Amélie Nothomb y la estética del hambre


por Jimena Maralda

 

La palabra italiana para nombrar al ensayo (saggio), dice Christy Wampole, comparte raíz con el vocablo assaggiare: “picar, probar o mordisquea algo de comer”. Ensayar el hambre, entonces, implica explorar las numerosas posibilidades que ofrece: reconocerla, introyectarla, saborearla. Seres deseantes, diariamente dedicamos una gran cantidad de tiempo a llenar vacíos más o menos concretos, ya sea de manera consciente o no. Algunos sabemos reconocerlos, como el causante de los borborigmos inconfundibles de nuestras entrañas cuando necesitamos comer; otros no son tan evidentes y se traducen en búsquedas incansables de quién sabe qué. La saciedad se traduciría en pasividad.

De tal suerte, la escritura de Amélie Nothomb deviene ejercicio metahambriento. Regodeándose en apetencias varias, sentencia que “el hambre es deseo” y construye narraciones cuya prosa, con toda alevosía, produce más curiosidad de la que satisface, en el mejor de los sentidos. La autora belga adereza sus relatos de manera tal que despierta el apetito: el de leer más, sentarse y devorar todos los tiempos de los cuales se compone aquel banquete novelístico/ensayístico. Acercarse a sus textos es como asistir a un buffet donde podemos elegir el orden y la cantidad de lo que queremos consumir, pero donde cada novela nos produce ganas de “probar” otra más.

No es nada extraño que su periodo de anorexia, plasmado en Biografía del hambre (2004), haya sido fundamental en su proceso creativo. Escribir, afirma, se trata en primer lugar de un acto físico: el esfuerzo de reconstruir su propio cuerpo cobra sentido al transformarse en escritura. Por ello, sobre todo, hay una avidez hacia el lenguaje que se refleja en la contundencia de las frases, en los juegos de palabras y en el cuidado con que desmenuza éstas sin importar de qué idioma se trate, como bien puede apreciarse, por ejemplo, en El sabotaje amoroso (1993) o en Estupor y temblores (1999).

En exploración permanente de las posibilidades de ser, en su obra denota hambre de sí misma (quizá por eso, aventuro, la autora siempre aparece en las portadas de sus libros). Amélie y la cohorte de personajes peculiares que llenan las páginas de su amplia producción, experimentan hambre de afectos, de vivencias, de la crueldad, de atención, de identidad, de la paternidad; persiguen propósitos desconcertantes cuyas resoluciones parecen obvias hasta que, sin aviso, Nothomb nos desarma con unos cuantos párrafos de las formas más inesperadas. Nos muestra que ensayar el hambre es, también, una forma de hacer comunidad: “la escasez crea vínculos, escribe, y proporciona cosas que contar”. Aprehender y vivir el hambre es quizá una de las resistencias más transgresoras que puede adoptar una persona.

Definirnos a partir del nuestras apetencias implica, sobre todo, oponernos al conformismo y proclamar que estamos tan dispuestos a buscar nuevos apetitos como formas de saciarlos. Para acabar con el hambre habría que acabar con la vida; porque mientras exista una conciencia despierta, habrá también resquicios famélicos que llenar.

 

 

Jimena Maralda (1994). Colecciona coincidencias. Lleva un rato buscándose y en el camino se compró un café y unas galletas. Habla hasta por los codos. Cree firmemente que otras formas [de pensar, hacer, amar, vivir] son posibles. Twitter: @JimPetite

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