Las arañas


por Alejandro Benjamín Laurentti


1727

Doña María Josefa Bustos está sentada a la mesa terminando de tejer mientras las negras salen a buscar las verduras para preparar la cena. Un pequeño roce en el codo le quita la concentración. Una araña de patas largas y negras le camina por el brazo. Ya es la cuarta en el día. Se levanta preocupada y busca a las negras que se encargan de la limpieza. Sabe que no va a encontrar respuesta, pero aun así las increpa. Conversa airadamente con las empleadas, pero la respuesta es la misma: las negras no encuentran razón. Han estado limpiando todo el día, como limpiaron el día anterior y el anterior, aun en lugares que ya estaban limpios y que no se han usado, pero las arañas siguen apareciendo, como si buscaran algo.

“Estas horribles criaturas”, murmura Doña María. “Se supone que no aparecen donde falta la humedad ni donde está limpio. Ahora falta que tengamos una plaga”.

Harta de las descaradas visitantes que hace ya dos semanas que no la dejan en paz ni a ella ni a los empleados ni a los negros, agarra su tejido y se dirige al salón principal, al abrigo del hogar recién prendido, el lugar más seco de la casa donde, se supone, las arañas no osarían entrar. Nerviosamente, pensando en la impresión que le causan las negras patas cubiertas de pelo, Doña María sigue tejiendo cuando la puerta comienza a centellar repiqueteos. Deja el tejido a un costado y espera que alguien vaya a abrir la puerta, pero nada sucede. Allí queda, expectante, al tiempo que la puerta vuelve a sonar. Le pide a Ismael, subiendo la voz, que abra la puerta, pero el negrito, que tiene problemas de sordera, no escucha los gritos de la señora por estar, en ese momento, trabajando en la parte de atrás de la casa. La señora se levanta de la silla y camina hasta el comedor. Asoma la cabeza por la ventana, husmeando, hasta que, finalmente, lo ve y le grita, llenando los pulmones de aire. La imagen es pintoresca. Al compás del fresco viento invernal, la voz se desprende de su boca con fuerza, con vigor, como alma que lleva el diablo:

“¡Ismael! ¡Ismael! ¡Golpean la puerta!”

Ismael levanta las hojas secas para que no se caigan en el estanque donde cría las mojarras sin decir palabra alguna. La señora vuelve a gritar, más fuerte esta vez. No hay forma, está sordo, sordo como una tabla. La señora resuelve, entonces, ir ella misma a abrir, suspirando en sus labios la derrota. “Primero las arañas, ahora el sordo”, musita a regañadientes.

Si no fuera porque hace años que lo tiene trabajando, y es un buen trabajador, ya le hubiera dado un pedazo de tierra para que cultive algunas verduras y viva solo, no es mucho tiempo el que falta para que eso suceda. Hay una pequeña parcela, al norte de la chacra, que está reservada especialmente para su persona y en la que está haciendo construir una diminuta cabaña. De tanto en tanto, lo manda a buscar madera, se la hace recortar, lijar y después, con la ayuda de los otros negros, la clavan al techo.

Los afilados dedos de la mujer abren la puerta de madera que, al compás de los encastres de hierro, cruje musicalizando el momento. Justo debajo del picaporte, introspectiva, haciendo halago de su sutileza y de su galanura, pasa una araña, de patas largas y negras, cubiertas de bellos. La señora no la ve. Del otro lado, al abrir la puerta, asoma la pequeña cabeza de un hombre. No pasa del uno sesenta de altura, el pelo emblanquecido, del color de la plata, y arrugas, muchísimas arrugas que pueblan la oscura piel de su rostro encumbrado por unos ojos igual de oscuros. A juzgar por las arrugas, podría decirse que ese pequeño hombre tiene más de cien años, pero, por la postura, la mirada y el semblante, quizá no posea más de treinta. La imagen es bastante confusa, como la sonrisa que posee. El curandero ha llegado.

Doña María lo ve con un gesto de ternura. No lo esperaba esa noche, pero es mejor que haya llegado cuanto antes y sobre todo que haya llegado mientras el señor no se encuentra en casa. El negro Abel, hermano de Ismael, parece estar agonizando desde hace dos semanas, envuelto en lamentos, en rigidez, en sudoraciones y en palabras ininteligibles. Tres veces lo ha visto un médico y las tres veces lo ha medicado, sin efecto alguno. Ha dado el mismo veredicto: que no tiene fiebre, que se encuentra bien, que si las alucinaciones continúan y el sudor frio se acrecienta, lo mejor sea, contra todo rigor médico y ético, recurrir a un curandero de los que abundan entre los negros, sin mencionar palabra a nadie. No vaya a ser que ponga en duda la capacidad profesional del médico y, mucho menos, que empiecen a ver con malos ojos a Doña María, que la culpen de herejía, por andar transando con los brujos.

Aguzando la mirada y examinando los terrenos que se alzan cubiertos de altos pastizales y que están cercanos al suyo, para estar segura de que nadie los ve, María Josefa Bustos hace pasar al negro. El viejecito, o joven con piel arrugada, porque no se sabe con certeza lo que es, la saluda de manera amable. Tiene una voz tersa y suave —si acaso pudiera tocarse— y su acento posee una interesante mezcla repleta de africanismos, a sabiendas de que aún no ha logrado dominar del todo el español de las sierras.

El invitado agradece como puede una y mil veces y le ruega a la señora que lo lleve cuanto antes donde el negro Abel. Su voz es cálida. Doña María hace llamar a Ismael y —una vez que éste escucha el grito de las empleadas— le pide que lo lleve hasta el lecho del mortecino empleado. El viejecito, que parece estar a punto de quebrarse cada vez que se mueve, camina como pisando algodón. Sin decir una palabra, entabla conversación con Ismael, a puros ademanes, para estar al tanto de todo lo ocurrido. Se entienden bien, como si hablaran el mismo idioma y se conocieran de hace mucho. Allá van ambos, moviendo las manos, haciendo gestos, encumbrando los labios y abriendo los ojos grandes y blancos.

Fue el mismo Ismael el que, alertado por su hermano y por la señora, se dirigió hacia la cercana chacra de los Thea, acompañado de algunas ovejas y unas mulas y aprovechó para preguntar si entre los esclavos se encontraba algún curandero. “Hay un pequeño asentamiento, más al norte, donde viven algunos negros. Tienen una pequeña chacra, entre ellos hay un curandero, un viejo curandero. Dicen, los pocos que lo conocen, que vino directamente desde el África, que tiene más de setenta años y que no hay mal que no pueda curar. Trabajó durante muchos años para un español que, finalmente, lo dejó libre junto a su familia, con un pequeño pedazo de tierra, una diminuta parcela, de la que, sin embargo, se hizo cargo agradecido”.

Le costó llegar hasta el negro y también le costó convencerlo de que quien pedía su ayuda era una señora española, a espaldas de su marido y por consejo de un médico igual de blanco y español. No había palabra que lo convenciera de aventurarse a la casa de Doña María Josefa, hasta que Ismael le comentó el pequeño detalle, el detalle de las arañas. Abrió grandes los ojos el negro y le dijo que estaría en su casa al otro día, al caer el atardecer, cuando menos personas hay en la calle.

Llegan ambos hasta donde está el negro Abel y lo ven, tendido en el lecho, con los ojos emblanquecidos, la mirada perdida, las sienes, la frente, el cuello y las manos repletas de sudor. Asoma de su boca una espuma blanca, amarilla en las puntas. El curandero se acerca y lo examina, le toca el pecho, le siente el corazón, le revisa los ojos, le hace preguntas en un idioma que Ismael, sobre que es sordo, no logra reconocer, aunque, al escucharlo, su sangre hierve, hierve con el calor de los antepasados, con el sonido de los tambores paganos de sus abuelos y lo mira, lo mira actuar y moverse.

Abel está tendido sobre la cama y, aunque pareciera no ser él en ese momento, escucha cada cosa, escucha y entiende, pero no puede responder. Ni de su boca salen sonidos ni de sus manos movimientos voluntarios, tiene el cuerpo completamente entumecido. Siente cómo se quema por dentro, cómo le pican los brazos sin poder rascarse, cómo le saliva la boca sin poder tragar o limpiarse, cómo los ojos se le desdoblan, como si alguien se los estuviera apretando con fuerza, al tiempo que comienza a ver doble, después cuádruple, como si existieran en las paredes grandes espejos. Ya no se reconoce a sí mismo, ya no sabe quién es ni que está haciendo sobre esa cama. El interior le arde y suda. Hay, además de todo lo que está sintiendo sin poder comprender lo que sucede, algo distinto, algo mas allá, inexplicable.

Mientras el curandero termina de decir unas palabras y pasa por las manos y el cuello del negro un ungüento con olor a aguaribay, de la pared comienzan a subir arañas. Una a una, patas largas y negras cubiertas de afilados pelos, se desperdigan por la sucia pared, manchándola, quedándose inmóviles, con cada uno de sus ojos fijos en aquel moribundo negro, sudoroso, tendido en el derruido lecho. A Ismael se le agita la respiración al ser testigo del macabro cuadro.

Sobre la mesa de luz del moribundo, como agitándose, se encuentra un curioso artefacto. Un pedazo de piedra, trasparente, traslucida, muy delgada, con un ojo tallado sobre una de sus caras. “Está embrujado”, dice el curandero, lanzando el último veredicto y tratando de hacerse entender lo más posible, entre esa cantidad de palabras españolas tan lejanas para su dialecto. “Es tarde”.

Dos semanas antes, en la misma chacra de Thea, donde Ismael fue a preguntar por el curandero, está su hermano, escabulléndose entre los pastizales, mientras su sombra viril se funde a la sombra de otra persona. Día por medio han ocurrido esos encuentros, sin que nadie sepa del secreto que se hace a oscuras y de noche, cuando todos duermen, por su carácter prohibido. Día por medio, durante mucho tiempo, hasta que, esa misma noche, son descubiertos, el hermano de Ismael, Abel, y el marido de una de las negras de Thea, por esta última. La misma negra que, ahora, con el tatuaje de una araña en su brazo izquierdo, mientras el negro suda y enloquece postrado en el lecho, está afuera, lejos de su aldea, alrededor de una fogata improvisada, realizando un baile ritual.

Alrededor de la fogata la negra baila, mueve el vientre, se sacude las malas energías, juega con pedazos de telas robadas, se rasca el tatuaje y lo lastima con las uñas largas. Baila y canta y lanza insectos al fuego, pronunciando palabras que solo entiende ella y que quizá podría entender el curandero que, del otro lado de la chacra, a unos kilómetros, comienza a balbucear, intentando revertir algo para lo que, como ya dijo, es tarde. Ambos discuten, ambos lanzan profundas palabras en idiomas negros, ambos pujan por ver cual tiene más poder, más experiencia y más fuerza, pero hay una que ha venido preparando el ritual desde hace dos semanas y otro, otro que ha llegado demasiado tarde a la pelea y está condenado a perder.

El negro, postrado en la cama, emblanquece aún más los ojos. Las manos le siguen picando, pero ya no es sólo picazón, son pelos, oscuros pelos que le crecen de manera irreversible por los brazos. Le duelen los intercostales, como si tuviera dentro un pedazo de madera incrustado. Puja el dolor por salir y la boca se le llena de espuma blanca. La mirada, esa mirada, que parecía estar confundiéndose con los espejos imaginarios que rodean la habitación cuadriplicando lo que veía, ya no duele. Poco a poco se acostumbra a la nueva visión, que va perdiendo colores hasta quedar sólo en blanco y negro, pero ahora puede captar cada movimiento. La boca, repleta de burbujas blancas, le arde, como si estuviera quemándose hasta que la espuma cesa.

Ismael cierra los ojos, al igual que el curandero, y con el poco oído que le queda intenta repetir las palabras que el viejecito murmura, que se repiten de tres en tres, siempre utilizando las mismas sílabas. Del otro lado la bruja danza, sonriente y grácil, porque sabe que la victoria está cerca. No sólo le hizo lo mismo a su marido, sino que le hará lo mismo a su amante, sin que nadie pueda detenerla.

El dolor cesa, ya no se quema su vientre ni le duelen los intercostales ni su cuerpo se encuentra sudoroso ni los ojos emblanquecidos. El negro ahora siente sus manos, sus pies, su boca, sus labios. No tiene idea de donde está ni tampoco de quiénes son los dos seres que, con los ojos cerrados, parecen rezarle al lecho vacío, desnudo. Tampoco le importa. Hay un cosquilleo en su nuca, un centellante cosquilleo que lo invita, lo llama a unirse a sus hermanos y hermanas. Moviendo sus patas repletas de pelos negros y afilados, camina por la pared uniéndose al resto de las arañas, que prosiguen su viaje hasta algún oscuro y recóndito pedazo del techo.



Arte: La araña que llora, Odilon Redon

Entrada previa Comentario editorial [Año 7, No. 18]
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