente nos preguntamos si fue correcto todo lo que nos hicieron pasar de niños y si estamos dispuestos, de verdad, a permitir que otros niños pasen por lo mismo; falla el dinero que se pierde en el camino y, claro, falla el gobierno que no ve que la verdadera transformación de la que habla estaría en transformar la educación.

Sé que lo que se planteó es una utopía, eso de una SEP honesta, de maestros orgullosos, preparados y consientes de la responsabilidad que llevan a cuestas; del método Montessori aplicado de manera nacional, de adultos pacientes y dispuestos a ayudar a los chiquilines. Todo, todo eso es una utopía pero, ¿de qué otra manera podemos acercarnos a las utopías, aunque sea tantito, si no soñándolas como posibles? Quizá, si soñamos con que podemos cambiar y hacer perfecto a nuestro sistema educativo, sólo tal vez, un buen día despertemos para ver que, si bien o estamos ni cerca, nos hemos puesto en la senda para lograrlo.



Victoria Pavlova (Mérida, Yucatán, México- 7 de Noviembre de 1997).  

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