Sobre las voces de Chernóbil


por Antonio Rubio Reyes


El 26 de abril de 1986 se produjo una explosión en el reactor nuclear Vladímir Lenin, ubicado a 3 kilómetros de la ciudad (hoy fantasma) de Prípiat y a 18 de Chernóbil, en el norte de Ucrania. La catástrofe radionuclear fue tan grave para el medio ambiente que tuvieron que enterrar calles y casas con toneladas de tierra para poder reducir el impacto. Los árboles fueron arrancados también. Ni en la más aventurada de las ciudades invisibles de Calvino Marco Polo describió algo así. El accidente de Chernóbil evidenció que el ser humano de las súperciudades, el ser humano sobremoderno, ha perdido la conexión que alguna vez tuvo con la naturaleza (y que ciertos estados nativos alejados del mundo urbano aún mantiene). En Chernóbil, se impuso la orden de abandonar a su suerte a los animales y, como he mencionado, se derribó la flora afectada por el desastre. No solo eso. Además, enviaron a los militares a ultimar a la fauna salvaje y doméstica del lugar:

—Los animales, si no estaban muertos del todo, sino solo malheridos, chillaban. Lloraban. Estábamos arrojándolos del volquete a la fosa, y en eso veo que aquel perro de lanas negro se encarama. Sale del hoyo. Y resulta que ya no nos quedaban cartuchos. No había con qué rematarlo. Ni un cartucho. De manera que lo empujaron de vuelta al hoyo y así como estaba lo cubrieron de tierra.

—Hasta el día de hoy me da pena.

No existe un lenguaje para la crisis ambiental que esto supuso para el mundo sobremoderno. En Voces de Chernóbil, Svetlana Alexiévich busca dar una razón a las palabras, la memoria, el sufrimiento y asimismo la heroicidad y el sentido del hogar de las personas que vivieron-viven la catástrofe y sus consecuencias desde cerca: “Por envenenada que esté, con toda esta radiación, es mi tierra. Ya no hacemos falta en ninguna otra parte. Hasta los pájaros prefieren sus nidos”. El hogar físico, pero también el hogar espiritual y la memoria misma: “Recogí tierra de la tumba de mi madre. Y de rodillas le decía: ‘Perdónanos por abandonarte’”. La catástrofe ha devenido para los afectados y afectadas una forma nueva de vinculación con el pasado. Uno de los entrevistados, en su búsqueda por olvidar todo, apunta: “No reconozco este mundo, un mundo en el que todo ha cambiado. Hasta el mal es distinto. El pasado ya no me protege. No me tranquiliza. Ya no hay respuestas en el pasado. […] A mí me destruye el futuro, no el pasado”.

En uno de los primeros testimonios, un hombre habla sobre la puerta de su casa, un talismán familiar. La tradición indica que hay que velar a los muertos en la puerta de la casa.  Ahí velan al fallecido y le lloran hasta que disponen el ataúd. Al momento de la catástrofe, cuando se ordena evacuar la zona, el hombre y su familia abandonan el hogar. Dos años después, él regresa por la puerta su casa: “En esta puerta está escrita toda nuestra vida, como en los antiguos papiros”. Le toman por ladrón: el hombre que robó su propia puerta. La historia tiene un desenlace triste. Su hija de siete años muere a consecuencia de la exposición radioactiva: “La acostamos sobre la puerta. Encima de la puerta sobre la que un día reposó mi padre”.

Para Alexiévich hay un compromiso coral con los recuerdos. Este compromiso concluye en una nueva forma de acercarse a la verdad histórica desde la raíz de los acontecimientos que desembocaron en un trauma de la cultura: “Se está produciendo una perestroika, una reestructuración de los sentimientos”. En pocos momentos asoma la verdad política, aunque se advierte que, obviamente, Chernóbil terminó no solo con la Unión Soviética y la Guerra Fría, sino con nuestra noción de modernidad: “Chernóbil es ante todo una catástrofe del tiempo”.

Existe además una propuesta poética; desde sus testimonios Alexiévich busca encontrar palabras para sentimientos y horrores nuevos que fueran adecuados a esta crisis. Aquí observo una de las mayores virtudes del libro. La autora busca alejarse del lenguaje de la guerra, dejar de confundir guerra y horror. Chernóbil inicia, de acuerdo con Alexiévich, “la historia de las catástrofes”. Pienso que desde aquí se establece una posición política sobre el acontecimiento, así como una actitud crítica que se estructura desde la memoria y el archivo: una crónica del futuro, como reza el subtítulo del libro.

Voces de Chernóbil es una historia vinculada a las mejores novelas decimonónicas: la fábula del sacrificio y la muerte y, ante todo, la fábula del amor (al ser amado, a la familia, a la patria, a la casa). Es un libro que trata sobre héroes a los que la autora da nombre y apellido: “Ellos han salvado algo más importante que su propia patria, han salvado la vida misma. El tiempo de la vida. El tiempo vivo”. La salvación del tiempo se la debemos a los protagonistas de este libro.

Otra de las formas de hacer frente a la catástrofe, de acuerdo con varios testimonios reunidos, fue desde el humor. A través de la risa, los habitantes de Chernóbil aprendieron a nombrar su crisis. De esta forma ironizaban sobre su situación, aventuraban historias para hacer catarsis de la tragedia, que se contraponen frente a la violencia de la que eran víctimas debido a su condición de “contagiados de radiación”, como si de un virus moderno (provocado accidentalmente por la experimentación humana) se tratase: “Nos tienen miedo. Somos contagiosos, dicen. ¿Por qué Dios nos ha castigado? ¿Por qué se ha enojado con nosotros? No vivimos como los hombres, según la ley de Dios. Nos matamos los unos a los otros. Por eso”. Frente a este atentado divino, que es un llamado humano y trágico, la risa ayudaba a sanar y permitió hilvanar, para algunos, sus historias. Desde la traducción para un lector occidental el chiste se pierde, sin embargo:

¿Quiere un chiste? Un detenido huye de la cárcel. Y se esconde en la zona de los 30 kilómetros. Lo atrapan. Lo llevan a los dosimetristas. El tipo “arde” de tal manera que no lo pueden llevar ni a la cárcel, ni al hospital ni a ninguna parte donde hubiera hombres. ¿Por qué no se ríe? [Él se ríe] Nos encantaban allí los chistes. El humor negro.

El desenlace engloba esta tesis sobre la ironía. Se trata de un texto “turístico” donde se critica la capitalización de Chernóbil. Después de leer el testimonio de Liudmila Ignatenko, resulta estúpido e insensible ir al lugar de los acontecimientos a tomarse una selfie y tener una aventura llena de adrenalina: “Esta gente se está muriendo, pero nadie les ha preguntado de verdad sobre lo sucedido. Sobre lo que hemos padecido. Lo que hemos visto”. Las palabras de Liudmila Ignatenko exponen que son las historias de seres humanos que vivieron pérdidas, que abandonaron el hogar, que han amado, las que deben aferrarse, permanecer en la memoria humana: “La gente no quiere oír hablar de la muerte. De los horrores. Pero yo le he hablado del amor… De cómo he amado”.

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