Flores marchitas


Por Yuly Ayala

 

Hacía tiempo que ella no se sentía así. Se miró en el espejo y se peinó los cabellos platinados, como el metal bajo el sol. Vio su reflejo, desnuda, y se sintió a gusto con lo que observaba: la infinidad.

Él se asomó a la puerta como de costumbre, lo único diferente es que solía hacerlo más temprano. Hoy, después de tantos años, le ganó al tiempo. Al ver que ya no había ni un alma en la calle, cerró la tienda.

Ella se puso el vestido blanco con rayas negras, el mismo que, según su marido, le hacía ver como una cebra. En su mente se iluminó ese momento en que tales palabras salían de la boca de su esposo. Una sonrisa gastada salió de sus labios y pensó en darle alegría con un labial rojo. Se miró, nuevamente, en el espejo y se dijo a sí misma: se vale vivir una noche de amor loco.

Se apresuró a poner el tocadiscos y hacer sonar esa canción que ella siempre detestó: negra, negra consentida… Él estaba listo.

Ella se atrasó emperifollándose y buscando un par de zapatos rojos para romper con el patrón de rayas de su vestimenta, y para que combinaran con sus labios rojos.

–Negra, ¿qué tanto haces? Date prisa.

–Ya voy, parece que no puedes esperar.

–He esperado toda mi vida para esta noche…

Se acostó en la cama, pero cuando su esposa salió, él ya estaba dormido.

 

–Hoy cierra más temprano –le ordenó mientras él intentaba escabullirse hacia la tienda.

La miró y le dijo: –Yo ya te soy inútil.

–Sólo estás cansado.

–Cansado y viejo –le contestó a su mujer.

Ella miró a su marido salir del cuarto. Después sólo pudo escuchar el sonido de sus pies que caminan siendo arrastrados, ya cansados de tanto andar. Rápido se levantó para verlo irse y vio un cuerpo encorvado y pálido, lleno de pecas; y una cabeza baja y calva. Pobre de mi viejo, pensó, parece que va cargando un muerto.

 

Estaba sacando las cuentas de lo que había vendido el día anterior. Sentado con unos lentes de pasta café, grandes y con cristales amarillos, igual de viejos que su viejo dueño. Tenía la camisa desabrochada y, debajo de ella, una playera blanca sin mangas y estirada, que dejaba ver el vello grisáceo sobre aquél pecho bronco que solía tener. Le sorprendió la llegada de Magdalena a la tienda.

–Necesito que mandes a Julián al mercado.

Sin alzar la vista le dijo que Julián ya no estaba con ellos; ahora tenía otro joven, un poco mayor, que acababa de contratar.

–Está atrás, cargando unos sacos. Dile qué es lo que necesitas.

 

–Oye, joven, necesito un favor.

–¿Qué pasó, señora?

Ella lo vio detenidamente de pies a cabeza, hasta detenerse en sus ojos: cafés, como la mierda, pensó.

–Necesito que vayas a comprarme estas cosas al mercado –le dijo al joven mientras le daba una lista.

–No sé leer.

–¿Si te las digo te acuerdas?

El joven se quedó mirando la lista sin entender esos garabatos anotados.

–Llévame al mercado en el triciclo –le ordenó Magdalena al joven para romper con la incomodidad que en él surgió.

 

–¿Cuántos años tienes? –le preguntó Magdalena.

–Tengo veintisiete años, señora.

–Esa edad tenía Manuel cuando nos casamos. ¿Tú eres casado?

–No, señora. Todavía no conozco el amor.

–Ni yo –le dijo mientras soltaba una carcajada ronca.

 

–Baja esa caja y llévala a la cocina. El joven obedeció y la llevó donde la señora ordenó. Ella lo miró sin discreción, hasta que éste desapareció de la tienda. Manuel alzó la mirada y siguió a su mujer con la vista. Cuando quedó solo, regresó la atención a las cuentas. Seguía en la misma posición que estaba cuando su esposa y el joven se fueron al mercado; la única diferencia es que ahora tenía un ventilador de pedestal que apuntaba a él.

–Pídele a don Manuel que te dé algo de dinero por el favor.

–Sí, señora. Gracias.

–Oye… ¿Cuál es tu nombre?

–Javier, señora. Me llamó Javier.

Javier, qué bonito nombre, pensó. Tal vez necesite ir al mercado más seguido.

Esta vez no le importó si su esposo cerraba la tienda temprano, y a él tampoco. Cerró a las 8:45, como de costumbre, cuando vio que no había ni un alma más en la calle y la noche era tan oscura como la piel de su amada; llegó directo a tomar su café con leche.

Ella se retiró de la cocina, mostrando indiferencia, y se dirigió al cuarto. Cuando Manuel entró, ella ya estaba acostada con los ojos cerrados. Le dio un beso en la frente, hizo toda la rutina que uno hace antes de dormir, y se durmió.

 

–Necesito pedirte un favor, pero no uno cualquiera y tienes que ser discreto. Quiero que me hagas el amor. Será como una ida al mercado. Mira, el domingo el viejo se va al café de don Vicencio, regresa hasta el almuerzo; y te pagaré, Javier, te pagaré muy bien…

 

Se despertó muy temprano para ser domingo. Se había levantado antes de que el reloj sonara. No hubo tiempo para el desayuno, pero no importaba, comería con Magdalena. Ella siempre le da café y galletas; alguna que otra fruta picada como melón, papaya, sandía y manzana. En ocasiones le daba plátano y uvas verdes, como las manzanas y como el color de ojos de don Manuel. Javier, como todos los domingos, llegaba y satisfacía a Magdalena.

 

Habían pasado meses que en él cayeron como años. Estaba enfermo, cada vez más viejo, cada vez más marchito.

–Don Manuel, qué cansado se ve.

El viejo miró al joven que le sonreía con esa sonrisa amarilla, tan amarilla que no se notaba el diente de oro que tenía.

–A ti Magdalena te debe tener más cansado que a mí –le dijo mientras lo veía seriamente.

Javier salió rápido de la tienda con un absurdo compermiso.

El viejo sabía la clase de favores que le hacía a Magdalena los domingos en la mañana. Lo sabía todo.

 

–¿Qué ha pasado? –Le preguntó Manuel a una señora que limpiaba la banqueta frente al café de don Vicencio.

–Don Vicencio ya está grave, mire, y por hoy no se abrirá.

–¿Sólo por hoy?

–Pues yo creo, mire, que hasta ver qué pasa con don Vicencio. Dios quiera pronto.

Don Manuel caminó sin rumbo, pensando en el pobre don Vicencio, su amigo. Se quitó el sombrero y se lo puso en el pecho. Se sentó en las bancas del parque y observó el piso y a unos niños corriendo: el piso, las campanas repicaron; luego miró a las palomas que volaron asustadas por las campanadas, tan cerca de los niños que corrían. Nuevamente vio a los niños, otra ves el piso, las palomas y, la iglesia…

Entró en ella y parecía todo tan igual a cuando se casó con Magdalena. Entró sin querer llamar la atención pero su manera de arrastrar los pies captó las miradas. Se quedó observando la imagen de Cristo, tan lleno de sangre, con esa corona de espinas que lucía ridícula. Un niño empezó a llorar en el momento de darse la paz. Don Manuel veía a todos dándose el “fraternal” saludo, estrechando las manos, como si de verdad lo desearan, algunos incluso hasta con abrazo. Se dirigió a la imagen de Cristo y dijo: –Simplemente no te cagues en Vicencio. Acto seguido se levantó y se fue rápido, que cualquiera pensaría que eso de arrastrar los pies es para dar esa clase de lástima que causan los ancianos como él.

Llegó a su casa y se sentó en la mecedora mientras se abanicaba con el sombrero. Infló sus pulmones de aire y fue en busca de Magdalena. Al entrar al cuarto se encontró con la imagen de una vieja de sesenta y siete años viviendo una aventura de amor loco con un joven de veintisiete. Cerró la puerta con tranquilidad y en silencio. Se fue al cuarto contiguo y se acostó. El viejo cerró los ojos y pensó: te pedí que no te cagaras en don Vicencio y ahora te cagas en mí. Agarró las flores marchitas que estaban en el jarrón verde en el buró, las cogió todas y se las metió a la boca. Las empezó a masticar pensando en el sabor de Magdalena, que Javier probaba en ese momento. Seguro su sabor sería igual que el de las flores secas. Lloró con aquél trago tan amargo que acababa de probar y se quedó así hasta que los gemidos de su esposa se agotaron. No hizo por levantarse. Esperó a que se fueran, acostado, hasta evaporarse.

 

Y así pasaron los encuentros amorosos entre Javier y Magdalena, mientras que el viejo llevaba días acostado. Se había negado a que el doctor lo visitara. No tenía fiebre, ni malestar, ningún dolor. Sólo tenía setenta años marchitos.

Esa noche Magdalena recibió la noticia de la muerte de don Vicencio. Pasmada, fue a ver a su esposo y lo encontró en el cuarto. Lo vio, en la cama, entre sábanas blancas, ya casi amarillas.

–¿Qué te pasa, Manuel?

–Me estoy muriendo, vieja.

En ese momento ya no veía a Manuel cargando con un muerto, veía al muerto. Se acostó junto a él y puso la cabeza de su amado en su regazo. Ella sabía que él estaba enterado de su amorío con ese joven, ¿cómo? Intuición de mujer. Manuel, enamorado, le clavaba su mirada verde, como las manzanas o como las uvas.

–No me quiero morir sin hacerte el amor.

Magdalena lo miró y pensó que era demasiado tarde. Él comenzó a despojarse de los trapos que llevaba encima y ella, no sabía si por amor o por lástima, hizo lo mismo.

Cuando quedaron desnudos, él besó todo el cuerpo de ella a pesar del dolor que le causaba ese esfuerzo.

Fue por lástima, afirmó Magdalena al escuchar los quejidos de Manuel. Lo abrazó y lo llevó a su lado y, ambos, quedaron inmóviles.

–Nadie entiende el amor, sólo los viejos –le dijo Manuel antes de cubrirse con la sábana y quedarse dormido. Lo miró y lo abrazó tan fuerte sin importar interrumpir con su sueño.

 

Esa mañana despertó y Manuel ya no estaba, se había ido para siempre. Se levantó de la cama y descontroladamente empezó a toser sus sesenta y siete años. Asustada se miró en el espejo y poco a poco se fue deshaciendo. Su rostro fue cayendo en pedazos, deshojándose de lo marchita.

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Yuly Mariana Ayala Del Río (Campeche, 1993) estudia Literatura en la Universidad Autónoma de Campeche. En 2015 fue becaria del séptimo curso de creación literaria para jóvenes de la Fundación para las Letras Mexicanas; ese mismo año recibió la beca INTERFAZ en la ciudad de Mérida.

Ilustrado por Laura Elena Cruz L.

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